Mientras Bukele en El Salvador goza de altos índices de imagen positiva gracias a su política de seguridad, Bolsonaro en Brasil está condenado y detenido por participar de un intento de golpe de Estado.
En lo que va del siglo XXI, la izquierda ha sabido construir una narrativa a partir de los buenos precios internacionales de las commodities y su consecuente despegue económico para muchos países de América Latina y Sudamérica en particular. Acompañadas de políticas de carácter redistributivo, como la AUH en Argentina o la Bolsa de Familia en Brasil, en el imaginario popular se ha encuadrado a las izquierdas de los "socialismos del siglo XXI" como efectivas para combatir la pobreza. Sin embargo, este tipo de modelos corto-placistas, y considerados por muchos académicos como populistas, se han agotado junto con el fin de un contexto comercial-internacional favorable. La idea de que la izquierda en sus distintas versiones había logrado el crecimiento económico y la reducción de las tasas de pobreza en América Latina culminó en crisis económicas, y en muchos casos acompañados de causas de corrupción escandalosas, en Argentina, Brasil, Bolivia, y en Venezuela en su máxima expresión.
Por lo tanto, la derecha se enfrenta tanto al desafío de lograr, por un lado, gobiernos transparentes, libres de la corrupción de Cristina Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa o Lula. Por otra parte, los gobiernos de las nuevas derechas deben ser capaces de demostrar que es posible lograr el crecimiento económico achicando el Estado, tal como dice la famosa frase: tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario. Mientras el primer objetivo sigue siendo un desafío incompleto, dada la condena de Bolsonaro en Brasil y escándalos de corrupción en gobiernos del Perú de todas las ideologías, el ejemplo de Javier Milei en Argentina demuestra que, realizando un ajuste en el sector público, la economía crece a tasas del 5% anual y sin el boom de los precios de las commodities de los que gozaron las izquierdas del continente en la primera década del siglo.
Sin embargo, hay un tercer desafío, y probablemente el de mayor dificultad y peligrosidad: el crecimiento de la inseguridad y el crimen organizado. América Latina, más allá de limitadas guerras que han existido entre algunos de sus países miembros, es un ejemplo de convivencia pacífica y hermandad entre sus pueblos, sin riesgo de conflictos bélicos en el presente siglo. No obstante, hoy el mundo no se ve azotado únicamente por las guerras convencionales, sino por guerras que son atípicas en la historia pasada: el poderío de grupos de crimen organizado vuelve a estos actores como grupos beligerantes no estatales. Estos últimos desafían permanentemente el control y monopolio de la fuerza estatal: tienen no solo poderío armamentístico, sino también control de territorios donde el Estado ya no tiene capacidad de aplicar la ley. Así es como contemplamos escenas de guerra en Río de Janeiro, donde el Primer Comando Capital opera incluso en otros países, como si fuera una poderosa empresa multinacional.
Se ha popularizado por parte de muchos líderes políticos el término de "narco-terrorismo". Si bien no hay una definición unívoca de lo que es el terrorismo, hay un consenso generalizado en torno a que este implica actos de violencia altisonantes que siembran terror con fines políticos determinados. Por otra parte, el crimen organizado se define como actividades ilegales en el suministro de bienes o servicios prohibidos por parte de organizaciones jerárquicamente estructuradas y con fines de lucro. Combinando ambas definiciones, no es descabellado considerar la criminalidad del narcotráfico como una forma de terrorismo, teniendo en cuenta que sus crímenes penetran tanto en la dimensión económica como política.
Mientras que los modelos económicos de la izquierda han sucumbido, no puede dejar de resaltarse que su fracaso en los índices de inseguridad también es rimbombante. Representada en la doctrina de Eugenio Zaffaroni en Argentina, las ideas del abolicionismo que consideran al delincuente como una víctima del sistema, donde las detenciones de delincuentes de estratos sociales bajos esquematizan la reproducción de una estructura socio-económica opresora para las personas de bajos recursos, han sido un verdadero fracaso tanto a la hora de combatir el delito común como el crimen organizado. Si bien la situación socio-económica tiene influencia en el delito, no es el único factor interviniente: de ser así, entonces la delincuencia aumentaría cuando hay una recesión económica, y disminuiría cuando la economía crece. Esto último está lejos de ser así. En este fracaso frente al desafío de la inseguridad que vuelve a América Latina una de las regiones más violentas del mundo, la derecha tiene la oportunidad de tomar la delantera y enarbolar la bandera del orden público.
El plan de tolerancia cero contra las maras de Bukele en El Salvador convirtió a este país en uno de los más seguros del continente, declinando los índices de inseguridad de forma escandalosa. No obstante, se deben entrenar a las fuerzas de seguridad acorde a las amenazas locales de cada país, con tácticas adaptables a las geografías y circunstancias, y además de contemplar la cuestión penal, prevenir el delito fortaleciendo los vínculos comunitarios y la efectividad de las respuestas a nivel institucional. El crimen del narcotráfico se explica no solo por la oferta sino también por la demanda de las sustancias ilícitas. La legalización de la marihuana para su consumo recreativo en el Uruguay no ha ayudado en lo absoluto a combatir la criminalidad y los factores de riesgo que llevan a la delincuencia. La inseguridad, atacada desde el punto de vista inter-disciplinario y en todas sus dimensiones, es hoy un objetivo tan importante como el económico en un continente que sufre guerras no convencionales.
Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana.

El modelo económico del presidente Milei, también fracasó en el mundo, si hubiera tenido éxito no se habrían utilizado con tanto éxito las ideas de Keynes en Occidente. El desafío de la derecha en 2026 en mi opinión es pensar en las graves consecuencias de la batalla cultural, las politicas supremacistas, las medidas eugenesicas, el debilitamiento de las democracias al suprimir instituciones estatales y bandalizar el congreso (Brasil) y finalmente restringir libertades individuales ne nombre de la seguridad.
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