lunes, 9 de diciembre de 2019

AMEAL Y EL DEBER DE CONSTRUIR DESDE BASES YA CONTRUIDAS

Casi de forma análoga a la elección nacional, las elecciones en Boca el pasado domingo sentenciaron un cambio de rumbo: el oficialismo identificado con el macrismo quedó fuera del poder ante una alianza imbatible entre Ameal y el jugador más trascendente de la historia de Boca. A nivel nacional, a los votantes de Fernández poco le importaron la corrupción sistemática acontecida durante el anterior gobierno kirchnerista y el calamitoso estado de la economía con la que Macri debió enfrentarse cuando asumió el poder en 2015. A la mayoría de los hinchas de Boca tampoco les importó la conducta de Riquelme más propia de un mercenario que de un ídolo que quiere trabajar por el bien del club (juntarse con todos los candidatos y ofrecerse en la lista a cambio de un pedido económico no es propio de alguien que se postula según sus convicciones; y por más de que Ameal niegue haberle pagado, ese "pedido inaceptable" trascendió en declaraciones de Beraldi y Angelici y no tardó en darse a conocer en los medios de comunicación). Así es la política: muchas veces, el peor enemigo puede transformarse en el mejor aliado y la unión de fuerzas logra ganar elecciones. De esa forma ocurrió en la política nacional, con una alianza impensada entre Cristina, Alberto Fernández y Massa. Y Ameal, un ex presidente mediocre en la historia de Boca, que había llegado a ser la máxima autoridad del club no por los votos sino por el fallecimiento del presidente Pompilio en aquel entonces, no tenía forma de ganar si la gente hubiese votado de acuerdo a los méritos de su gestión (en los años de su presidencia Boca siempre salió de mitad de tabla para abajo en cada torneo, sin clasificar a torneos internacionales, a excepción del clausura 2011 donde salió séptimo, y del apertura 2011 donde fue campeón invicto). Nicolás Maquiavelo en El Príncipe dice que las tropas de un buen gobernante siempre deben ser propias, porque las que solo trabajan por dinero pueden traicionarlo en cualquier momento: Ameal deberá generar un consenso propio en el socio de Boca para no sostenerse únicamente en la figura de Riquelme, a quien el hincha nunca se atrevería a insultar; no así a un directivo como cualquier otro. 
 Alberto Fernández va a encontrarse con una economía con los mismos problemas, y aún más profundizados, en comparación con la situación del país que dejaba Cristina: una inflación casi duplicada, mayores índices de pobreza, poca actividad económica y una deuda pública gigantesca que deja al país al borde del default. Sin embargo, Macri deja un país con bases más sólidas para solucionar esos problemas que hace mucho tiempo afligen a la economía: el nuevo mandatario encontrará un país con muchas obras de infraestructura fundamentales; con energía y un mayor cumplimiento de la población con las tarifas de servicios básicos; un déficit primario prácticamente eliminado; mayores exportaciones, con balanza comercial positiva; instituciones saneadas con índices y estadísticas confiables; y un país con mejores relaciones exteriores, con un tratado de libre comercio firmado con la Unión Europea que, de ponerse en marcha, es una gran oportunidad para competir con el mundo y generar empleo. Si Fernández se decide a cerrar la grieta y trabajar sobre los cimientos sólidos que deja la anterior administración, las visiones sobre una economía más ortodoxa o heterodoxa no deberían interferir en el trabajo en conjunto de toda la clase política para hacer crecer la economía y terminar con un estado que en vez promover el empleo privado promulga el empleo público deficitario, el trabajo en negro y directamente el desempleo con los altos costes laborales e impositivos que debe afrontar un emprendedor. 
 Sin punto de comparación entre lo que es administrar un Estado Nacional con un club de fútbol (que por cierto, no es cualquier club, sino uno de los más grandes del mundo), la analogía tiene que ver con el Boca que va a recibir Ameal una vez comenzada su gestión: un patrimonio superavitario multiplicado de forma grandilocuente por Angelici, grandes obras de infraestructura en el centro de entrenamiento de Ezeiza, un club acostumbrado a ganar campeonatos locales y a llegar lejos en la Copa Libertadores. La alta inflación y pobreza que deja Angelici, para seguir con la metáfora, es no haber podido ampliar el repertorio del club en cuanto a títulos internacionales y haber caído en duelos muy especiales para la historia con el rival de toda la vida, que le ha sacado una ventaja en los últimos tiempos en lo que al ámbito internacional se refiere. 
 La vara está tan alta que, habiendo llegado a una final de Libertadores en cada mandato, Angelici ha sido reprobado constantemente por el hincha. Boca es un Real Madrid o Barcelona sudamericano: no hay tiempo ni paciencia, el aficionado no acepta la derrota ni un año sin títulos. Así como a Valverde se lo cuestiona tanto por no ganar la Champions aunque consiga ganar la Liga, Boca no perdona no haber obtenido la séptima Libertadores, como si el bicampeonato de Guillermo no importara en lo absoluto. 
 Ameal llega con la promesa de dejar de contratar jugadores a mansalva como sucedió en la era Angelici y consolidar un equipo, con un proyecto futbolístico serio: con Riquelme en la comisión directiva y un probable equipo dirigencial conformado por ex glorias como Battaglia, Bermúdez y Cascini hay buenas ideas y conocimiento para aplicarlo. El interrogante estará en la gestión: una cosa es saber de fútbol (que es imprescindible y fundamental), pero otra es saber gestionar. Sin una buena gestión de los recursos, estos no alcanzarán o serán desperdiciados a la hora de implementar buenas ideas. 
 Otras promesas por las que se lo juzgará a Ameal al final de su mandato por haberlas cumplido o no son de carácter social: hacer un club más abierto a los socios y al barrio, y reformar la Bombonera, aquello que podría ser más valioso que una séptima Libertadores. 
 Con Ameal como presidente, fue el único momento del siglo en el que Boca estuvo comprometido con el promedio. Angelici no solo le dio a Boca la cualidad de ser el club argentino más poderoso económicamente para poder lograr acuerdos como las vueltas de Bianchi y Tévez, o las contrataciones de Gago, Osvaldo y De Rossi (pudieron haber salido bien o mal, pero los directivos no juegan, solo se ocupan de contratar a los profesionales que deben hacerlo), sino también el protagonismo a nivel internacional que había perdido, sin poder clasificarse únicamente a las ediciones de la Copa del 2014 y 2017. Apoyado por Riquelme, llega como solución aquel que en su momento no lo fue: ahora debe construir sobre lo ya construído, o de lo contrario una mala gestión puede destruir las bases construídas: lo peor que podría pasarle a Boca es pasar de que perder una final de la Libertadores con River sea lo peor que existe, a que pelear en los puestos de abajo producto de malas decisiones haga extrañar esos momentos de rivalidad copera. 

sábado, 2 de noviembre de 2019

EL DIA QUE UN EMPRESARIO HIZO TRANSPIRAR A TODO EL PERONISMO

Los resultados de las PASO fueron arrasadores para el gobierno y muy felices para el kirchnerismo, que ya acariciaba la vuelta al poder. De haberse repetido esos resultados, el congreso hubiese vuelto a ser la "escribanía" de Cristina en sus años de poder. Mucha gente, movilizada por un video de Brandoni apoyando al presidente Macri marchó del obelisco a la Casa Rosada, y varias semanas después hubo una concentración sorprendente en el obelisco el fin de semana anterior a las elecciones, es decir, millones de personas que después representaron a un 40% del electorado se movilizaron en favor de un modelo distinto al del kirchnerismo.
 Estas elecciones quedarán en la historia, guste o no, como el año en que millones de personas se manifestaron de forma masiva y pacífica, sin clientelismo político, como movimiento diferente al peronismo, la fuerza predominante en la Argentina desde 1945.
 Más allá de que la fuerza política ganadora manifieste sus deseos de cerrar la grieta, esta está lejos de terminarse: Macri generó un movimiento político que produjo un "nosotros" (la libertad, principios democráticos, condenar la corrupción, la auto-convocatoria sin barras bravas o agrupaciones como La Cámpora) que se diferencia de un "ellos" (la lealtad a un difunto líder fascista como Perón, el endiosamiento de Cristina Fernández, la destrucción de espacios públicos y la violencia en marchas donde muchos ni saben porqué concurren o cuyo motivo es ficticio, como el falso asesinato de Santiago Maldonado). Esta elección significó el día en el que todo el peronismo tuvo que unirse para ganarle a un empresario que dio sus primeros pasos en la política en el 2003 cuando perdió las elecciones para ser el jefe de gobierno de la Ciudad. Cristina, Massa y Alberto Fernández debieron aliarse y, aún así, el parlamento argentino tendrá un equilibrio de fuerzas que lo coloca a Macri como un líder de la oposición. El movimiento de masas más atrayente de la historia argentina encontró su antítesis que va a enfrentarlo de igual a igual en cada elección, y que obligó a que se unan los que se criticaron de la peor manera.
 El kirchnerismo hizo lo que fue costumbre en todos los populismos de la región (Evo Morales en Bolivia, Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador), es decir, transformar el régimen en una democracia delegativa con poco respeto a los derechos civiles (persecuciones a periodistas) y a la división de poderes (en la era kirchnerista se introdujo gente de Justicia Legítima en el poder judicial para cooptar a dicho poder) y solventarse en un gasto público maníaco a través de emisión monetaria sin respaldo para financiar aparatos propagandísticos y culturales (como fue Fútbol Para Todos) que adoctrinen a las masas al buen estilo de Hitler, Mussolini y Perón, mientras muchos seguidores que clamaban por sus ídolos políticos disfrutaban el fútbol pero sufrían el hambre. Pero muchos tuvieron memoria y no se olvidaron.
 El camuflaje del descalabro económico kirchnerista fue un dólar barato para turistas, tarifas subsidiadas que generaron una crisis energética y un cepo cambiario que evitaba la demanda de dólares ante la creciente inflación. Macri se comprometió a sanear el rojo fiscal con un ajuste que fue brutal para la actividad económica (el ajuste puede ser antipopular, pero todos los países que salieron de una crisis debieron hacerlo para estabilizar la economía) y así como Cristina empañó su falta de rumbo económico con un cepo (medida que Macri debió tomar para evitar una nueva devaluación feroz), Macri lo hizo a través de tasas de interés exorbitantes que generaron un déficit cuasi-fiscal y bajaron rotundamente el nivel de inversión. Para aquel que solo piensa en su bolsillo y vota según su poder adquisitivo el kirchnerismo sumó a muchos desencantados con Macri a sus masas peronistas inamovibles. Pero hubo un 40% que pensaron en mucho más que la economía, y ese será el gran freno que se le pondrá a esta nueva era kirchnerista.
 El gran desafío de Alberto Fernández será recuperar el valor de la moneda, aquello que no se pudo lograr desde la vuelta de la democracia y que no será una tarea de resolución en apenas un mandato de cuatro años, pero para ello deberá hacer que las inversiones en el país vuelvan a ser factibles, reactivar las pequeñas y medianas empresas para recuperar el nivel potencial de empleo.
 En la Argentina es necesario que aparezca un candidato que no tiene nada que ver con la política como Espert para que se sepa que los costos laborales en el país fomentan el empleo informal y el desempleo; que es urgente una democratización de los sindicatos y quitarles el manejo de las obras sociales; que es necesaria una reforma impositiva donde se bajen impuestos como el IVA y donde la exigencia impositiva no le haga difícil el camino a un emprendedor que quiere comenzar un negocio. Alberto Fernández deberá dejar de lado el libreto peronista y evitar medidas populistas que aumenten el gasto público para continuar el esfuerzo fiscal que emprendió Macri para pagarle al FMI y conseguir una macroeconomía estable.
 Aquel 40% que sin dejar de estar disgustados con la crisis económica, entendieron que el kirchnerismo se caracteriza por medidas anti-mercado que dada la delicada situación económica, de repetirse pueden llevar a una profundización de las variables negativas. Las prepotentes estatizaciones de YPF y Aerolíneas Argentinas; la negativa de pagarles a los holdouts; las amenazas con una reforma agraria y no cumplir con el compromiso de la deuda; provocaron que el resultado de las PASO genere un alejamiento de los mercados. Un gobierno que no respeta la propiedad privada, que no tiene credibilidad en el mercado, que no quiere competir con el mundo sino que se encierra en países como Irán, Cuba y Venezuela está condenado al fracaso. ¿Alberto Fernández gobernará según sus principios o se someterá a la vicepresidente que lo eligió a él como presidente?
 El peronismo vuelve al poder a través de una alianza que hasta hace muy poco tiempo parecía inimaginable. Por primera vez desde la existencia del peronismo, un presidente no peronista podrá terminar el mandato en tiempo y forma. Estas elecciones demuestran que a pesar de que la marcha peronista recite "combatiendo al capital", el capital fue el principal ganador, y dado el mundo en el que vivimos, el peronismo deberá "respetar el capitalismo" y tranquilizar a los mercados como hizo Pichetto si no quiere fracasar y comenzar a echarle la culpa a Macri de los males que podrían profundizarse.
 Si la alianza se fractura en el camino y el mundo nos repudia por tener una vicepresidente con ocho procesamientos, el movimiento no peronista estará repudiándolo y pisándole los talones al peronismo en las próximas elecciones. Por eso la historia cambió para siempre. Ya ningún gobierno peronista podrá "ir por todo" y en el congreso los legisladores amarillos defenderán los intereses de ese 40% que quiere un país con gobiernos que se acuerden de los más humildes haciendo obras en sus barrios como en la Villa 31 y no dejando que se inunden como en La Matanza. La historia cambió para siempre y el "combate contra el capital" deberá defenderse por siempre en el ring contra el "combate contra el populismo", que también puede movilizarse de forma masiva y aunque termine perdiendo, hace transpirar litros de sudor a su vencedor. Esta vez, el que perdió la elección fue el gran ganador.
 El último suspiro de Macri como presidente debe ser entregarle los atributos a Fernández el 10 de diciembre, aquello que Cristina se negó a hacer cuando le tocó dejar el poder. Demostrar que se puede gobernar respetando las instituciones. y que Macri y su electorado tienen valores muy diferentes.

jueves, 24 de octubre de 2019

BOCA 1 RIVER 0: UNA VICTORIA SUFRIDA, Y UNA DERROTA DIGNA

Para River eran 90 minutos de disfrute, de tratar de conservar la ventaja y ampliarla, de sentir la energía por las venas y estar ante la posibilidad de ganarle una vez más a Boca y avanzar a otra final continental. Para Boca eran 90 minutos de sufrimiento, de "matar o morir", de no poder equivocarse luego de haber fallado en la ida. Esos 15 minutos en los que se demoró el partido fueron 15 horas interminables para los futbolistas de Alfaro, que debieron sentir la desesperación de querer comenzar a gastar su impotencia y hambre de gloria y no poder hacerlo pronto por un imprevisto. Es menester aclarar que, luego de todos los acontecimientos sucedidos en el último tiempo, como el gas pimienta y la grave apedreada contra el micro de Boca, lo mínimo que podía esperarse de este partido para dar muestras de madurez al mundo era comenzar el partido en hora y sin inconvenientes. No se pudo.
 Si el hincha de Boca, germinando un estado racional, hubiera sabido de antemano que su equipo quedaría eliminado nuevamente ante el rival de toda la vida, lo mínimo que hubiese deseado es ver a su equipo caer dignamente. Y hay que remarcar que así como esos minutos en los que el partido se demoraba eran eternos para Boca, los últimos minutos del partido fueron eternos para River. No puede cuestionarse el empuje e ímpetu del xeneize para jugar con voluntad, aunque estratégicamente siga sin superar a River. Gallardo superó a Boca una vez más, pero esta vez le tocó sufrir. Muchos pensarán que no hay derrota digna, pero sí la hubo, y eso es un mérito de Alfaro, que tiene un extraordinario porcentaje de efectividad y no merece irse como un técnico más que también le tocó quedar afuera contra el River de Gallardo.
 Era un desafío para Boca y para su entrenador porque la presión por las últimas derrotas superclásicas y la necesidad de volver a conquistar la Libertadores eran enormes, y se debía afrontarlo en una situación totalmente adversa y cuyas condiciones pueden ser uno de los mayores defectos de este ciclo: hasta ahora Boca siempre se había sentido cómodo armando equipos de atrás hacia delante: pensando primero en Andrada, golpear primero y conservar el resultado habían sido armas letales que le dieron grandes resultados a Alfaro. El problema estaba en cómo iba a afrontar el partido sabiendo que se debía cambiar el libreto, pensando en el arco de enfrente y no en el propio. Contra Racing hace pocos días y ante River en la semifinal de ida Boca tuvo muchas dificultades para igualar un marcador que lo tuvo en desventaja desde el primer tiempo, sin ideas para desnivelar en lo ofensivo. Cuando Alfaro debe abandonar su zona de confort para transformar a su equipo en una máquina arrolladora no encuentra la manera de dar vuelta los resultados. Contra River el principal error fue que además de perder, no pudo evitar perder por más de un gol.
 Con un abismo por delante (dos goles como mínimo para forzar los penales para un equipo que no suele jugar con la necesidad de salir a arrasar desde el primer minuto), Boca arriesgó jugando mano a mano en el fondo, con Lopez e Izquierdoz jugando cara a cara con Suarez y Borre, sin margen para el error. Almendra reemplazó bien a Capaldo, estando activo en la recuperación pero no en la elaboración fina que se requería, mientras que Salvio, Tevez, Mac Allister y Abila debían lastimar con precisión, porque el hecho de no ser precisos podía significar una situación de gol para River que atacaba discretamente pero con mucho campo por delante. De La Cruz fue un excelente lector para dicha funcionalidad: tirado a la izquierda, una gambeta contra un Buffarini o Salvio que muchas veces volvían sin aire desactivaba la oposición y le daba vía libre para poder hacer desastres si concatenaba una jugada con otros compañeros.
 Boca debía realizar una tarea perfecta marcando en ataque para que ante cada pérdida no sea medio-gol de su rival, y aprovechar cada espacio que pudiese explotar Salvio por la derecha o Mac Allister por el centro para convertir por lo menos un gol antes de que el tiempo pase, porque mientras River ganaba oxígeno ante cada segundo, el de Boca se perdía como un globo que se va desinflando.
 El conjunto local no supo hacer ese partido perfecto que necesitaba: atacó con ímpetu pero con poco fútbol, sin aprovechar el pie de sus futbolistas cuando una sociedad entre Almendra, Salvio, Tevez y Mac Allister podría haberle generado problemas a River. Salvio tiene una calidad para acomodar la pelota y ganar segundos de ventaja (lo que posiblemente haya aprendido en Europa) que Boca pudo haber explotado si tenía un poco más de paciencia y sapiencia para aprovechar la inteligencia de Tevez, que hoy está más para ayudar en la elaboración que para terminar las jugadas.
 Cuando River tuvo más aire se notó la diferencia futbolística a la hora de manejar la pelota: buscó triangular; encontró pases entre líneas; utilizó bien a los laterales; trató de generar superioridad numérica en cierta zonas del campo, pero cuando Boca volvió a reaccionar lo arrinconó con la presión y las ganas.
 El ingreso de Zárate y Hurtado le dieron al xeneize pegada y gol, pero no los dos goles que necesitaba. Y muchas veces, para encontrar los goles, se necesita aprovechar y administrar bien el tiempo: a Boca le convenía que no salga la pelota, que esté siempre dentro y en su posesión para no dilapidar segundos, y que si había un tiro libre sea a su favor. Pero se cometieron faltas en ataque que no fueron más que una torpeza a favor del equipo visitante.
  River clasificó merecidamente, jugando mejor los 180 minutos, juega con mentalidad ganadora estos partidos, le siente el gusto a los superclásicos, pero la pasó mal sobre el final, se desahogó sabiendo que pudo haber ido a penales, y que con menos fútbol pero con voluntad, el rival lo comprometió. Para Boca es otra pena. Para River otra alegría. Pero para Boca debe ser un orgullo, y saber que puede revertir esta senda de derrotas coperas si en breve se vuelven a enfrentar.

miércoles, 2 de octubre de 2019

RIVER 2 BOCA 0: UN DESNIVEL FUTBOLISTICO QUE HACE REPETIR LA HISTORIA

Cuando la FIFA decidió implementar el uso del VAR, el objetivo era ayudar al árbitro a impartir justicia por medio de la tecnología. Pero como toda medida o decisión, tiene su efecto colateral: nadie pensó que podrían ocurrir circunstancias en las que los hinchas se empachen con un grito de gol para después ver que la acción quedaba invalidada, o que en el partido que más pasiones despierta en el mundo, como es el superclásico del fútbol argentino, en un partido de semifinal de Libertadores Boca pase de estar cerca de convertir un gol a que le sancionen un penal en contra en una jugada en el área que solo los múltiples ojos del VAR en su cabina podrían haber visto. Y de forma fiel a la naturaleza conspirativa del ser humano, no hay forma de que propios y extraños nieguen el hecho de que se sospeche que River sea un equipo que manosea el destino del fútbol sudamericano por medio de esa pantalla que cuando es revisada por el árbitro en medio de los encuentros, los de Gallardo siempre terminan resultando beneficiados. 
 Más allá del azar que muchas veces juega para destinos caprichosos, la forma de impulsar al azar para que esté de un lado u otro es mediante el artificio del propio destino. En el primer cruce copero de la era Gallardo, en un torneo menor como la Copa Sudamericana y donde el VAR todavía era un embrión en proceso de creación, Boca tuvo su penal al comenzar el encuentro, y esa ejecución malograda por Gigliotti sería solo el comienzo de una cadena de derrotas que agigantarían cada vez más la figura de Gallardo. Esta vez fue con protagonismo del VAR, pero otra diferencia fundamental es que el penal fue para River y Borré no falló, mientras que el que sí lo hizo fue Emanuel Mas, sin medir que hoy las jugadas en el área se miran con 100 ojos bajo la lupa y que cualquier error puede ser un regalo con moño para el rival, regalos que a esta altura Boca ya no puede concederle más a su rival de toda la vida. Pensar que ese penal que abriría la cuenta a favor de River de forma temprana es producto de una mano negra que ensucia el destino de Boca sería un reduccionismo y negar que, efectivamente, Boca no logra estar a la altura de River para que el azar juegue alguna vez a su favor. 
 Alfaro planteó un partido similar al que había terminado en un 0-0 hace 30 días (con la diferencia de que jugaron Mas, Reynoso y Abila por Fabra, De Rossi y Hurtado): un equipo con el sello de Alfaro, dedicado a molestar al rival y con la misma fórmula que le permitió a Boca ganarle a San Lorenzo hace una semana y ser el equipo argentino que menos goles recibió en el semestre. 
 A través de la fórmula Alfaro Boca intentó neutralizar la circulación de River con Reynoso y Soldano bloqueando las subidas de Montiel y Casco; armar un triángulo entre Marcone, Capaldo y Mac Allister para achicar espacios evitando que jugadores tan dinámicos como Palacios, Fernández y De La Cruz pudiesen penetrar el área; y con Abila en solitario, la idea fue que el delantero sea una isla que en algún momento abra sus puertos para que haya barcos que puedan desembarcar: eso sucedió cuando River se equivocó en una zona sensible del campo y tuvo desajustes en el fondo (acontecimiento que, cuando se toman los riesgos de jugar adelantado y mano a mano, pueden ocurrir), que pudieron poner a Boca en ventaja si Capaldo acertaba al arco en su mano a mano con Armani, una acción que refleja porqué Boca es artífice de su propio destino. 
 Con un entrenador experimentado como Alfaro y con un equipo que no tiró por la borda la estrategia ante el 0-1 temprano, se esperaba que Boca persistiera con su planteamiento ordenado y esperando a River en bloque, pero ocurrió todo lo contrario: con el paso del tiempo River empezó a ganar los duelos individuales, y en lo colectivo terminó siendo un vendaval que se llevó puestos todos los ladrillos que se empilaron delante de Andrada: Boca se cansó de ser disciplinado y se vino abajo. De La Cruz se empezó a mover con libertad, Fernández encontró pases entre líneas, Casco y Montiel ya tenían vía libre para desbordar y Suarez y Borré comenzaron a recibir cada vez más la pelota en el área o cerca de ella. Los hilos de la telaraña que Boca había tejido con tanta paciencia se habían cortado. 
 Hace un mes en el mismo estadio, Boca no fue capaz de generar peligro pero sí de garantizar el arco en cero. Esta vez, en el mejor momento de River los jugadores de Boca no funcionaron ni siquiera para eso: a la sumatoria de que Reynoso no estaba preciso para descargar rápido, Soldano nunca fue del todo apto para el puesto y Mac Allister no podía conectar con Abila, siendo imposible llegar al área contraria, dentro de la propia Boca tampoco hizo las cosas bien: le hicieron un gol muy parecido a los de Pratto y Quintero en Madrid: Boca no fue capaz de evitar que los rivales triangulen y terminen encontrando un jugador solo que perforara el vacío en el corazón de la defensa xeneize. 
 Con los cambios Alfaro no hizo más que traicionarse a sí mismo e implantar aún más confusión, mientras las fragilidades defensivas seguían al desnudo: la buena noticia para Boca es que el partido terminó 2 a 0 y no se volvió con una goleada que tal vez en tres semanas lo hubiese llevado a la Bombonera con el único objetivo de despedirse de su gente en el torneo continental. 
 Dos goles de diferencia no es un resultado holgado (así quedó demostrado en las últimas semifinales de Champions), pero sí puede serlo si Boca no aprovecha las oportunidades que tiene y empiece a superar a River en lo colectivo: una jugada mágica y aislada que le de a Boca la victoria solo sería posible con Riquelme en cancha, con jugadores que no son superiores a los de River Alfaro tiene que pensar como poder bloquearle el circuito de juego los 90 minutos sin quedar lejos de Armani, ya que en el partido de vuelta va a ser más importante pensar en el arco de enfrente que en el de Andrada. Tal vez colocar a Soldano en su posición para que Abila no esté tan solo y utilizar a Salvio y a Villa por las bandas pueda proporcionarle al mediocampo de Boca un equilibrio para atacar sin dejar de descuidar la marca. Pero mientras River cuente con Enzo Pérez y Boca no pueda tener en Marcone un volante central que le dé la pelota a sus compañeros, las avenidas hacia el arco rival ya están cortadas antes de salir a la calle.  
 Por el momento Boca no sigue perdiendo con River por el VAR ni porque Borré y De La Cruz son expertos en la simulación, sino porque sigue sin estar a la altura de jugar al fútbol mejor que su rival, que a partir de estas actuaciones sigue creciendo y Boca retrocede en la paternidad. 

lunes, 2 de septiembre de 2019

RIVER 0 BOCA 0: EL NEGOCIO DE NO PERDER

El día que Nicolás Burdisso le comunicó al presidente de Boca que Alfaro era el indicado para ocupar el puesto que dejaba vacante Guillermo, lo hizo pensando cómo lograr el mayor objetivo del club y sin volver a caer en los errores del pasado: ganar la Copa Libertadores y, de volver a cruzarse con River en el camino, tener un DT capaz de quebrar tácticamente a Gallardo.
 Si hay algo que ocurrió la última vez que se cruzaron, en la final más importante de la historia, fue que Boca nunca supo neutralizar el juego de asociación de River y en su afán por ir al frente logró convertir pero no que no le conviertan. Que los equipos se arman de atrás para delante es una frase tan vieja como cierta: un equipo con un gran poder goleador puede asegurarse en su peor día al menos un tanto a favor, pero nunca puede garantizar tener menos goles en contra.
 Alfaro demostró ser una incomodidad para la estrategia de Gallardo: el técnico millonario se acostumbró a duelos con Arruabarrena primero, y Guillermo después, y sobre todo en duelos tan estratégicos como los mano a mano en las copas, en donde su rival iba al frente y pecaba de endeble cuando River golpeaba en el momento justo o cuando una mitad de la cancha bien poblada por parte de River generaba superioridad numérica y hacía sufrir a Barrios, a Pablo Pérez y a los defensores que les toque estar. Esta vez Gallardo se topó con un adversario tal vez tan estratega como él, que lo obligó a buscar su juego pero de manera tal en la que siempre se sintió incómodo. River no tuvo chances netas de gol ni encontró un nuevo Pity Martínez que le gane la espalda a los volantes y penetre la defensa rival. 
 Boca no buscó adelantar líneas para someter a River y nunca le interesó hacerlo. Con De Rossi junto a Marcone, y Capaldo flotando levemente delante de ellos se concentró en cubrir y achicar espacios en los momentos donde jugadores como De La Cruz o Fernández pudiesen desequilibrar y romper líneas. La inquietud de Boca por momentos fue un rasgo negativo que padeció anteriormente en partidos como los que le costó la eliminación en la Copa Argentina frente a Almagro: la posición de sus defensores en jugadas en donde las transiciones de ataque a defensa pueden ser fatales. Por momentos se los vio a ambos laterales estar llegando tarde a un posible cierre, y Marcone no termina de formar ese triángulo indispensable que debe aceitarse entre el volante central y los dos zagueros: un esquema de coordinación que permita ocupar el espacio a Marcone cuando uno de los dos centrales sale lejos o armar una virtual línea de tres cuando los marcadores centrales se encuentran muy distantes y le dan espacio a un atacante rival por el centro (así ocurrió en el único gol que le hicieron a Boca en el semestre). 
 Si bien Boca cumplió con creces la tarea de que su arquero vuelva a irse con la valla invicta (que en las cinco fechas de la Superliga y los cuatro partidos de Libertadores no le hayan hecho goles a Boca habla de un gran trabajo, guste o no el estilo de juego), el problema estuvo en que por momentos pareció que lo hizo de manera poco ortodoxa. Sin dudas sorprendió la noticia de que Tevez no iba a jugar desde el arranque, pero a pesar de eso, los nombres eran indicados para presentar un esquema equilibrado en defensa y ataque con tres volantes centrales que se repartan el medio, un enganche como Mac Allister y dos puntas. Pero la realidad fue que Soldano jugó de carrilero todo el partido: por momentos por derecha, otras veces por izquierda, siendo de esta manera un futbolista equivocado para cumplir esa función. Había pasado algo parecido con Mac Allister ante Liga de Quito (un partido en el que Boca necesitaba el empate, y a Alfaro no le incomodó utilizar un jugador como el ex Argentinos para cumplir una función que no le es propia). 
 Si Alfaro tenía en mente parar a sus futbolistas de esa manera, es difícil de entender porqué no optó por un jugador como Villa u Obando para cumplir esa función. Sobre todo para mantener un equilibrio (un equilibrio entre ambas facetas del juego: marcar y jugar) en donde un volante o carrilero sabe cómo interpretar el juego en su posición y además de tomar la marca del rival puede sorprender llegando por sorpresa. Soldano nunca podría lograr dicha dinámica porque está para otra cosa, y tenerlo corriendo a los rivales como un número ocho es equivalente a poner a cualquier jugador y que haga lo mismo (algo muy distinto es hacer lo que hizo muchas veces Guardiola: ubicar a los jugadores en distintos lugares del campo adecuándolos a distintos contextos, pero siempre cumpliendo la función acorde a sus cualidades). De esta manera, Hurtado intentó inquietar a los centrales de River en solitario y aprovechar alguna segunda jugada que pudiera explotar la pegada de Mac Allister, pero tan solo una jugada aislada hubiese implicado una ocasión de peligro.
 ¿Boca fue muy mezquino para su grandeza? Alfaro no solo fue estratégico en su planteo sino también en el contexto: sin Salvio, Abila y Zarate, hubiese sido irracional ir a buscar el gol expuesto a una dura derrota cuando no había necesidad de hacerlo. Con el empate, Boca quedó segundo a dos puntos del primero en cinco fechas del campeonato. Alfaro sabe que el momento en el que más importa ganarle a River es en las semifinales de la Copa, y era mejor asegurarse no perder en el torneo antes que llegar de punto a los duelos más importantes. Cuando se ve a Fabra en la formación inicial puede entreverse que era un equipo capaz de hacerle daño a su rival: ¿la poca influencia de Fabra en ataque y la posición de Soldano se debió a la idea inicial del entrenador, o este debió retractarse sobre la marcha?
 La evidencia empírica demostró que Boca es capaz de complicarle la vida a River para que no gane en su cancha. El desafío para Boca será demostrar que tiene grandeza para repetirlo una vez más en la ida de las semis y ser capaz de aventajarse en el marcador cuando la localía lo obligue a hacerlo, así como varias veces lo hizo Gallardo en la vereda de enfrente. 

miércoles, 14 de agosto de 2019

EL DIA QUE LA REPUBLICA FALLECIO

Las elecciones de las PASO del último domingo significaron un triunfo abrumador del kirchnerismo y, si bien las elecciones definitivas son las de octubre, los números de esta gran encuesta que son las PASO parecen ser irreversibles: debería ocurrir un milagro aritmético para revertir una tendencia que terminó con Alberto Fernández 15 puntos arriba del oficialismo, y con 20 puntos arriba de Kicillof por encima de Vidal en la provincia de Buenos Aires. Parece muy complicado que en cuestión de unos meses el gobierno recupere el apoyo de gran parte de la clase media que le dio la espalda, y por más de que reúna los votos de los demás frentes opositores también sería muy complicada una victoria de Macri en un posible ballotage.
 El gobierno de Macri y sobre todas las cosas, el pueblo argentino, desaprovechó la oportunidad de terminar con el populismo y afianzar una vía republicana. En un contexto latinoamericano donde muchos países del continente sufren los gobiernos populistas y totalitarios (en Venezuela la única alternativa de sobrevivir a la dictadura de Maduro es exiliarse; en Nicaragua está ocurriendo algo similar con el régimen de Ortega, salvando las distancias; en Brasil una justicia que funciona de forma independiente condenó a dos ex presidentes; en Ecuador se sigue padeciendo la crisis económica e institucional que se acarrea desde el gobierno populista de Correa; y en Bolivia Evo Morales trata de modificar la constitución para continuar en el poder en un fiel intento que emula a lo propuesto por Cristina Kirchner en su segundo mandato), la Argentina había optado por un cambio de rumbo en el 2015 luego de que las denuncias de los medios de comunicación sobre los casos de corrupción y el hartazgo social sobre la situación económica y política vivida durante la década kirchnerista culminaran con años en donde la impunidad y la falta de respeto hacia las instituciones republicanas fue evidente: un saqueo fenomenal al estado cooptando a una justicia totalmente parcializada, y un poder legislativo con mayoría kirchnerista no tenía el poder suficiente para hacer presión y rescatar la democracia (una gran jugada política de Massa, donde en aquellos tiempos era un férreo opositor a Cristina antes de transformarse en un ser sin ideales sino solo con olfato de poder al igual que un gato que persigue a un ratón, había evitado lo que hubiese sido la "Cristina eterna"). 
 Mauricio Macri es el principal responsable de haber hecho resurgir al kirchnerismo y no haberle dado el golpe letal: la crisis económica pesó más en el voto que la memoria de la sociedad sobre los bolsos de José López; los avances del gobierno de Cambiemos en materia internacional luego de cerrar el acuerdo con la Unión Europea y haberle cerrado los caminos a negociados corruptos con Andorra, Irán y Venezuela; y la lucha contra las mafias y el narcotráfico que encaró Vidal en una provincia que recibió quebrada, luego de que Rodríguez Larreta haya recibido una Ciudad de Buenos Aires en condiciones de continuar los avances en obras públicas que hicieron a la capital un bastión macrista (tal vez el único que Macri pueda conservar). Si el sinceramiento de las tarifas (que debía realizarse sin ninguna duda, pero no de la forma en que se hizo generando un impacto negativo en la inflación y el poder adquisitivo) se hubiese aplicado mejor y sin hacer quebrar a pequeñas y medianas empresas; si la inflación no hubiese subido a niveles calamitosos y la economía hubiese crecido y no se hubiese profundizado la recesión, tal vez hoy se estaría hablando de otra cosa: la gente habría valorado el esfuerzo del Banco Central de congelar la emisión monetaria (quedó demostrado que la inflación no era solo monetaria sino que es estructural, pero con la emisión sin respaldo de la gestión cristinista tampoco se hubiese salido del crecimiento en el nivel de precios); salir del default; levantar el cepo cambiario y hacer que las instituciones funcionen como un gobierno democrático lo implica, sin apoderarse de las mismas: la vuelta a las estadísticas confiables del INDEC son solo un ejemplo del cambio de mando que se produjo allá por el 2015. 
 Macri no fracasó únicamente por malas decisiones, sino también porque es preso de sus propias palabras: cuando dijo que en su gobierno la inflación no iba a ser un problema y que ya no se necesitaría estar pendiente del dólar; que su objetivo era llegar a la pobreza cero (algo difícil de creer, ya que no hay países que tengan pobreza cero, y donde asumiendo con un 30% de pobres, era imposible llegar a una cifra cercana en apenas cuatro años); y que iba a eliminar el impuesto a las ganancias. Subestimó la situación y cuando los resultados demostraron todo lo contrario a lo que prometió, decepcionó a sus votantes. Ese cambio en que tanto se basaron sus promesas llegó en muchos sentidos, pero nunca se vio el cambio profundo que se necesitaba para sacar al país adelante: el aumento de los planes sociales y los recortes (necesarios para reducir el déficit fiscal por un lado, e impuestos por el FMI, por otro) en áreas sensibles como la salud, la educación y la ciencia, que son las que a futuro enriquecen a una nación (como fue el caso de Israel) llevaron a catalogar al gobierno como un "kirchnerismo de buenos modales", sumado a casos en donde se dudó de la transparencia del gobierno como fueron los Panamá Papers, el caso del correo y la intromisión de Angelici como operador judicial. 
 Se desaprovechó una oportunidad histórica de dejar atrás al populismo, el arte de gobernar que se basa en crear un relato ficticio admirado por un "pueblo", que no puede existir sin la enemistad con el "antipueblo". Así lo demostró el kirchnerismo en sus enfrentamientos con el campo y los medios de comunicación, y con todo disidente que les haga frente. Esperemos por el bien de todos los argentinos que, de llegar a asumir Alberto Fernández, cumpla sus dichos sobre que aprendieron de los errores del pasado, sea republicano (lo que nunca fue un gobierno peronista), e impulse las investigaciones de corrupción y las que tienen que ver con el fiscal Nisman (que al estar sensiblemente involucrados, es difícil imaginar que lo hagan). Al quedar en evidencia el comportamiento prepotente de Alberto Fernández en más de una oportunidad durante la actual campaña, los indicios no son esperanzadores. 
 La victoria del populismo y la derrota de la república fue un duro golpe para los venezolanos que vinieron a la Argentina y que no quieren tolerar tener un presidente que apoye al déspota tiránico que los hizo abandonar su patria; para el país y en especial la comunidad judía es un golpe duro por su interminable espera de que haya justicia sobre el atentado a la AMIA y el asesinato de Nisman; y para el mundo que estaba empezando a ver a la Argentina con buenos ojos, es una gran decepción. 
 Las crisis políticas que están ocurriendo en todo el mundo hacen que aparezcan personalismos peligros como Boris Johnson y Bolsonaro, porque la gente ya no confía en los partidos y las instituciones. Esperemos que un hipotético gobierno peronista de Fernández-Fernández no nos haga terminar en lo mismo en cuatro años. 

lunes, 6 de mayo de 2019

LA MAGNITUD DE LA SUPERCOPA

Boca festejó el día 2 de mayo la obtención de la Supercopa Argentina, o mejor dicho, se consagró campeón de dicho certamen, para festejar la obtención del título el día 5 de mayo en la Bombonera con su gente, con una previa antes del duelo con Godoy Cruz con la vuelta olímpica de sus jugadores alzando el trofeo y los fuegos artificiales junto con el cántico de su gente enmarcando un escenario único de ser visto. 
 La discusión surge a raíz de la magnitud del título logrado, ya que es un certamen que consta de un único partido. Para desengrosar este análisis, es menester realizarlo en términos subjetivos y objetivos. 
 La categoría objetiva que contiene este certamen, y cuando se dice objetiva es porque se desliga de todo lo subjetivo que incumbe el sentimiento del hincha, de los futbolistas y de la perspectiva del club (sabiendo que la plena objetividad es inalcanzable), es que en primer lugar, la Supercopa es una competencia oficial al igual que cualquier otra, por lo que es una copa que se suma a las vitrinas del club que se consagra. Ahora bien, si la importancia de la obtención de un título implica únicamente la sumatoria de una estrella al palmarés de un club, entonces se estaría diciendo que un club que gana tres títulos de competencias que no involucran más de cinco partidos en doce meses tuvo un año más exitoso que un equipo que se consagra una sola vez pero de un torneo que implica mucho mayor sacrificio, como un campeonato local o una Copa Libertadores. Cualquier competencia, ya sea de un solo partido o veinte, tiene una magnitud intrínseca en si misma que es la propiedad de conseguir un campeonato (Boca puede vanagloriarse de ser el equipo más ganador del fútbol argentino por haber conseguido 68 títulos que incluyen tanto esta Supercopa como las seis Libertadores), pero por más de que en cantidad un título sea lo mismo que cualquier otro título, el valor de cada uno también hace y, en mayor medida, a la magnitud. Es por eso que nunca va a valer más un torneo de un solo partido que uno de veinte. ¿Pero es la cantidad de partidos lo único que hace al valor? El valor de la competencia no solo lo determinan la cantidad de partidos sino también la calidad de los rivales. Por eso puede decirse que la Copa Argentina, donde hay muchas probabilidades de jugar fases con equipos de categorías inferiores, no vale mucho más que una Recopa Sudamericana, donde para acceder se debe ser campeón de una de las dos competencias continentales y enfrentar al otro, por más de que la competencia tenga dos partidos. 
 Dicho esto, Boca se enfrentó a Rosario Central por ser el campeón de la Superliga, y el equipo rosarino por ser el campeón de la Copa Argentina (competencia que por la cantidad de partidos y la calidad de los rivales, es menor), lo cual le da mucho valor a la copa porque enfrenta a los campeones nacionales y determina que el vencedor será el Súpercampeón, como lo indica el nombre del certamen. No quiere decir que dicho trofeo valga más que la Superliga (donde el campeón de la Copa Argentina está incluído dentro de los rivales que Boca superó en la tabla de posiciones), pero es la culminación de una senda victoriosa que hace que se pase del término de "campeón" a "Súper-campeón", lo cual es algo muy valioso. Claro está que debido al contexto de cada equipo y más aún sabiendo que la competición que consiguió Central es menor que la de Boca, es lógico que para los santafesinos la Supercopa tenga aún más valor que para Boca, porque de haberla ganado hubiese significado superar al campeón de la Superliga (y más teniendo en cuenta que la vara de Boca siempre es mucho más alta que la del resto de los clubes), pero eso no le quita valor a la coronación de Boca por lo ya explicado. 
 En términos subjetivos, este equipo que viene consolidando Alfaro necesitaba de un título para ganar confianza a la hora de disponerse a conseguir objetivos mayores. Jugadores como Buffarini, Mas, Andrada, Izquierdoz, Villa o Zárate necesitaban salir campeones siendo figuras destacadas (Buffarini y Mas habían conseguido la Superliga pero sin ser titulares la mayor cantidad de partidos, con poca participación). Y ni hablar de Alfaro, que dicha consagración implicó su primer campeonato conseguido al igual que varios futbolistas (sabiendo que accedió a él por el trabajo de Guillermo. Pero el mérito de ganar el partido fue todo suyo y de los futbolistas). 
 En términos subjetivos a nivel institución, Boca se sacó una espina luego de haber perdido el mismo certamen tres veces, por lo que esta conquista tiene un valor agregado por haber sumado una copa que parecía totalmente negada (si valiera poco, sería obvio entonces que Boca ya debería haberla conseguido), por lo que el desahogo de los hinchas y de Boca a nivel club es lógico y respetable, por lo que los festejos previos al encuentro por la Copa de la Superliga el pasado domingo no pueden considerarse exagerados.