La subcultura tumbera del "choreo" aleja a los chicos de la escuela y el deporte para adentrarlos en el mundo de la marginalidad.
Dentro del paquete de reformas tratado en el Congreso de la Nación, se destacan reformas importantes que al aplicarse tendrán beneficios extendidos para todos los argentinos, como la reforma laboral, el tratado de libre comercio Mercosur-Unión Europea, y la reforma del código penal.
Esta última reforma, que reduce la edad mínima de imputabilidad a los 14 años, es un paso importante y fundamental para lograr la paz social que los argentinos nos merecemos. En primer lugar, cabe destacar acerca de la demagogia punitiva: ésta hace referencia a la idea errónea de que con penas más duras se solucionan los problemas de inseguridad. No deja de ser cierto que la complejidad del asunto no pasa únicamente por detener a más personas. Hay un amplio espectro de problemas a detectar y profundizar como lo son la socialización de personas en entornos vulnerables, donde se vuelven fundamentales el rol de las familias, escuelas, clubes y oportunidades en los barrios; la eficiencia y capacidad de acción de la institución policial; y la prevención basada en el acondicionamiento apropiado del espacio público para que este no se convierta en sótanos de la delincuencia. La prevención del delito es lo que ataca sus causas originarias. No obstante, sin caer en la demagogia punitiva, hemos caído en otro tipo de demagogia: la delictiva.
Así como la izquierda se ha arraigado culturalmente en escuelas, universidades, sindicatos, y hasta en el lenguaje (con el mal llamado lenguaje "inclusivo"), hace años que caló hondo en la justicia la idea de que el delincuente es una víctima de la sociedad. Y pareciera ser que ser popular es empatizar con las subculturas violentas. En uno de los gobiernos del kirchnerismo, hasta hemos visto en Plaza de Mayo a bandas musicales invitadas por el gobierno de aquel entonces para escuchar murgas y canciones que hacen apologías del delito. Esto último puede parecer algo banal, pero no lo es.
Desde el punto de vista de la política criminal, poder condenar a menores de 14 y 15 años que salen a robar y matar ejerce un efecto preventivo: que los jueces tengan ahora mayores herramientas legales para no liberarlos implica que a las pocas horas esos mismos delincuentes no vuelvan a estar en las calles para seguir delinquiendo.
Desde una perspectiva filosófica, un joven de 14 años es absolutamente consciente de sus actos, y sabe discernir el bien del mal. ¿Cuál es la diferencia entre un asaltante y/o asesino de 14 años y uno de 16 o 18 años? Ninguna. Sus actos merecen ser condenados al igual que un adulto. De ser necesario, la edad de imputabilidad debería bajarse hasta 12 años.
No se debe caer en el error de la demagogia punitiva y creer que el problema se encuentra resuelto con el régimen penal juvenil: se debe seguir trabajando a partir de un enfoque integral, y atacar las causas primarias de por qué hay chicos que terminan en la droga y la delincuencia. Además, es menester invertir en el sistema penitenciario para lograr pabellones en condiciones para los nuevos detenidos juveniles. Se habla de demagogia punitiva porque a pesar de haber penas más duras como reclama gran parte de la sociedad, un delincuente no dejará de serlo por el hecho de que pase más años detenido. La destrucción del tejido social seguirá formando nuevos delincuentes, pero con penas más ajustadas al daño ocasionado por el delito se logra que el mismo delincuente no se encuentre fácilmente en situación de libertad y recaiga en la reincidencia. En parte, hay jueces abolicionistas que no se esfuerzan demasiado por no liberar malandras, y eso se debe en gran parte al adoctrinamiento universitario. Pero también es cierto que un magistrado debe interpretar y resolver sobre la ley existente, y esta no permitía inputar a menores de 14 y 15 años.
En estos casos, la familia como institución moral no cumple el rol que debería: cuando un juez libera a un chico que por su edad es inimputable, lo devuelve a una familia que no funciona como tal. No les inculcan valores y normas para vivir pacíficamente en sociedad. El Estado no puede estar ausente y no dar respuesta.
Las leyes deben adaptarse al correr de los tiempos: cuando se creó el código penal, en el año 1922, probablemente no había chicos de 14 años delinquiendo. Así como tampoco existía el ciberdelito como práctica delictiva. Si las legislaciones no están dando respuesta a los problemas que nos aquejan, ameritan ser reformadas para dar así soluciones al contexto contemporáneo.
La demagogia punitiva lleva a conclusiones equivocadas. Pero la demagogia delictiva ha bañado nuestras calles de sangre: el menor que delinque no es una víctima de la sociedad. La víctima de la sociedad es aquel que es asesinado y sufre el delito. En una sociedad anómica y sin penas para los delincuentes, sean de la edad que sean, la violencia se vuelve imposible de combatir.
Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana.






