lunes, 9 de diciembre de 2019

AMEAL Y EL DEBER DE CONSTRUIR DESDE BASES YA CONTRUIDAS

Casi de forma análoga a la elección nacional, las elecciones en Boca el pasado domingo sentenciaron un cambio de rumbo: el oficialismo identificado con el macrismo quedó fuera del poder ante una alianza imbatible entre Ameal y el jugador más trascendente de la historia de Boca. A nivel nacional, a los votantes de Fernández poco le importaron la corrupción sistemática acontecida durante el anterior gobierno kirchnerista y el calamitoso estado de la economía con la que Macri debió enfrentarse cuando asumió el poder en 2015. A la mayoría de los hinchas de Boca tampoco les importó la conducta de Riquelme más propia de un mercenario que de un ídolo que quiere trabajar por el bien del club (juntarse con todos los candidatos y ofrecerse en la lista a cambio de un pedido económico no es propio de alguien que se postula según sus convicciones; y por más de que Ameal niegue haberle pagado, ese "pedido inaceptable" trascendió en declaraciones de Beraldi y Angelici y no tardó en darse a conocer en los medios de comunicación). Así es la política: muchas veces, el peor enemigo puede transformarse en el mejor aliado y la unión de fuerzas logra ganar elecciones. De esa forma ocurrió en la política nacional, con una alianza impensada entre Cristina, Alberto Fernández y Massa. Y Ameal, un ex presidente mediocre en la historia de Boca, que había llegado a ser la máxima autoridad del club no por los votos sino por el fallecimiento del presidente Pompilio en aquel entonces, no tenía forma de ganar si la gente hubiese votado de acuerdo a los méritos de su gestión (en los años de su presidencia Boca siempre salió de mitad de tabla para abajo en cada torneo, sin clasificar a torneos internacionales, a excepción del clausura 2011 donde salió séptimo, y del apertura 2011 donde fue campeón invicto). Nicolás Maquiavelo en El Príncipe dice que las tropas de un buen gobernante siempre deben ser propias, porque las que solo trabajan por dinero pueden traicionarlo en cualquier momento: Ameal deberá generar un consenso propio en el socio de Boca para no sostenerse únicamente en la figura de Riquelme, a quien el hincha nunca se atrevería a insultar; no así a un directivo como cualquier otro. 
 Alberto Fernández va a encontrarse con una economía con los mismos problemas, y aún más profundizados, en comparación con la situación del país que dejaba Cristina: una inflación casi duplicada, mayores índices de pobreza, poca actividad económica y una deuda pública gigantesca que deja al país al borde del default. Sin embargo, Macri deja un país con bases más sólidas para solucionar esos problemas que hace mucho tiempo afligen a la economía: el nuevo mandatario encontrará un país con muchas obras de infraestructura fundamentales; con energía y un mayor cumplimiento de la población con las tarifas de servicios básicos; un déficit primario prácticamente eliminado; mayores exportaciones, con balanza comercial positiva; instituciones saneadas con índices y estadísticas confiables; y un país con mejores relaciones exteriores, con un tratado de libre comercio firmado con la Unión Europea que, de ponerse en marcha, es una gran oportunidad para competir con el mundo y generar empleo. Si Fernández se decide a cerrar la grieta y trabajar sobre los cimientos sólidos que deja la anterior administración, las visiones sobre una economía más ortodoxa o heterodoxa no deberían interferir en el trabajo en conjunto de toda la clase política para hacer crecer la economía y terminar con un estado que en vez promover el empleo privado promulga el empleo público deficitario, el trabajo en negro y directamente el desempleo con los altos costes laborales e impositivos que debe afrontar un emprendedor. 
 Sin punto de comparación entre lo que es administrar un Estado Nacional con un club de fútbol (que por cierto, no es cualquier club, sino uno de los más grandes del mundo), la analogía tiene que ver con el Boca que va a recibir Ameal una vez comenzada su gestión: un patrimonio superavitario multiplicado de forma grandilocuente por Angelici, grandes obras de infraestructura en el centro de entrenamiento de Ezeiza, un club acostumbrado a ganar campeonatos locales y a llegar lejos en la Copa Libertadores. La alta inflación y pobreza que deja Angelici, para seguir con la metáfora, es no haber podido ampliar el repertorio del club en cuanto a títulos internacionales y haber caído en duelos muy especiales para la historia con el rival de toda la vida, que le ha sacado una ventaja en los últimos tiempos en lo que al ámbito internacional se refiere. 
 La vara está tan alta que, habiendo llegado a una final de Libertadores en cada mandato, Angelici ha sido reprobado constantemente por el hincha. Boca es un Real Madrid o Barcelona sudamericano: no hay tiempo ni paciencia, el aficionado no acepta la derrota ni un año sin títulos. Así como a Valverde se lo cuestiona tanto por no ganar la Champions aunque consiga ganar la Liga, Boca no perdona no haber obtenido la séptima Libertadores, como si el bicampeonato de Guillermo no importara en lo absoluto. 
 Ameal llega con la promesa de dejar de contratar jugadores a mansalva como sucedió en la era Angelici y consolidar un equipo, con un proyecto futbolístico serio: con Riquelme en la comisión directiva y un probable equipo dirigencial conformado por ex glorias como Battaglia, Bermúdez y Cascini hay buenas ideas y conocimiento para aplicarlo. El interrogante estará en la gestión: una cosa es saber de fútbol (que es imprescindible y fundamental), pero otra es saber gestionar. Sin una buena gestión de los recursos, estos no alcanzarán o serán desperdiciados a la hora de implementar buenas ideas. 
 Otras promesas por las que se lo juzgará a Ameal al final de su mandato por haberlas cumplido o no son de carácter social: hacer un club más abierto a los socios y al barrio, y reformar la Bombonera, aquello que podría ser más valioso que una séptima Libertadores. 
 Con Ameal como presidente, fue el único momento del siglo en el que Boca estuvo comprometido con el promedio. Angelici no solo le dio a Boca la cualidad de ser el club argentino más poderoso económicamente para poder lograr acuerdos como las vueltas de Bianchi y Tévez, o las contrataciones de Gago, Osvaldo y De Rossi (pudieron haber salido bien o mal, pero los directivos no juegan, solo se ocupan de contratar a los profesionales que deben hacerlo), sino también el protagonismo a nivel internacional que había perdido, sin poder clasificarse únicamente a las ediciones de la Copa del 2014 y 2017. Apoyado por Riquelme, llega como solución aquel que en su momento no lo fue: ahora debe construir sobre lo ya construído, o de lo contrario una mala gestión puede destruir las bases construídas: lo peor que podría pasarle a Boca es pasar de que perder una final de la Libertadores con River sea lo peor que existe, a que pelear en los puestos de abajo producto de malas decisiones haga extrañar esos momentos de rivalidad copera. 

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