lunes, 2 de febrero de 2026

Opinión: Latinoamérica debe ser un bastión pro-occidental

Al igual que muchas dictaduras, la de Maduro terminó mal. Millones de venezolanos salieron a festejar en la diáspora.
                                        
En el año 2005, hace más de 10 años, se celebró la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, evento que reunió a los jefes de estado de Latinoamérica y el Caribe, y a George Bush, presidente de los Estados Unidos. Se discutía la posibilidad de crear el ALCA, un área de libre comercio entre el gigante norteamericano y el resto del continente. Era una época de pleno auge de los socialismos del siglo XXI, y Chávez, líder venezolano y vanguardia de esta nueva tendencia, dinamitó todo avance del acuerdo con su famosa frase: "ALCA, ALCA, al carajo". 
 Hoy, muchas cosas han cambiado desde aquel entonces: Milei, que derrotó al kirchnerismo, firmó un acuerdo de libre comercio histórico con Estados Unidos; hay muchos líderes pro-mercado en la región; y las dictaduras venezolanas y cubanas ya no resisten el rechazo de sus propios pueblos. Los socialismos del siglo XXI, en contraposición hacia los Estados Unidos, le han abierto las puertas del continente a China y Rusia; y Venezuela, donde la destrucción de la economía capitalista y la democracia llegó al clímax, se convirtió en la sucursal del terrorismo iraní en Sudamérica. En muchos países, las elecciones hacen girar a los gobiernos entre la izquierda y la derecha. Pero donde el régimen democrático ha sido reemplazado por una autocracia con apariencia legal, la fuerza bruta ya es la norma que rige el poder. 
 La captura de Maduro es, para la izquierda latinoamericana, una violación al derecho internacional. Este último promueve las normas de la diplomacia para resolver los conflictos. Sin embargo, ¿qué diplomacia puede establecerse con un dictador como Maduro? El dictador venezolano ha roto con cualquier canal de diálogo dentro de su país, en un proceso que ya lleva décadas en donde el régimen ha destruido las instituciones de la democracia a partir de persecuciones, detenciones ilegales, torturas, fraudes electorales. 
 A pesar de ejercer una tiranía cruel y sanguinaria, la objeción viene a causa de que sea Estados Unidos el que intervenga en territorio venezolano, ya que indigna que el "imperio" se inmiscuya en el mundo sub-desarrollado. El argumento por el respeto a la soberanía de cada pueblo es muy objetable, ya que la soberanía del pueblo venezolano fue violada por sus propios gobernantes. A su vez, Estados Unidos tenía motivos de sobra no para involucrarse, porque ya existían perjuicios que el régimen chavista estaba causando a los estadounidenses, sino para tomar una resolución. Es decir, no hay una intervención externa, sino la resolución de un conflicto pre-existente a la captura de Maduro:
 1) El gobierno de Venezuela, que conforma el Cartel de los Soles, exportaba en forma clandestina toneladas de droga hacia Estados Unidos. Esta información fue investigada por organizaciones prestigiosas como Insight Crime. Existía una simbiosis entre el crimen organizado y la cúpula militar venezolana.
 2) El régimen chavista cooperaba con organizaciones narcoterroristas como las FARC, en la frontera con Colombia, vinculada a grandes cárteles del narcotráfico.
 3) Muchos capitales estadounidenses en Venezuela fueron confiscados por el chavismo.
 4) Venezuela era un aliado estratégico de Irán en América Latina. Por lo tanto, Argentina, hoy gran aliado de los Estados Unidos, tenía muchas razones para apoyar el operativo luego de sufrir dos atentados terroristas en suelo argentino. Por si fuera poco, Nahuel Gallo, ciudadano argentino, fue detenido ilegalmente por el gobierno venezolano al igual que muchos otros presos políticos. 
 No es que el liberalismo haya fracasado ante el realismo, doctrina que defiende la postura en la cual todos son probables enemigos, impera el temor y gana quien golpea más fuerte. ¿Dónde está el conflicto entre las democracias liberales? No hay ningún conflicto entre Argentina y Chile, entre Brasil y Uruguay, entre Alemania y Reino Unido, entre Japón y Corea del Sur. El conflicto surge cuando hay países sumamente autoritarios, como el desatado por Rusia frente a Ucrania, el de China ante sus pretensiones sobre Taiwán. Maduro no tendría pedidos de captura si no tendría espurios negocios con el narcotráfico, y si no habría desbastado la democracia en Caracas con fuertes violaciones a los derechos humanos. Tal es la diferencia entre el mundo republicano-liberal y los autoritarismos, que hasta los criminales son tratados de forma distinta: Maduro, en las cárceles estadounidenses, será tratado mucho mejor que los detenidos políticos en el Helicoide; así como en Israel, única democracia de medio oriente, hasta los criminales más perversos tienen derechos cuando están detenidos. 
 Este mundo imprevisible y sin reglas claras no es generado por los países que promueven el liberalismo, sino por las dictaduras y sus siniestros objetivos y pretensiones. Estados Unidos va mucho más allá de Trump: es hace décadas el país que más combate el terrorismo en todo el mundo, y el único del continente con capacidad para desmantelar el narco-estado chavista. 
 Sin dudas Venezuela es la peor expresión del socialismo del siglo XXI: ha accedido al poder por medio de elecciones, y ha dinamitado la democracia desde adentro, a partir de la violencia y cuantiosos negocios con el narcotráfico. No se trata solamente del negocio del petróleo (donde en Venezuela la infraestructura está destruida y llevará años reactivarla), sino del negocio del narcotráfico. Suele generarse mucha indignación cuando los "imperialismos" hacen inversiones genuinas en los recursos naturales de países más pobres, pero la indignación no aparece cuando hay narcotraficantes que hacen fortunas incalculables cometiendo crímenes. 
 Así como Chávez mandó "al carajo" al libre comercio, hoy el giro ideológico en América Latina debe enviar "al carajo" al socialismo del siglo XXI.  Es entre democracia y tiranía, entre capitalismo o socialismo, entre negocios que hacen progresar a las sociedades o el narcotráfico que las arruina. Es, en definitiva, entre la libertad cuyas bases sembraron la cultura occidental con las que se formaron los países del continente americano, o el colectivismo totalitario. 

Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Opinión: Los desafíos de la derecha de cara al 2026

Mientras Bukele en El Salvador goza de altos índices de imagen positiva gracias a su política de seguridad, Bolsonaro en Brasil está condenado y detenido por participar de un intento de golpe de Estado.

Cuando parecía que América Latina giraba nuevamente a la izquierda luego de los triunfos de Lula en Brasil, de Boric en Chile, del Frente Amplio en Uruguay, y de Petro en Colombia, las últimas elecciones acontecidas en Bolivia, Honduras, Ecuador, y por supuesto, las de 2023 en Argentina, representan un re-equilibramiento del contexto político continental. Si no fuera por el fraude electoral y el régimen autoritario, en Venezuela el chavismo ya estaría fuera del poder. 
 En lo que va del siglo XXI, la izquierda ha sabido construir una narrativa a partir de los buenos precios internacionales de las commodities y su consecuente despegue económico para muchos países de América Latina y Sudamérica en particular. Acompañadas de políticas de carácter redistributivo, como la AUH en Argentina o la Bolsa de Familia en Brasil, en el imaginario popular se ha encuadrado a las izquierdas de los "socialismos del siglo XXI" como efectivas para combatir la pobreza. Sin embargo, este tipo de modelos corto-placistas, y considerados por muchos académicos como populistas, se han agotado junto con el fin de un contexto comercial-internacional favorable. La idea de que la izquierda en sus distintas versiones había logrado el crecimiento económico y la reducción de las tasas de pobreza en América Latina culminó en crisis económicas, y en muchos casos acompañados de causas de corrupción escandalosas, en Argentina, Brasil, Bolivia, y en Venezuela en su máxima expresión. 
 Por lo tanto, la derecha se enfrenta tanto al desafío de lograr, por un lado, gobiernos transparentes, libres de la corrupción de Cristina Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa o Lula. Por otra parte, los gobiernos de las nuevas derechas deben ser capaces de demostrar que es posible lograr el crecimiento económico achicando el Estado, tal como dice la famosa frase: tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario. Mientras el primer objetivo sigue siendo un desafío incompleto, dada la condena de Bolsonaro en Brasil y escándalos de corrupción en gobiernos del Perú de todas las ideologías, el ejemplo de Javier Milei en Argentina demuestra que, realizando un ajuste en el sector público, la economía crece a tasas del 5% anual y sin el boom de los precios de las commodities de los que gozaron las izquierdas del continente en la primera década del siglo.
 Sin embargo, hay un tercer desafío, y probablemente el de mayor dificultad y peligrosidad: el crecimiento de la inseguridad y el crimen organizado. América Latina, más allá de limitadas guerras que han existido entre algunos de sus países miembros, es un ejemplo de convivencia pacífica y hermandad entre sus pueblos, sin riesgo de conflictos bélicos en el presente siglo. No obstante, hoy el mundo no se ve azotado únicamente por las guerras convencionales, sino por guerras que son atípicas en la historia pasada: el poderío de grupos de crimen organizado vuelve a estos actores como grupos beligerantes no estatales. Estos últimos desafían permanentemente el control y monopolio de la fuerza estatal: tienen no solo poderío armamentístico, sino también control de territorios donde el Estado ya no tiene capacidad de aplicar la ley. Así es como contemplamos escenas de guerra en Río de Janeiro, donde el Primer Comando Capital opera incluso en otros países, como si fuera una poderosa empresa multinacional.
 Se ha popularizado por parte de muchos líderes políticos el término de "narco-terrorismo". Si bien no hay una definición unívoca de lo que es el terrorismo, hay un consenso generalizado en torno a que este implica actos de violencia altisonantes que siembran terror con fines políticos determinados. Por otra parte, el crimen organizado se define como actividades ilegales en el suministro de bienes o servicios prohibidos por parte de organizaciones jerárquicamente estructuradas y con fines de lucro. Combinando ambas definiciones, no es descabellado considerar la criminalidad del narcotráfico como una forma de terrorismo, teniendo en cuenta que sus crímenes penetran tanto en la dimensión económica como política. 
 Mientras que los modelos económicos de la izquierda han sucumbido, no puede dejar de resaltarse que su fracaso en los índices de inseguridad también es rimbombante. Representada en la doctrina de Eugenio Zaffaroni en Argentina, las ideas del abolicionismo que consideran al delincuente como una víctima del sistema, donde las detenciones de delincuentes de estratos sociales bajos esquematizan la reproducción de una estructura socio-económica opresora para las personas de bajos recursos, han sido un verdadero fracaso tanto a la hora de combatir el delito común como el crimen organizado. Si bien la situación socio-económica tiene influencia en el delito, no es el único factor interviniente: de ser así, entonces la delincuencia aumentaría cuando hay una recesión económica, y disminuiría cuando la economía crece. Esto último está lejos de ser así. En este fracaso frente al desafío de la inseguridad que vuelve a América Latina una de las regiones más violentas del mundo, la derecha tiene la oportunidad de tomar la delantera y enarbolar la bandera del orden público. 
 El plan de tolerancia cero contra las maras de Bukele en El Salvador convirtió a este país en uno de los más seguros del continente, declinando los índices de inseguridad de forma escandalosa. No obstante, se deben entrenar a las fuerzas de seguridad acorde a las amenazas locales de cada país, con tácticas adaptables a las geografías y circunstancias, y además de contemplar la cuestión penal, prevenir el delito fortaleciendo los vínculos comunitarios y la efectividad de las respuestas a nivel institucional. El crimen del narcotráfico se explica no solo por la oferta sino también por la demanda de las sustancias ilícitas. La legalización de la marihuana para su consumo recreativo en el Uruguay no ha ayudado en lo absoluto a combatir la criminalidad y los factores de riesgo que llevan a la delincuencia. La inseguridad, atacada desde el punto de vista inter-disciplinario y en todas sus dimensiones, es hoy un objetivo tan importante como el económico en un continente que sufre guerras no convencionales.

Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana. 

martes, 28 de octubre de 2025

Opinión: Salgamos del bucle

El águila de La Libertad Avanza sobrevuela el Congreso. El frente oficialista pasará a tener 107 bancas en la cámara baja y 24 en el Senado.

La idea del eterno retorno es una concepción filosófica acuñada por Federico Nietzsche, para quien el hecho de que el hombre no actualice sus valores e ideas conducía a la historia de la humanidad a un destino repetitivo y sin actualización. Podría sintetizarse esto último en la noción de un bucle: una secuencia de consecuciones que se repite una y otra vez. Tan solo una reconfiguración de los valores humanos podía, para Nietzsche, salvar a la historia del eterno retorno. Dicha filosofía se explica muy eficientemente en la famosa película El Día de la Marmota: el protagonista está atrapado en un bucle donde, luego de irse a dormir, despierta una y otra vez en el mismo día de la fecha. El tiempo no pasa, el día es siempre el mismo. Solo cuando el protagonista logra vivir ese mismo día como si fuese el último, el bucle finaliza. 
 La historia argentina, por lo menos la del último tiempo, es un bucle: déficits presupuestarios que conducen a incrementos de la deuda y emisión monetaria, alta inflación, dólar atrasado, tarifas pisadas. Todo esto último se relaciona íntimamente con la llegada de un ajuste, descontento de la sociedad, desapego con la política, aumento de la pobreza, que se alivianan posteriormente con rebotes de la economía que nunca terminan de ser un crecimiento económico genuino y sostenido. 
 Pero es pertinente detenerse en el bucle que comienza en el 2003, tratando de hacer una aseveración más detenida en la historia más reciente posible: el contexto internacional favorable y el ajuste recientemente acontecido en 2002 permitió una época de bonanza, donde la mala gestión de ese repunte en tiempos de "vacas gordas" luego llevó al estancamiento del que no salimos desde el año 2012. El desorden de las cuentas públicas despilfarró la posibilidad para apuntalar definitivamente un modelo económico sostenible, y las políticas populistas empezaron a mermar en sus impactos persuasivos de la opinión pública cuando la realidad golpeó de frente al relato. Pero el bucle es indetenible: cuando asume un gobierno con ideas pro-mercado, la gente se enoja con quien hace el ajuste, se decepciona por no ver resultados en el corto plazo, ve como insensibles destructores a quienes pretenden ordenar el caos, y se termina inclinando por volver al populismo. 
 Son insoslayables los errores que tuvo el gobierno de Mauricio Macri y los que pueda tener hoy el de Javier Milei. Pero para salir del bucle, debemos reconocer estar atrapados en él: el descontento con Macri nos condenó a otro gobierno kirchnerista, que fue igual o peor que los anteriores, y este apercibimiento nos trajo a experimentar ahora con el gobierno libertario de La Libertad Avanza. Si en 2027 Milei no es reelecto, probablemente gane una vez más el kirchnerismo, se abandone la senda pro-mercado y seguiremos atrapados en la trampa populista. 
 Para persuadir al electorado de que los resultados no serán nunca inminentes y automáticos, y que toda crisis requiere de procesos de reconstrucción, no solo se debe ser hábil en la comunicación, sino también tener habilidad para traccionar acuerdos políticos. La retórica anti-casta amerita una revisión: dejar de ver con desaire a los gobernadores, al Pro y a los radicales y peronistas medianamente razonables es imprescindible. La reinstauración del Ministerio del Interior para negociar con los gobernadores será vital de ahora en adelante para tener un parlamento afín: es menester blindar al Ejecutivo de posibles juicios políticos, y lograr acuerdos con otros bloques para avanzar en las reformas estructurales. 
 Gracias a la buena elección de medio término que ha tenido el gobierno, a partir del 10 de diciembre las cámaras del Congreso estarán mucho más equilibradas. Siempre han coincidido, desde 1983 en adelante, gobiernos no peronistas con minoría en el parlamento, lo que les ha impedido impulsar una agenda propia sin palos en la rueda, teniendo como consecuencia directa que hasta el momento nunca haya habido un gobierno no peronista reelecto. A partir del consenso con bloques afines, la bancada de LLA tiene la gran oportunidad de obtener virtuales mayorías. El panorama se presta a ser más optimista que en 2017, cuando el gobierno de Macri también ganó las elecciones de medio término, pero la crisis cambiaria en 2018 tiró por la borda sus posibilidades de reelección en aquel entonces: Milei, a diferencia de Macri, está aplicando desde el primer momento una política monetaria contractiva con superávit fiscal, está dispuesto a avanzar con los paquetes de reformas lo más pronto posible, y ha tomado precauciones para hacerse de reservas. 
 Los grandes artífices del bucle argentino no son solo los partidos políticos. Los sindicatos y, un actor cada vez más influyente en el presente siglo como son los movimientos sociales, han sido grandes responsables de la ingobernabilidad durante gobiernos no peronistas. La inflación es un factor que empodera inevitablemente a los sindicalistas, ya que estos se vuelven fundamentales cada vez que se negocian las paritarias. Mientras que, ante el avance de la economía informal y la falta de empleo, los movimientos sociales se han vuelto representativos de sectores de la sociedad cada vez más amplios. Por lo tanto, para terminar con estos flagelos hay un solo camino: pulverizar la inflación, y crear puestos de trabajo formales. Solamente así, podrá terminarse con las extorsiones sindicales y piqueteras. Pero en la democracia la principal arena política se da en los gobiernos y los parlamentos: el voto de la ciudadanía es, desde el primer momento, el principal hacedor del futuro. Es muy asertiva una frase del diputado Fernando Iglesias: el peronismo (hoy hegemonizado por el kirchnerismo) siempre tiene todo: los sindicatos, los movimientos sociales, las universidades, gran parte de las provincias y municipios, el Poder Legislativo, y en cambio cuando gobierna una fuerza no peronista, lo único que esta tiene es el Poder Ejecutivo. Este panorama hoy enfrenta una toma de postura diferente a las anteriores: Milei tiene razón cuando declara que se están atacando los problemas por sus causas y no por sus síntomas. Gracias al apoyo de gran parte del electorado, la composición del parlamento ya no volverá a ser la misma desde el 10 de diciembre. Es factible pensar que haya llegado el momento en que la historia cambie, para no volver al bucle del eterno retorno. 

Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana. 

lunes, 8 de septiembre de 2025

Opinión: No alcanza con ser los menos malos

Con la contundente victoria en la Provincia de Buenos Aires, Kicillof se encolumna como el principal líder de la oposición. Como era de esperarse, los mercados reaccionaron mal.

Anteriormente a la reforma constitucional de 1994, el sistema de voto indirecto en la Argentina, similar al de los Estados Unidos, menguaba la desmesurada influencia electoral que tiene hoy la provincia de Buenos Aires. Con aquel sistema, Buenos Aires tenía 144 de los 600 electores presentes en el extinto colegio electoral, lo que le daba una representación del 24% de los votos necesarios totales. Luego de la reforma, el voto pasa a ser directo, lo que ocasiona un alza de dicho porcentaje: habiendo más de 35 millones de electores habilitados para votar, los electores bonaerenses son más de 13 millones, representando más del 37% del total de votos. Es decir, a partir de 1994 la influencia a nivel electoral de los bonaerenses crece del 24% a más del 37%. Es por eso que se conoce a las contiendas en tal provincia como "la madre de todas las batallas". 
 Este año hemos visto un experimento novedoso: se desdoblaron las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires por primera vez después del 2003. Al igual que como ocurrió con la Ciudad de Buenos Aires, votar únicamente por categorías provinciales evita un efecto de arrastre de los candidatos a nivel nacional. Es decir, se presupone que en principio el desdoblamiento ejerce un efecto de "provincializar" la elección, poniendo el foco en aspectos locales. Sin embargo, en la práctica no suele suceder de tal manera: aunque se hayan votado cargos legislativos provinciales y municipales, la elección se nacionaliza: estas elecciones de medio término son una suerte de plebiscito de ratificación del rumbo del gobierno de Milei y del intento por llevar la gestión libertaria a la provincia de Buenos Aires en 2027. 
 El escándalo de las presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad planteó inevitablemente una disyuntiva que compromete la performance del gobierno: el rumbo de estabilización económica no pudo ser más influyente que la posible deshonra (por ahora presunta) propia de la casta política que LLA venía a combatir. La abultada diferencia en toda la provincia y en secciones electorales populosas como la primera y la tercera indican que el enfriamiento de la economía producto del alza en las tasas de interés y la polémica de los audios que manifiestan la existencia de sobreprecios fueron los asuntos que marcaron la agenda en el último tiempo. El gobierno llegó a esta elección clave perdiendo la capacidad para instalar temas en la discusión pública: el kirchnerismo fue muy hábil para enarbolar banderas de causas nobles como son los jubilados y la discapacidad, de forma embustera y falaz, pero muy efectiva. Gracias a la baja de la inflación, el poder adquisitivo de jubilados y pensionados sufrió mucho menos que durante la gestión de Alberto Fernández, y la oposición reclama aumentar presupuestos que para financiarlos posiblemente haya que acudir a la emisión monetaria. Sin embargo, la estrategia de colocarse ficticiamente del lado de sectores vulnerables, no por ser traicionera deja de ser eficaz.
 Por otra parte, también se presentaba una gran disyuntiva para el peronismo: esta elección demuestra si es más fuerte el rechazo al penoso gobierno de Kicillof o el aparato de los intendentes. El gobernador de la provincia acertó en desdoblar las elecciones, posicionándose ahora como el líder del peronismo por sobre CFK y Massa. La capacidad de movilización de los intendentes sumado a la habilidad para instalar temas en la agenda pública fueron las dos herramientas determinantes: la alianza de Kicillof con los jefes municipales lo vuelve un líder autónomo del control de CFK y La Cámpora.
 El acuerdo con PRO sin dudas le permite a LLA tener mayor capilaridad en las localidades donde todavía no tiene una estructura partidaria consolidada. Si bien la derrota es un golpe duro para el gobierno de Milei, es interesante observar la fisonomía de la próxima legislatura bonaerense: en la Cámara de Diputados, LLA pasa de tener 24 a 31 legisladores, y el peronismo pasa de 38 a 39; mientras que en el Senado los libertarios crecen de 12 a 15 senadores, y el bloque oficialista pasa de 21 a 24. El peronismo ganó la elección, pero LLA deja un piso interesante sobre el cual construir. Si el armado político libertario continúa sumando residuos del peronismo que poco tienen que ver con las ideas por las que ha luchado Milei, se despilfarran las posibilidades de cuidar las bancas violetas. La alianza con PRO le da la posibilidad a LLA de sumar gente honorable como Jimena De La Torre (vetada por Karina Milei), en lugar de ex kirchneristas como Ramón Vera.
 De cara a octubre, donde se juega la gobernabilidad en el Congreso de la Nación, Milei debe recuperar el control de la agenda, y deshacerse de lo que puede decepcionar a sus votantes. Los votos en blanco se han transformado en una tercera fuerza política: en esta última elección votó el 65% del padrón bonaerense. Convencer a ese 35% desencantado con la política es tan importante como bajar la inflación si se quiere triunfar en un distrito que es históricamente reacio a fuerzas no peronistas. De avanzar en la justicia la causa de las presuntas coimas en la ANDIS, Javier Milei deberá refundar áreas de su gabinete incluso si la necesidad de una depuración alcanza a su hermana: si miembros del gobierno quedan pegados a la corrupción, no puede defenderlos al igual que lo hace la casta. En 2021, en referencia a la extinta coalición Juntos por el Cambio, Esteban Bullrich dejaba unas sabias palabras: "Hoy somos la opción menos mala, tenemos que volver a ser la mejor". Esa frase debería ser un eco que retumbe en las filas libertarias. 

Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana.

jueves, 3 de julio de 2025

Opinión: El peronismo, ante una oportunidad inmejorable para reinventarse

Cristina Fernández de Kirchner: presa. La ex mandataria perdió su libertad por robarle a los argentinos.

Los partidos políticos como instituciones son adaptables en el tiempo. Muchas veces hay coyunturas críticas que alteran patrones establecidos, y es menester adaptarse a la nueva realidad con el fin de subsistir en contextos cambiantes.
 Durante la Guerra Fría, un día Mijaíl Gorbachov, al mando de la URSS, decidió aplicar la Perestroika: una serie de reformas económicas y políticas que permitía el desarrollo de la propiedad privada. Aunque el fin declarado públicamente seguía siendo llegar al comunismo, hubo un recalibramiento y reconocimiento acerca de que el modelo soviético estaba a años luz de la calidad de vida capitalista de occidente. 
 En la década de 1970, Deng Xiaoping, presidente chino, acudió al pragmatismo luego de la catástrofe humanitaria provocada por Mao Tse Tung, aplicando una serie de reformas pro-mercado, abriendo la economía china al mundo. Hoy la República Popular China es la segunda economía a nivel mundial, tuvo un cambio cualitativo de dimensiones estrafalarias en la calidad de vida de su población, y es el país con más multi-millonarios del mundo. Todo eso sucedió bajo el mismo partido: el Partido Comunista Chino. Es decir, el comunismo chino aprendió de la historia, y sin cambiar de nombre, abrazó el capitalismo.
 Ante el nuevo escenario político presentado ante la irrupción de Milei como presidente, los partidos argentinos tienen la necesidad imperiosa de re-perfilarse: el PRO como aliado parlamentario (¿y electoral?) del gobierno; la UCR ante escenarios favorables en provincias como Santa Fe puede pactar condiciones con LLA, pero no a nivel nacional y distritos como la CABA donde el radicalismo cosecha apenas un puñado marginal de votos. Y el principal partido de la oposición, el PJ, está ante una gran oportunidad de definir qué tipo de oposición va a adoptar ante un hecho histórico y de lo más trascendental de los últimos tiempos: la ratificación de la condena y prisión de CFK. 
 El núcleo duro de fanáticos kirchneristas que se moviliza en apoyo a una delincuente detenida probablemente sea eso: un piso mínimo de votantes que siempre tendrá el kirchnerismo a pesar de lo que sea que pase, pero que no le alcanzará para imponerse en las elecciones. Con CFK fuera de toda competencia política, el peronismo tiene dos alternativas predominantes: por un lado, que Kicillof tome la batuta convirtiéndose en el líder del kirchnerismo, donde los ideales que hicieron que se estanque la economía argentina desde el año 2012 no difieren demasiado del kirchnerismo duro y La Cámpora; y, por otro lado, aferrarse a la oportunidad inmejorable de asumir que Milei está estabilizando la economía, que el kirchnerismo ha cometido errores garrafales, y que el mejor camino es transformarse en una oposición razonable y más afín al peronismo alejado del castro-chavismo, donde pueden urgir nuevos liderazgos en intendentes y gobernadores no kirchneristas. Es decir, realizar una suerte de Perestroika dentro de sus propias filas. 
 Plantear en el eje del relato a Cristina como una líder proscripta y víctima de un "partido judicial", cuando los hechos de corrupción están empíricamente demostrados y la condena y su posterior ratificación se dieron de acuerdo a todos los procedimientos legales correspondientes, vuelve al peronismo un partido completamente elitista: su misión pasa por salvar a una delincuente multimillonaria, muy lejos de los problemas reales del pueblo argentino. En cambio, si se despega del kirchnerismo y las ideas de La Cámpora (que no disienten demasiado con Kicillof, aunque estén enfrentados por cuestiones de cargos y lugares en las elecciones), tiene la oportunidad de proyectarse como un partido renovado y que mire hacia delante, como lo hicieron los gobernadores peronistas que firmaron el Pacto de Mayo. 
 El enfrentamiento entre Kicillof y La Cámpora no es ideológico, sino que es únicamente por una cuestión de protagonismo. No hay que olvidar que Kicillof viene llevando una gestión horrorosa en la Provincia de Buenos Aires, condenando a este distrito a ser el más peligroso del país, al contrario de una gestión en seguridad a nivel nacional que muestra logros destacables. Los dos objetivos más fastuosos del gobierno de Milei, la macroeconomía y la seguridad, son lo opuesto a lo que representa la desastrosa gestión de Kicillof en su momento como ministro de economía y ahora como gobernador bonaerense.
 El peronismo nunca fue una fuerza lineal en los hechos, sino que ha mutado más de una vez: en 1950 Perón aplicó un plan ortodoxo una vez que el Primer Plan Quinquenal mostraba claros signos de agotamiento; y en los 90´ se inclinó por medio de Menem a las privatizaciones y a la independencia del Banco Central. Hoy, con Cristina presa, el peronismo puede dejar atrás al kirchnerismo y separarse de sus ideas y de la demostrada y repudiable corrupción que los une. El partido, al igual que el Partido Comunista Chino, no cambiará de nombre, pero una renovación de ideas que se adapten a la coyuntura histórica puede hacerlo cambiar de realidad. Si en cambio sigue abrazándose a Cristina, tendrá todo el pasado por delante. 

Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Opinión: Cambio de época

Cada vez que hay un temporal, los bonaerenses sufren inundaciones. En la Ciudad de Buenos Aires, hace mucho tiempo que esas tragedias han dejado de ocurrir. Tan solo la Avenida General Paz separa ambas realidades.

En 1995, Mauricio Macri ganaba su primera elección para ser Presidente de Boca. Lo que vendría después sería la época dorada del club: el xeneize ganó cuatro Copas Libertadores, dos Copas Intercontinentales, además de ganar campeonatos locales y profundizar la paternidad con River. Ningún hincha ni socio de Boca olvidó ni olvidará esos años de gloria, pero más allá de historias pasadas, lo que manda en el presente es la coyuntura: Riquelme, quien como jugador le dio tantas alegrías al club presidido por Macri, un día se convirtió en el verdugo de este último. Después de muchos años, en 2019 la comisión directiva dejaría de estar comandada por el macrismo luego de que Boca perdiera varias series mano a mano frente a River. 
 Algo similar parece suceder en la Ciudad de Buenos Aires. Desde el arribo del PRO al poder en 2007, muchas transformaciones han beneficiado a los porteños en la Ciudad. Tan solo basta mirar un poco más allá de la General Paz y ver cómo en La Matanza y Avellaneda la gente sufre inundaciones que no ocurren en la capital. El metrobus, la línea H de subtes, la bicisenda, dieron un giro cualitativo en lo que respecta a la movilidad. Desde la creación de la Policía de la Ciudad en 2016, la seguridad en sus dimensiones objetiva y subjetiva han mejorado de forma superlativa, alcanzando mínimos históricos en la tasa de homicidios. Más allá de estos y otros cambios que impulsaron al PRO como una fuerza política ligada al cambio y a la esperanza, nada es para siempre. 
 Así como en su momento había un electorado que se mostró cautivado por el partido comandado por Macri después de las malas experiencias con los partidos políticos tradicionales, algo similar ocurre en tiempos actuales con LLA: después de gobernar 18 años la Ciudad y no haber podido evitar que a nivel nacional volviera el kirchnerismo, el PRO ha dejado de ser algo nuevo, cuyas ideas representan un ideario novedoso, y hoy los libertarios enarbolan la bandera del cambio y el futuro. 
 Fue tan importante la elección legislativa de la Ciudad, que muchos cuadros importantes han "bajado" del Congreso Nacional para pelear por un lugar en la Legislatura porteña. Esto se debe a dos motivos. Por un lado, la Ciudad es, a pesar de tener dimensiones más pequeñas, una de las provincias más importantes de acuerdo a su población y tamaño de su economía. Y, además, es una vidriera interesante para proyectar carreras políticas hacia el gobierno nacional: dos Jefes de Gobierno porteños, De La Rúa y Macri, luego fueron Presidentes de la Nación. Por esto último es que era inevitable que la elección se planteara en términos nacionales. 
 El desgaste del PRO y el decantamiento del electorado no peronista y del centro a la derecha por LLA se vincula con una doble coyuntura. En un primer contexto, hace años tiene lugar un leve retroceso en cuanto a los logros conseguidos por el partido amarillo en la Ciudad: hubo complicaciones de una sobre-gestión en el segundo mandato de Rodríguez Larreta, primero queriendo controlarlo todo durante el fascismo sanitario de la cuarentena y la pandemia y luego, por ejemplo, construyendo bicisendas donde no correspondía, transformando un logro en un problema; mientras que hay una crisis de falta de gestión en el gobierno de Jorge Macri, con un aumento de la inseguridad, deficiencias en los servicios de limpieza, y un desorden de tránsito caótico que por momentos transforma las calles en una selva. Sin demasiadas propuestas, y con tan solo la idea de replicar la "motosierra" y baja de impuestos en la Ciudad de Buenos Aires, a Adorni le alcanzó para ganar la capital y destronar a PRO. La sensación de necesitar achicar el Estado y aliviar la carga impositiva también en la Ciudad de Buenos Aires entonó a LLA como el partido del cambio, desplazando de ese lugar a un PRO que tampoco parece tener figuras que hereden el liderazgo de Macri: la disolución de Juntos por el Cambio dejó a su partido sin figuras como Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich, y sin el apoyo del radicalismo y la CC-ARI, a tal punto que hoy en la Legislatura porteña el partido de los Macri tiene tan solo unos pocos diputados. Teniendo una representación política atomizada en la Legislatura, los consensos necesarios para impulsar leyes serán más arduos.
 El cataclismo de JxC es la segunda coyuntura que explica el resultado histórico de estas elecciones de medio término: como se dijo anteriormente, la Ciudad es un buen "trampolín" para ser gobierno nacional, y la experiencia del gobierno de Cambiemos decepcionó ideológicamente a su electorado. Hay muchas banderas que definen hoy por hoy al pensamiento de la derecha, pero podemos a simple vista encontrar dos elementos principales como lo son el orden macroeconómico y el orden público. Un poco por presión de los otros miembros de aquella coalición, y un poco por impericia, Macri no supo como presidente alzarse con esas banderas que hoy tan bien portan Milei y su gobierno. 
 Como bien remarca el politólogo Agustín Laje, mientras la derecha hacía cuentas, la izquierda contaba cuentos, y a la gente le divierten más los cuentos que hacer cuentas. El gobierno de Cambiemos dejó pasar el tren que no suele pasar más de una vez, no supo enquistar una narrativa, y las buenas épocas de una gran gestión en la Ciudad han concluido como parte de un tiempo lejano. Hoy el tren pasa para que suban otros pasajeros. Ya ni Macri ni Cristina (que ni apareció en la campaña de Santoro) ocupan la centralidad que antes conservaban. Hay un cambio de época.

Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana.

miércoles, 9 de abril de 2025

Opinión: La personalidad al poder

Karina Milei y el águila de La Libertad Avanza. "El Jefe" maneja a su disposición al partido gobernante, a tal punto de expulsar a referentes valiosos como Ramiro Marra.

Los partidos políticos son instituciones claves del andamiaje democrático, casi como la moneda lo es a la economía: son las estructuras institucionales mediante las cuales los candidatos se postulan a los cargos públicos. Como toda institución, tienen normas que hacen a su funcionamiento: existen partidos institucionalmente débiles, otros que presentan una institucionalización más sólida. Si bien se tiende a que los partidos competitivos busquen capturar todo tipo de votantes, se supone que un partido político representa un tipo de ideas existentes en sectores de la sociedad. Los partidos no suelen competir solos, sino que buscan aliarse con otros portadores de ideas afines para incrementar las chances de llegar al poder y sostenerse en él. La estabilidad en la competencia partidaria es importante para consolidar políticas a largo plazo y cohesionar a las fuerzas políticas que integran las alianzas. 
 Teóricamente, mientras más institucionalizado está un sistema de partidos, con patrones de competencia partidaria claramente estructurados, prevalecen los partidos políticos en desmedro de los personalismos. No obstante, en uno de los sistemas partidarios más estructurados del mundo, como el estadounidense, emergió la figura de Donald Trump. No es que las figuras políticas no existan cuando el funcionamiento partidario se encuentra firmemente consolidado. Los liderazgos dentro de cualquier tipo de partido son fundamentales para la raigambre social del mismo. Pero una cosa es un liderazgo fuerte, que impulsa a la institución dentro de las masas (como Churchill, Bush, Merkel), y otra es el personalismo, donde este se vuelve más importante que el partido en sí mismo. En este último caso, todo pasa por la figura del líder, volviéndose este último una institución en sí misma. A la hora de establecer alianzas, es imprescindible sacrificar algo de protagonismo para coexistir junto a otras figuras partidarias que compartan ciertos valores y creencias.
 En la Argentina tenemos una gran tradición personalista: luego de la sanción de la ley Sáenz Peña, en la UCR, el primer gran partido de masas argentino había dos corrientes: la personalista y la antipersonalista, siendo la primera la que tomaría el protagonismo a partir de la figura de Hipólito Irigoyen. Luego vendría el peronismo, donde la persona de Perón sería quien dirija el movimiento, y este estaría por encima del partido. El PJ siempre fue un rejunte de partidos provinciales (el PJ en cada una de las provincias junto con intendentes y gobernadores) con un liderazgo nacional. Este liderazgo seguiría teniendo en la cúspide al apellido Perón aún después de la muerte de su fundador, ya que, sin la presencia del difunto general, su apellido siguió presidiendo el partido a nivel nacional a través de su viuda, María Estela Martínez de Perón. Hoy ese rol lo ocupa Cristina Fernández de Kirchner, a pesar de estar condenada por la justicia.
 El polo no peronista ha virado entre el radicalismo, el macrismo (tal vez republicanismo sería una mejor caracterización para el PRO, pero se impone la tradición personalista argentina) y ahora el libertarismo. La Libertad Avanza es un partido que fue fundado en el seno del poder: cuando Milei se impone en las urnas, LLA era un frente compuesto por varias fuerzas políticas, pero no existía LLA como partido político propiamente dicho. ¿Y cómo urge el proceso de institucionalización del partido fundado por los hermanos Milei? A partir del férreo personalismo de Karina Milei.
 Cuando un partido se institucionaliza mediante un liderazgo omnipresente, las normas de funcionamiento son sólidas, porque estas se encarnan en el liderazgo de la persona que comanda el espacio. El problema es que el personalismo deja una incógnita sobre qué será de la institución una vez que ese liderazgo deje de prevalecer, y que tampoco deja demasiado lugar a que surjan más liderazgos útiles dentro de la estructura partidaria. Ramiro Marra, uno de los fundadores del espacio de LLA en la Ciudad de Buenos Aires, era un referente importante, y fue echado del partido por Karina a causa de diferencias entre ambos. El verticalismo no es únicamente peronista.
 Hoy la figura de Marra decantó en otra alianza que competirá por separado en la Ciudad, y probablemente le quitará votos a LLA. La decisión de Karina Milei de impedir la coexistencia de distintas figuras con ciertas diferencias puede terminar en una muy mala jugada electoral. 
 El PRO, que debe cuidar su bastión electoral (la Ciudad), estalló en pedazos, y si bien Macri preside el partido, los halcones de Bullrich migraron a LLA, y Rodríguez Larreta, quien era tal vez la figura más importante del PRO después de Macri, hoy compite en otro espacio alejado de la convicción de su partido de apoyar a LLA en las reformas que el gobierno cambiemita dejó pendientes. En estas atípicas elecciones de legisladores capitalinos, el protagonismo de ciertas figuras pesa más que su afinidad ideológica para concordar en un mismo espacio: el polo no peronista/no kirchnerista porteño encontrará más de cinco listas distintas frente a un Leandro Santoro con la posibilidad aritmética de triunfar en un distrito históricamente adverso para el kirchnerismo. Incluso el MID de Oscar Zago, de ideas afines a LLA (de donde fue expulsado) y a PRO, terminó yendo por separado.
 Cuando María Eugenia Vidal sostiene que "el candidato es el proyecto", le da una tónica menos personalista a la competencia, por lo menos dentro de su lista. Sin embargo, la atomización partidaria en las elecciones porteñas plasma que por momentos parece haber tantos proyectos como candidatos, y que en estos impera resguardar un liderazgo autónomo antes que sacrificarlo por un proyecto común donde convivan distintos referentes. Finalmente, el único personalismo que logra no balcanizar su oferta una vez suspendidas las PASO en la Ciudad es el kirchnerismo, con la lista de Santoro como principal beneficiaria de este río revuelto. Dato importante a tener en cuenta: mientras CFK logra mediante la jefatura del PJ retener en Unión por la Patria a sus distintos sectores aún en el peor momento de la alianza, la autoridad de Karina Milei expulsa referentes de su espacio en vez de sumarlos. A la hora de contar los votos, no ganará el espacio con más pureza ideológica ni con más lealtad al líder, sino quien más votos recibe. 

Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana.