Un párrafo aparte se merece la previa del partido, el homenaje a las víctimas del Chapecoense, un momento en el que seguro todos pensamos lo hermoso que es el fútbol. Ese sentimiento surge porque al fin y al cabo, el deporte trata de compartir: en este caso (en el fútbol), se comparte la pelota. Es decir, cuando le haces un pase a un compañero, se está compartiendo algo, y cuando vas a trabar a un rival, también. Y en un ambiente de colegas, puede vislumbrarse la solidaridad, el sentimiento mutuo, de que el deporte puede unirnos a todos: en este momento, todos somos Chapecoense. Ahora nos toca unirnos en la tragedia, pero si nos unimos en lo organizativo, en hacer cada día un mundo mejor, tal vez podamos combatir la corrupción, ayudarnos entre todos.
La estrategia de Racing fue la de un equipo del montón que visita la Bombonera: contener las iniciativas locales y salir rápido. La diferencia que distingue a los de Zielinski del resto es que lo hizo de forma espantosa: como dijo su entrenador, salió a jugar mano a mano, olvidando completamente lo que quiere decir una marca zonal, totalmente desincronizado, cautivado por un juego de Boca que iba a la par de Gago. El partido de Tévez lo demuestra: se movió entre líneas, en un hueco enorme que se visualizaba entre el mediocampo y la defensa. Por eso el fútbol es un deporte de equipo: si se va a tomar como referencia al jugador (en este caso Tévez), luego se debería contemplar la pelota, y luego el indispensable compañero: si va Cerro en busca de Tévez, Aued debe hacer la cobertura para que no quede pagando. Eso es tener contacto químico con los compañeros, saber cómo neutralizar al rival si es que ese era el planteo. Racing no tuvo nada de eso.
Sin dudas la aparición de Gago fue un aire fresco, potenció a los compañeros (hasta a Tévez), y podemos darnos el lujo de deleitarnos con sus pinceladas de fútbol, con toque corto y pase en profundidad. Pero decimos que con Gago Boca es cosa seria porque a través del volante central se generó una comunión colmada de una homogeneidad esplendorosa: Bentancur, de los más cuestionados, encontró un rol: cubrir a Gago, ser su bastón. Indudablemente al pibe le vino bárbaro tener un consagrado a su lado. Además, Guillermo logró que el equipo se mueva en bloque, de manera fina y acaramelada: Peruzzi sale del prototipo medio de laterales, y rompe el molde dejando el costado para aparecer por el centro con una diagonal; Pérez y Tévez concuerdan las sinfonías de Gago para tocar la mejor melodía; arriba es un equipo clásico, con uno por afuera y uno por el centro (mientras Bou engrana de manera fenomenal, habría que ajustar algunas tuercas con Pavón, que mientras todos siguen el mismo ritmo, a veces con su velocidad sale fuera de sí, bailando rock and roll cuando en el boliche todos bailan cumbia cheta); y cuando una serie de combinaciones por el centro pueden hacer que el rival mantenga el ojo puesto en la pelota, puede aparecer Fabra completamente solo pisando el área. Esto es asociarse con los compañeros, sorprender, emplear un fútbol total.
Cuando de manera fugaz descontó por duplicado Lisandro López, parecía mentira, pero llegaba a la diferencia de un solo gol un equipo que no había hecho nada para merecerlo. Tal vez sí lo había hecho Romero, el único fuera de serie en su equipo, capaz de dormir la pelota como con un guante y rematar al arco por puro ímpetu individual, mientras que Lisandro López, en una posición en la que necesita de los demás para aparecer, apareció en las dos únicas pelotas que le llegaron redondas. Primero porque Romero se lució, y segundo porque Sara se complicó solo. El fútbol tiene estas cosas increíbles: podes estar haciendo un partido perfecto, pero en un instante todo puede cambiar, por eso hay que estar concentrados los 90 minutos, sin chistar.
El ingreso de Barrios fue un cambio netamente defensivo, y ahí es cuando me pregunté porqué modificar una estructura que venía funcionando más que bien. Tal vez a veces haya que cambiar hasta lo más benévolo, porque cuando las cosas van derechas uno nunca piensa que pueden torcerse, cuando la posibilidad siempre está latente. Si Racing no jugaba a nada por naturaleza, con un hombre más en la zona de contención había nulas chances de que lo haga, es decir, en pocas palabras, había que cerrar el partido. Y hasta en un contexto menos favorable para su aporte (menos favorable porque ya no había distintos recursos para ensamblar un circuito, sino que el equipo ya estaba destinado a cortar pases rivales, interceptar y dormir el trayecto), Gago es la nitidez en su misma esencia: a dos toques, casi sin mirar, de memoria, puso una bocha espectacular.
A ver si entendemos: cuando el equipo jugaba armoniosamente, a dos toques, se destacó en la fase de la posesión y lideró el ataque en bloque; pero cuando había que jugar en largo, también lo hizo a la perfección. Entiende todo. Solo dos palabras pueden definirlo: Fernando Gago.
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