Luego del sismo interplanetario generado por la vergonzosa derrota frente a River en el superclásico, el margen de error para Boca era más acotado y para que las matemáticas continúen dando a su favor sin depender de ninguna especulación sino de su propia voluntad, era elemental triunfar en este encuentro y modificar elementos para dejar de dar ventajas.
Cuando una serie de errores se reitera partido tras partido se deben pulir defectos en la semana o más bien cambiar, y eso implica innovar en la estructura o en los nombres propios. Así lo interpretó Guillermo introduciendo a Tobio, Barrios y Jara en el equipo titular y cambiando el 4-3-3 vertiginoso, vertical y agresivo, aunque muchas veces endeble en la última línea, para pasar a jugar con un 4-4-2 más simple, con más protección poblando la mitad de la cancha y sin jugar al golpe por golpe que Boca nos tenía acostumbrados. De esta manera se reducen las situaciones de gol en contra, y también las chances a favor, pero al venir de un partido ganado de los últimos cinco, y con un funcionamiento que dejó mucho que desear, era momento de cuestionar la idea principal.
Se puede jugar con doble nueve, se puede jugar con doble cinco, pero no existe jugar con doble lateral derecho; sin embargo, Jara y Peruzzi cumplieron exactamente la misma función, con el ex Estudiantes parado por delante del ex Vélez (por ese motivo es que se dice que jugó como volante), con la obligación de resguardar la banda derecha y ver si aparecía algún callejón por el cual proyectarse. Peruzzi venía de una muy mala actuación ante River, desolando el lateral derecho de la defensa a una flaqueza muy delicada. Guillermo decidió respaldar al jugador e intentar beneficiarlo con una nueva estructura, cubriendo la zona con el otro marcador de punta del plantel. Sin dudas el razonamiento de Barros Esquelotto fue que si con uno solo no alcanzaba, alcanzaría con los dos.
El centro del campo se repartió entre Barrios, Gago y Pérez, siendo el primero el único en encontrar su lugar y sentirse cómodo con su función, ya que a los dos restantes les costó participar en el entramado, aunque la tarea de aferrarse al resultado fue cumplida efectiva y colectivamente con creces.
Ambos equipos presentaron un disposicionamiento chato, con pocas variantes y muy abocados a lo defensivo, por lo que el desarrollo se tornó aburrido y se bañó de un juego triste, mezclándose a la perfección con la nublada tarde de la capital federal. Ese juego sólido y contundente de los rosarinos, que le permitió acumular una buena suma de puntos en la temporada gracias a sus escasaz llegadas al arco contrario pero concretadas por sus tres jugadores que hacen la diferencia (Formica, Rodríguez y Scocco), no mostró algo muy distinto a lo que venía haciendo. Mientras que Boca sabía que, controlando a los jugadores más peligrosos del rival, no pasaría sobresaltos, y contaba con un esquema acorde para esa meta. El dilema estaría en cómo convertir: con un juego asociado poco dúctil desde que comenzó el año, con un delantero menos para darle la oportunidad a Jara de equilibrar la estructura, con un Pablo Pérez que es importante para la posesión pero que ya no es más ese volante con gol que Newell's supo tener, con una pelota detenida que no lastima, sin Fabra (que no es tan fuerte en la marca como Silva pero siempre es una buena opción en ofensiva: lo que se dijo antes de reducir las situaciones en contra pero también las que son a favor) y con Pavón en un nivel bajo, el xeneize necesitaba de una aparición ofensiva de Benedetto como única carta para la victoria.
Cuando el peligro depende de la generación espontánea de los jugadores más comprometidos con ello, pueden ocurrir ese gran control con media vuelta y remate de Benedetto sacado de la galera o no puede ocurrir nada. El hombre por el que Boca pagó cinco millones de dólares quiso que ocurriera. Si bien eso es un síntoma de que al equipo de la ribera no le sobra nada, los mellizos acertaron con el planteo, solucionaron falencias y cumplió el objetivo, incluso mejorando en el complemento esta versión más mezquina de Boca con un Junior Benítez que le concedió más electricidad e impulsos para no conformarse con el resultado, que muchas veces puede resultar traicionero (ya se vivió la experiencia contra Patronato).
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