Al igual que muchas dictaduras, la de Maduro terminó mal. Millones de venezolanos salieron a festejar en la diáspora.
En el año 2005, hace más de 10 años, se celebró la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, evento que reunió a los jefes de estado de Latinoamérica y el Caribe, y a George Bush, presidente de los Estados Unidos. Se discutía la posibilidad de crear el ALCA, un área de libre comercio entre el gigante norteamericano y el resto del continente. Era una época de pleno auge de los socialismos del siglo XXI, y Chávez, líder venezolano y vanguardia de esta nueva tendencia, dinamitó todo avance del acuerdo con su famosa frase: "ALCA, ALCA, al carajo".
Hoy, muchas cosas han cambiado desde aquel entonces: Milei, que derrotó al kirchnerismo, firmó un acuerdo de libre comercio histórico con Estados Unidos; hay muchos líderes pro-mercado en la región; y las dictaduras venezolanas y cubanas ya no resisten el rechazo de sus propios pueblos. Los socialismos del siglo XXI, en contraposición hacia los Estados Unidos, le han abierto las puertas del continente a China y Rusia; y Venezuela, donde la destrucción de la economía capitalista y la democracia llegó al clímax, se convirtió en la sucursal del terrorismo iraní en Sudamérica. En muchos países, las elecciones hacen girar a los gobiernos entre la izquierda y la derecha. Pero donde el régimen democrático ha sido reemplazado por una autocracia con apariencia legal, la fuerza bruta ya es la norma que rige el poder.
La captura de Maduro es, para la izquierda latinoamericana, una violación al derecho internacional. Este último promueve las normas de la diplomacia para resolver los conflictos. Sin embargo, ¿qué diplomacia puede establecerse con un dictador como Maduro? El dictador venezolano ha roto con cualquier canal de diálogo dentro de su país, en un proceso que ya lleva décadas en donde el régimen ha destruido las instituciones de la democracia a partir de persecuciones, detenciones ilegales, torturas, fraudes electorales.
A pesar de ejercer una tiranía cruel y sanguinaria, la objeción viene a causa de que sea Estados Unidos el que intervenga en territorio venezolano, ya que indigna que el "imperio" se inmiscuya en el mundo sub-desarrollado. El argumento por el respeto a la soberanía de cada pueblo es muy objetable, ya que la soberanía del pueblo venezolano fue violada por sus propios gobernantes. A su vez, Estados Unidos tenía motivos de sobra no para involucrarse, porque ya existían perjuicios que el régimen chavista estaba causando a los estadounidenses, sino para tomar una resolución. Es decir, no hay una intervención externa, sino la resolución de un conflicto pre-existente a la captura de Maduro:
1) El gobierno de Venezuela, que conforma el Cartel de los Soles, exportaba en forma clandestina toneladas de droga hacia Estados Unidos. Esta información fue investigada por organizaciones prestigiosas como Insight Crime. Existía una simbiosis entre el crimen organizado y la cúpula militar venezolana.
2) El régimen chavista cooperaba con organizaciones narcoterroristas como las FARC, en la frontera con Colombia, vinculada a grandes cárteles del narcotráfico.
3) Muchos capitales estadounidenses en Venezuela fueron confiscados por el chavismo.
4) Venezuela era un aliado estratégico de Irán en América Latina. Por lo tanto, Argentina, hoy gran aliado de los Estados Unidos, tenía muchas razones para apoyar el operativo luego de sufrir dos atentados terroristas en suelo argentino. Por si fuera poco, Nahuel Gallo, ciudadano argentino, fue detenido ilegalmente por el gobierno venezolano al igual que muchos otros presos políticos.
No es que el liberalismo haya fracasado ante el realismo, doctrina que defiende la postura en la cual todos son probables enemigos, impera el temor y gana quien golpea más fuerte. ¿Dónde está el conflicto entre las democracias liberales? No hay ningún conflicto entre Argentina y Chile, entre Brasil y Uruguay, entre Alemania y Reino Unido, entre Japón y Corea del Sur. El conflicto surge cuando hay países sumamente autoritarios, como el desatado por Rusia frente a Ucrania, el de China ante sus pretensiones sobre Taiwán. Maduro no tendría pedidos de captura si no tendría espurios negocios con el narcotráfico, y si no habría desbastado la democracia en Caracas con fuertes violaciones a los derechos humanos. Tal es la diferencia entre el mundo republicano-liberal y los autoritarismos, que hasta los criminales son tratados de forma distinta: Maduro, en las cárceles estadounidenses, será tratado mucho mejor que los detenidos políticos en el Helicoide; así como en Israel, única democracia de medio oriente, hasta los criminales más perversos tienen derechos cuando están detenidos.
Este mundo imprevisible y sin reglas claras no es generado por los países que promueven el liberalismo, sino por las dictaduras y sus siniestros objetivos y pretensiones. Estados Unidos va mucho más allá de Trump: es hace décadas el país que más combate el terrorismo en todo el mundo, y el único del continente con capacidad para desmantelar el narco-estado chavista.
Sin dudas Venezuela es la peor expresión del socialismo del siglo XXI: ha accedido al poder por medio de elecciones, y ha dinamitado la democracia desde adentro, a partir de la violencia y cuantiosos negocios con el narcotráfico. No se trata solamente del negocio del petróleo (donde en Venezuela la infraestructura está destruida y llevará años reactivarla), sino del negocio del narcotráfico. Suele generarse mucha indignación cuando los "imperialismos" hacen inversiones genuinas en los recursos naturales de países más pobres, pero la indignación no aparece cuando hay narcotraficantes que hacen fortunas incalculables cometiendo crímenes.
Así como Chávez mandó "al carajo" al libre comercio, hoy el giro ideológico en América Latina debe enviar "al carajo" al socialismo del siglo XXI. Es entre democracia y tiranía, entre capitalismo o socialismo, entre negocios que hacen progresar a las sociedades o el narcotráfico que las arruina. Es, en definitiva, entre la libertad cuyas bases sembraron la cultura occidental con las que se formaron los países del continente americano, o el colectivismo totalitario.
Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana.






