martes, 21 de mayo de 2024

Opinión: El Pacto de Mayo, una oportunidad para definir un nuevo sistema de partidos

En el "juego de la gallina", hay dos automovilistas que van directo a estrellarse. El que decide acelerar, no traiciona sus convicciones, pero se estrella. El que gira el volante se salva, pero termina siendo un "gallina" (un miedoso). 
El gobierno fue pragmático al llamar a un consenso en el Pacto de Mayo. Por su parte, el peronismo tiene la oportunidad de sacarse de encima a Kicillof y dar un volantazo pro-mercado.

En la ciencia política, se entiende por sistema de partidos a los patrones de competencia partidaria entre los partidos políticos que realmente tienen posibilidades de definir el rumbo de una elección. Este puede ser altamente institucionalizado, como lo es el bipartidismo estadounidense; débilmente institucionalizado, como lo es el multipartidismo del Perú; o medianamente institucionalizado, como es el caso de la Argentina. El sistema electoral tiene mucha influencia en su conformación, afectando de diferentes formas a la competencia partidaria si aquel es proporcional o mayoritario, y teniendo en cuenta cuáles serán las circunscripciones electorales.
 La historia partidaria argentina ha tenido al PJ y a la UCR como los principales partidos políticos. Sin embargo, el polo no peronista ha mutado de forma a partir de la crisis de 2001, con partidos que se han caído de la competencia y otros que la han protagonizado (por eso el politólogo Juan Carlos Torre ha llamado al polo no peronista como los "huérfanos de la política"). El radicalismo ha dejado de integrar el sistema de partidos, sin ninguna posibilidad de ganar en las elecciones de 2003, 2007 y 2011. La alianza Cambiemos, con el PRO a la cabeza, hizo retornar el bipartidismo. Y la irrupción de La Libertad Avanza ha vuelto a modificar las pautas de interacción partidaria, con un tripartidismo que hoy parece haber dejado de existir, con la disolución de Juntos por el Cambio y el plegamiento de PRO a las filas libertarias. 
 El Pacto de Mayo, además de ser un hito histórico fundamental para sentar las bases del rumbo que la Argentina necesita, es una gran oportunidad para definir los valores y simbolismos que caractericen a las instituciones partidarias de ahora en adelante.
 Tal evento, con tintes refundacionales para la Argentina, aborda cuestiones básicas e incuestionables para cualquier país normal del mundo, como la inviolabilidad de la propiedad privada, hacer un esquema impositivo más razonable, rediscutir el nefasto régimen de la coparticipación federal.
 Este acuerdo político y social a largo plazo expondrá dos partes distintas del sistema político argentino (en definitiva, esto son los partidos políticos: partes de la sociedad): aquellos que defienden el status quo decadente, y aquellos que buscan el cambio y por lo tanto el progreso.
 Aquí es donde será elocuente el rol que ocupará de ahora en adelante la parte del sistema de partidos argentino que ha salido inmune del derrumbamiento de 2001: el peronismo. Esta fuerza política excede lo partidario: es un movimiento, que abarca también a los sindicatos, a los movimientos sociales y a partidos que no son el PJ y se consideran peronistas. Tal como ha ocurrido en los 90´ con el giro que le ha dado Menem, el peronismo ha mutado de forma a lo largo del tiempo. En esta oportunidad, el peronismo se encuentra sin liderazgos fuertes, teniendo en cuenta que su máximo exponente, Cristina Kirchner, hoy no acapara el triunfalismo que ha sabido tener cuando gobernaba, mientras que Sergio Massa ha salido derrotado de la última elección y no parece tener hoy un gran peso específico. De Alberto Fernández ni vale la pena pensar que pudo haber llegado a tener algún tipo de liderazgo. Dado este panorama complejo, el peronismo tiene la gran oportunidad de orientarse en torno a los gobernadores que vendrían a representar el peronismo "clásico", apoyar el Pacto de Mayo y surgir como una oposición razonable que no se oponga a las reformas de Milei y se muestre como una fuerza partidaria despegada de los sindicalistas mafiosos y los delincuentes piqueteros. Si en cambio el peronismo es conducido por Kicillof y lo que queda del kirchnerismo en base a la doctrina de John William Cooke, seguirá siendo el partido que defiende el status quo y se opone fervientemente al progreso, a pesar del engañoso vocablo de "progresismo" con el que estos suelen identificarse. 
 Por otra parte, para consolidar un bipartidismo fuerte, el polo no peronista, hoy gobernando de la mano de La Libertad Avanza, será primordial que arme una coalición competitiva, definida ideológicamente, y que apunte a institucionalizarse de forma robusta. Para equilibrar el sistema ante un peronismo que sea de la forma que sea siempre estará presente, es vital que el PRO, la facción más razonable de la UCR y bloques como el de Pichetto y López Murphy se alíen con La Libertad Avanza para que el sistema de partidos mantenga dos coaliciones sólidas, con políticas previsibles a largo plazo. Para que el polo no peronista llegue a tener el mismo arraigo social que su contraparte y así poder desactivar estructuras extorsivas que muchas veces funcionan como nexos del PJ (punteros, sindicalistas eternos, intendentes que utilizan cajas municipales con fines partidistas), es una ardua tarea definir las reglas que harán funcionar a esa hipotética coalición y mantendrán su funcionamiento institucional independientemente de la coyuntura: cómo aceitar el diálogo entre sus partidos integrantes, si será más o menos personalista en torno a la figura de Milei, si en el Congreso habrá mayor o menor disciplina partidaria de parte de los legisladores, cómo se definirán probables internas, establecer canales de comunicación y financiamiento.
 Quiénes se posicionen de una forma u otra ante el Pacto de Mayo puede ser el preludio de las elecciones de 2025, que conformará un nuevo Parlamento dependiendo de cómo se sitúen distintos actores del escenario político. Desde el 2003, el peronismo (kirchnerismo) ha perdido seis elecciones contando las presidenciales junto a las de medio término: será momento de que el polo no peronista deje de ser solo un "anti" y pase a consolidarse con una identidad propia.

Tomás Racki. Politólogo.

miércoles, 13 de marzo de 2024

Opinión: Cuiden al Presidente

El Presidente Javier Milei, al estilo de Donald Trump. Las polémicas en las redes sociales hablan de un estilo disruptivo. Muy eficaz, pero también riesgoso.

Federico Nietzsche comentaba que para que aparezcan cosas nuevas, debe haber hombres nuevos. La política argentina ha sufrido una mutación, luego de muchos años de cabalgar permanentemente en un ida y vuelta entre los polos kirchnerista y antikirchnerista. No es que aquel clivaje haya desaparecido, sino que hoy la centralidad se ha volcado en torno al outsider que emergió pomposamente como Presidente en una carrera política meteórica. Hoy la agenda en debate es la de las reformas pro-mercado de la Libertad Avanza, y la política se pronuncia en base a apoyar o no el programa del líder libertario. Lo que dividía a las familias, las amistades, a los bandos políticos traducidos en su fenómeno sociológico, era la figura de Cristina Kirchner. Hoy esa figura central la ocupa Javier Milei, que irrumpió como un auto incrustado en una vidriera. La política es el vidrio estallado en pedazos: se encuentra en una situación atípica.
 El fenómeno libertario, disruptivo como la figura de su líder, ha devuelto esperanzas a los argentinos, dado su carácter proactivo: hoy no se habla solo de oposición al kirchnerismo, sino de propuestas concretas, reformas con un trasfondo filosófico. Allí es donde surge el nuevo eje de discusión que obliga a la política a reinventarse. Pero es en esa disyuntiva donde lo disruptivo de este nuevo fenómeno político puede convertirse en un arma de doble filo. Instalar una agenda con soluciones factibles para arreglar la Argentina con un proyecto de país es formidable. Sin embargo, las tensiones desmesuradas y formuladas para llevarla a cabo hacen correr el riesgo de atrofiar al sistema. 
 En una república, los fines no justifican los medios. En la cultura política de una democracia, el respeto a las instituciones, que vendrían a canalizar las ideas que se buscan implementar, hacen al contenido de fondo. Que desde el gobierno haya una actitud proactiva, capaz de transformar la realidad, es maravilloso. Ahora bien, las formas en donde quien disiente es convertido en un enemigo, pueden hacer derrochar las energías propositivas del Presidente y la esperanza que despierta en los argentinos. La política está llena de curros, maniobras espurias y nidos de corrupción, pero López Murphy está lejos de ser un traidor al liberalismo, y radicales como Martín Tetaz no son parte de una casta. Probablemente muchos gobernadores no hayan querido disolver los fondos fiduciarios provinciales para no revelar sus dudosos orígenes y destinos, pero al mismo tiempo hay mandatarios provinciales que no querían incrementar las retenciones a las exportaciones de economías regionales. Estos últimos tenían motivos para votar en contra de ese punto en particular, y eso no los convierte en traidores. Los medios son la vía para llegar a los fines. En una república, el respeto de un Presidente hacia el parlamento y la justicia (dos poderes del Estado), como también hacia actores importantes de la sociedad civil como el periodismo, es una garantía para efectivizar los principios de la libertad. Así es como lo pensaba Juan Bautista Alberdi, el autor intelectual de la Constitución de 1853, y autor del libro Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina, nombre en el cual se inspiró la ley Bases.
 El círculo que rodea al Presidente, donde están su hermana, Karina Milei, Santiago Caputo y otros funcionarios, tienen que hacer lo posible para cuidarlo de escaladas improductivas, porque cuidando su investidura se cuida a su vez al gobierno. El llamado a acordar un pacto político y social es una excelente idea y noticia. La transversalidad del efecto Milei hace crujir a todos los partidos políticos y sus figuras: entre apoyar o no la agenda pro-mercado que la Argentina necesita, es posible que en un mismo lado y otro se encuentren juntos actores que anteriormente eran irreconciliables (¿Habrá, de un lado de la grieta donde se rechaza la agenda, radicales junto a kirchneristas?). El asunto de cuidar al Presidente para cuidar al gobierno radica en que la grieta pase por exponer a aquellos que defienden el status quo de la decadencia y aquellos que buscan el cambio. Si el gobierno cae en diatribas agraviantes, el clivaje terminará siendo otro: se estará discutiendo si se apoya la Constitución (donde increíblemente buscarán situarse la izquierda y la Cámpora) o si se defiende el personalismo en que puede degradarse la figura del libertario.
 El discurso en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso tuvo tres ejes muy marcados: los logros que lleva el gobierno en su gestión; los defectos de la oposición; y una actitud propositiva de soluciones pensando hacia delante. De los tres, el último es el que más se ha enfatizado. Por primera vez hay un gobierno que genera esperanzas, que aporta soluciones concretas. Para no echarlo a perder es que hay que cuidar al Presidente, dada su naturaleza intrínseca vinculada al conflicto y a la fricción.
 En los momentos en que se han destituído a primeros mandatarios en América Latina han sido comunes algunas características, en casos como los de Collor de Mello en Brasil y Abdalá Bucaram en Ecuador: un "escudo" legislativo débil (gobiernos con minoría en el parlamento), y protestas sociales en rechazo a medidas económicas de corte ortodoxo y liberal (es decir, cuando la izquierda es oposición). Este gobierno no tiene un "escudo" en el Congreso más allá de la alianza que pueda tejerse con PRO, y despierta ansias destituyentes en los sectores de la oposición que estarán al acecho de cualquier traspié para intentar voltearlo. No hay que darles motivos para usar la herramienta del juicio político. Cada vez que el Presidente "pisa el palito" en las redes sociales, los kirchneristas y el trotskismo se frotan las manos. El elemento disruptivo es tentador y arremete con potencia para desactivar estructuras de la política arcaicas y difíciles de derribar, pero puede convertirse en un arma de doble filo.
 No le falta razón a Jorge Fernández Díaz cuando dice que los libertarios tienen dosis de populismo en sangre. No obstante, con este llamado a firmar el Pacto de Mayo, Milei demostró no ser un populista, y que antepone el bien de la patria a cualquier interés personal. Para lograrlo, hay que evitar que una mera afección en los glóbulos blancos degenere en una sepsis terminal. Cuiden al Presidente.

Tomás Racki. Politólogo.

viernes, 23 de febrero de 2024

Adelanto de mi libro: El Fascismo Sanitario

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud se define como “... Un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones y enfermedades”, tal como reza el preámbulo del organismo multilateral. Claramente la salud es un fenómeno multidimensional: si nos atamos estrictamente a lo médico, la salud es tantas dimensiones como ramas de la medicina existentes. La salud es infectológica, cardiológica, dermatológica, psiquiátrica, entre otras. Y si utilizamos el concepto de salud como metáfora para describir el estado vital de otras áreas de la vida, que son igual de importantes, podemos decir que hay una salud espiritual, una salud democrática, una salud para la economía, y así podríamos seguir con un sinfín de contenidos. Por lo tanto, el fascismo sanitario es una ideología destructora de la salud. Su gran trampa dialéctica radica en el uso errático y desacertado (adrede) de la concepción de salud.
 El fascismo sanitario consiste en utilizar elementos del fascismo para reducir la totalidad de la vida cotidiana de todos los individuos que componen la sociedad a normas a-culturales e impuestas “desde arriba” para organizar y controlar todos los ámbitos en torno al cuidado del coronavirus. En vez de ser una esfera más de la vida de todos los ciudadanos, esta esfera que compone a la pandemia del Covid se híper-dimensiona, se agiganta y lo captura todo, absorbiendo todas las demás dimensiones de nuestras vidas. Lo que yo llamo “Covid-Centrismo” se vuelve el principal objetivo en todo momento. Todo lo que hacemos, incluso lo que pasa en nuestra intimidad y dentro de nuestras casas, es regulado e inspeccionado por el fascismo sanitario. Un vecino que no trabaja en ningún organismo público y por lo tanto no obedece al Estado municipal, ni provincial ni nacional puede convertirse en el más feroz inspector y denunciador fiel del gobierno. El fascismo sanitario convence, a través del miedo, a que todo aquel que pasa a nuestro lado debe contribuir a la causa, adoptando posturas violentas hacia conductas normales que el fascismo sanitario se encarga de a-normalizar.
 Aunque nadie tenga certezas de que cada uno esté o no contagiado, todos deben ser controlados por si acaso, ya que lo único importante pasa a ser el Covid-Centrismo. No le interesa en lo más mínimo al fascismo sanitario si tu comercio se está fundiendo y tu economía se languidece; si tu salud mental necesita de salir de tu casa; si como ciudadano decidís ejercer tus derechos amparados constitucionalmente y querés hacer uso de tu derecho a la circulación; si tus hijos están creciendo con traumas por no poder ver las caras que se esconden tras un barbijo, y están perdiendo años de educación al no poder asistir a la escuela; si necesitás hacer un tratamiento oncológico pero tan solo te permiten ver a tu médico por videollamada, porque la única salud que importa es la del Covid.
 Así como el fascismo se nutría de una cultura híper colectivista, anti-individualista y anti-racionalista, donde siempre está orgánicamente presente el concepto de la nación en el eje ideológico, el fascismo sanitario hace un culto a la “salud” (el entrecomillado es porque claramente no abarca a la salud como tal, sino a la salud construida y diseñada a medida del modelo instaurado). La comunidad, para el fascismo sanitario, es anteponer ese concepto fabricado de salud a todo lo existente. El individuo que se pasa de individualista y traiciona los valores dados a la comunidad, es un asesino en potencia o directamente un insensible que prefiere hacer su vida de siempre y no cuidar al prójimo. 
 Así como el fascismo era una revolución nacionalista transversal a todas las clases sociales, el fascismo sanitario implica una revolución sanitaria, en tanto todos nuestros hábitos se subordinan a la mano de hierro, pasan a estar envueltos en un barbijo tal como nuestros rostros. Si bien las normas sanitarias contra el Covid fueron aplicadas de igual manera a toda la población (excepto para los políticos que las dictan, tal como se verá en el próximo capítulo), y afecta negativamente a todas las clases sociales, sin dudas significan un terrible castigo y alienación para los ciudadanos más humildes en comparación a los más pudientes. ¿Quién puede tolerar más una cuarentena? ¿Una familia que vive hacinada, en una vivienda con poca iluminación y sin balcón, o una familia que vive en un barrio cerrado, con espacios al aire libre? ¿Quién terminó más perjudicado? ¿Un niño que al no tener computadora y conexión a internet ha abandonado el colegio, o los niños que han podido llevar a su casa maestras particulares, que tienen tantas computadoras como habitantes que hay en sus casas y con conexión a internet las 24 horas? Con tan solo pensar en este tipo de casos, no es muy difícil darse cuenta de que las consecuencias negativas de no haber puesto ninguna restricción habrían sido mucho menores que las que terminaron ocurriendo a causa del fascismo sanitario.
 Este intercambio del concepto de nación por el de salud es muy esclarecedor para entender el fascismo sanitario, partiendo de la argumentación ya señalada de Sternhell, Szajder y Asheri (1994): aquí el nacionalismo total que pauta criterios de conducta que hacen al organismo colectivo pasa a convertirse en un sanitarismo total. En el sanitarismo total, la verdad, la justicia y el derecho sólo parecen existir para servir a los deseos de quienes organizan este colectivo. Aquí la multitud del pueblo no encarna a la nación, sino a la idea de salud construida. Hubo mandatarios que, sin ocultar sus pretensiones fascistas, pensaron que no solo sus mandatos eran la encarnación de la salud, sino que compaginando este último concepto con el del fascismo original, directamente asociaron a esta idea colectivista de lo sanitario con defender los intereses de la nación. Al fascismo sanitario, como a todo tipo de fascismo, le molesta, y por supuesto detesta, las actitudes racionalistas, intelectuales que se apartan del colectivo. Un fascista sanitario no vacilará en lo más mínimo en señalar a aquellos como unos irresponsables, insensibles y egoístas que no les importan los contagios del virus. Como decía Hayek (1946), la única diferencia entre el comunismo y el fascismo es el fin con el que se organiza a la sociedad, pero tienen más en común de lo que se piensa: ambos modelos apuntan a que un líder o Estado omnipresente anule todas las voluntades individuales a cambio de una única voluntad, que maneja los hilos de todo lo realizado en la sociedad.
(Pp. 36-38. Capítulo 1. El Fascismo Sanitario).  

Tomás Racki. Politólogo.

sábado, 23 de diciembre de 2023

Opinión: Terminó el peor gobierno de la historia democrática reciente

Desde el 10 de diciembre, el peronismo debió dejar la Casa Rosada.

La inestabilidad económica de la Argentina data de antes de la recuperación de la democracia, y por lo tanto sigue siendo una cuenta pendiente de esta última. Cada gobierno o conjunto de mandatos representativos de una fuerza política han dejado un país peor del que recibió. Alfonsín no pudo terminar el mandato y se fue por la puerta de atrás, con una crisis de hiperinflación. Menem en su comienzo supo estabilizar la economía, pero dejó un país salpicado por la corrupción, con problemas de índole fiscal y de endeudamiento. De La Rúa fue otro gobierno radical que no pudo terminar su mandato, ya que le estalló en la cara la bomba dejada por el menemismo y no fue capaz de desactivarla. Luego del gobierno de transición de Duhalde que confiscó el ahorro de los argentinos, empezaría en 2003 una etapa negra en la historia de la democracia argentina: el kirchnerismo, primero con Néstor Kirchner y luego con Cristina Fernández, empezó con superávits gemelos, baja inflación, un contexto internacional favorable con una baja en la tasa de interés norteamericana y un boom de las commodities, y Cristina se fue en 2015 con cepo cambiario, estancamiento económico, una inflación del 30%, un déficit fiscal agigantado y escándalos de corrupción sin parangón. Macri pudo terminar el mandato, pero no pudo evitar la estanflación. 
 Claramente hay una cuenta pendiente: la estabilidad política, si bien es parcial, no se tradujo en un mejor nivel de vida para los argentinos. Y aquella es parcial, porque cuando no ha gobernado el peronismo ha sido difícil garantizar la gobernabilidad. Se recuerda al gobierno de De La Rúa como de los peores de la historia, ya que se fue en el a partir de allí famoso helicóptero, un poco por la oposición desestabilizante que debió sufrir, y otro poco por su poca capacidad de respuesta ante la crisis. Sin embargo, hubo un gobierno que superó al de De La Rúa en ser el peor de la democracia: el de Alberto Fernández. Cada área que manejó este gobierno saliente ha sido dinamitada, logrando que la Argentina esté más cerca de la Venezuela de Maduro como nunca antes. 
 Alberto deja un país donde, al contrario de lo que ha manifestado, no es que la pobreza esté sobredimensionada, sino que a ese 40% habría que considerarlo más cerca del 50, ya que si se toman como pobres a todos los beneficiarios de planes sociales (lo cual es una definición bastante concreta de lo que es ser pobre), estaríamos hablando de una pobreza sin precedentes, tanto igual o mayor a la crisis de 2001/2002. Y si esta inflación de tres dígitos sigue escalando como todo parece indicar, sin un plan de estabilización la pobreza tampoco dejará de crecer. Por lo tanto, la herencia que recibe Javier Milei es un campo minado, tal vez como nunca en la historia. 
 Atravesado por la coyuntura de la pandemia, la gestión sanitaria fue un verdadero desastre, no solo por la eterna cuarentena que tantos problemas trajo, por la demora en la compra de vacunas y el robo desalmado de las mismas, sino también porque fue el gobierno que más ha violado los derechos humanos desde 1983 en adelante. El encierro alejó familias, amistades, y además hubo un abuso de las fuerzas coercitivas tratando como delincuentes a ciudadanos de bien que realizaban actividades normales que no acataron el aislamiento. 
 Pero, así como trataron como criminales a personas de bien, este gobierno fue sumamente gentil y permisivo con los delincuentes de verdad: se anuló el decreto de Macri que impedía la entrada de extranjeros con antecedentes penales; se le quitó las pistolas taser a la policía; no se hizo nada para evitar que un juez militante libere a miles de presos de alta peligrosidad durante la pandemia; los terroristas de la RAM hicieron de las suyas en la patagonia; y tanto el conurbano bonaerense como Rosario se volvieron enclaves del crimen organizado. 
 El posicionamiento de la Argentina en el mundo que se había logrado bajo el gobierno de Cambiemos se tiró por la borda, alineando al país con las tiranías más despóticas del planeta. 
 La conectividad que se implementó gracias al arribo de las aerolíneas low cost también se descartó para entregarle los cielos a los sindicalistas de la aviación. 
 Incluso la degradación moral a la que se sometió a la sociedad argentina habla de los facinerosos que manejaron los hilos de la nación: se quiso instalar que el mérito no importa, como lo han querido en cada chico que hicieron pasar de grado en su escuela sin saber nada; y se hizo explícita la falta de compromiso que este gobierno tuvo por combatir el narcotráfico y la drogadicción, enviando mensajes desde un municipio gobernado por el oficialismo donde se les decía a sus habitantes "Si vas a consumir, andá de a poco", banalizando el consumo de drogas como si fuera un acto más de la vida cotidiana.
 Un gran cuestionamiento que quedará por siempre en memoria de los argentinos es hacia la institucionalidad de la figura presidencial. Primero, porque Alberto Fernández se comportó durante la pandemia como un tirano, confundiendo la tarea de gobernar con la de someter. La cuarentena, el incumplimiento de la misma por parte de quien la ordenara, la intervención de Vicentín y la quita discrecional de fondos a la Ciudad de Buenos Aires serán maniobras despóticas a no olvidar. Sin embargo, este Presidente será también recordado por ser un Jefe de Estado sin lapicera, que se comportó como un pusilánime cuando la Vicepresidente antepuso al avance contra la justicia para salvarse de sus causas por sobre los problemas que realmente aquejaban a los argentinos. Los dos peores extremos fueron realidad: un Presidente con más poder del correspondiente, y un Presidente sin poder, con Massa como ministro de economía ejerciendo la presidencia de facto. Un régimen presidencialista desvirtuado, con muchos motivos para que se haya realizado el primer juicio político de la historia argentina.
 La imagen de Fernández tratando de ordenar a la multitud con un megáfono en el velorio de Maradona lo dice todo: un gobierno que no fue capaz de resolver nada, con un Presidente perdido, secuestrado en su propia inoperancia. Si no se fue en helicóptero, fue porque el PJ en el poder es una malla de contención. De haber estado otro signo político, un gobierno con estos resultados no habría terminado el mandato. El país sí está estallado, señor Alberto Fernández: su último acto de dignidad en ejercicio de sus funciones debería haber sido reconocerlo. Ni siquiera para eso supo honrar el cargo que ocupó.

Tomás Racki. Politólogo.

martes, 21 de noviembre de 2023

Opinión: Entre la utopía y la realidad

Milei tendrá el desafío de tener personalidad, pero también habilidad, para lidiar con un Congreso adverso y con gobernadores de otros signos políticos.

El término "Utopía" tiene su etimología en el significado de "buen lugar", donde U (contracción de "ue") es "buen", y Topía viene de "topos": lugar. Tal palabra viene de la obra de Tomás Moro, llamada de la misma manera. En esta, existe una república llamada Utopía, donde no hay desigualdad; no existe la propiedad privada; no hay lugar para la competencia; donde prima la cooperación y el intento de que la satisfacción sea espiritual y no material. De esta obra es que se extrae la característica de algo utópico. Algo es utópico cuando es irrealizable, tal como el proyecto político de Moro en su obra. 
 Siempre históricamente la izquierda fue utópica, pretendiendo llevar a la práctica teorías que solo funcionan en un mundo imaginario, y cuando han intentado llevarlas a cabo han genera hecatombes descomunales. Mientras que la derecha, que no solía tener un discurso seductor de un mundo idealista, futurista y completamente nuevo, sí tenía lo que la izquierda no: eficiencia para ejercer la práctica, traducida en el cuidado de la propiedad privada, las reglas del mercado, la seguridad interior, el orden fiscal. Claro está que existen matices, y ha habido gobiernos malos y buenos tanto de la izquierda (ha sido buena cuando moderó sus posturas y se adaptó a la realidad) como de la derecha.
 El fenómeno libertario en Argentina, de la mano de Javier Milei, ha demostrado portar una teoría, no solo económica, sino también política, filosófica, social. Le ha arrebatado al peronismo la capacidad de movilizar a amplios y diversos sectores de la sociedad en torno a consignas que responden a valores e ideas. Tanto ha sido así, que en esta campaña el único argumento del oficialismo, luego de su nefasto gobierno, ha sido atacar de forma infundada y atemorizante al candidato de La Libertad Avanza. De hecho, hasta el propio Massa se ha montado en parte de las ideas de su contrincante, admitiendo la necesidad de llegar al superávit fiscal y bajar impuestos. 
 Ahora que será el momento de gobernar, Milei debe demostrar que sus ideales no son una utopía, y que es capaz de llevarlos a la práctica para sacar a la Argentina de la decadencia. El libro de Murray Rothbard, El Manifiesto Libertario, es una gran obra que explica cómo funciona un mundo anarco-capitalista, es decir, una sociedad donde el Estado no existe y predominan en todo momento las leyes del mercado. Más allá de su interesante aporte filosófico, querer llevar ese escrito a la realidad es una utopía, por lo que la nueva derecha tiene una doble misión: conservar la teoría que la ha llevado a ganar la batalla cultural, pero al mismo tiempo ser eficiente para encauzar sus ideas de manera razonable y en la práctica para así poder mejorar la vida de todos los argentinos. 
 Lejos de hacer desaparecer el Estado, es menester reformarlo: achicar el Estado no implica necesariamente un Estado ausente, sino más bien uno más robusto y eficaz para efectuar todas las transformaciones que el país necesita. En otras palabras, llevar a la práctica la teoría ensayada. Ha llegado el momento de privatizar empresas públicas deficitarias; bajar impuestos; tener una moneda estable; ir por un comercio libre con el mundo; desarmar de forma urgente el Ministerio de la Mujer (por no nombrar muchos otros curros); recuperar a las Fuerzas Armadas; empoderar a la policía frente al delincuente; defender a la figura de la familia frente a la ideología de género. 
 La batalla por las ideas que ha dado Javier Milei y que en apenas dos años desestructuró al sistema de partidos a nivel nacional es producto también del escaso aporte teórico que desempeñaron las anteriores coaliciones que parecían ser las únicas capaces de competir. Juntos por el Cambio fue una respuesta del polo no peronista hacia el kirchnerismo para proteger la república y evitar la chavización de la Argentina, pero eso solo no alcanzó para hacer un buen gobierno y marcar un rumbo: fue una gran estrategia electoral, pero la diferencia de visiones de los socios fundadores no ha sido efectiva a la hora de gobernar ni tampoco para volver a la Casa Rosada en esta elección. Hoy, con esta reconfiguración de fuerzas, el ala dura del Pro está tan cerca de las ideas de La Libertad Avanza como el radicalismo lo está de Sergio Massa. Es una posibilidad que el bipartidismo vuelva a instalarse, pero mediante un reordenamiento: por un lado, La Libertad Avanza y el ala dura del Pro, con el movimiento libertario como un fenómeno de masas que le ha arrebatado al peronismo parte de sus votantes más fieles, siendo este el polo del centro a la derecha; y, por otra parte, el peronismo ahora sin liderazgos fuertes y el radicalismo que busque plegarse a una variante más progresista, acaparando de esta forma un espacio del centro a la izquierda. 
 A partir de ahora, empieza un campeonato completamente distinto para Milei: si bien su fuerte que lo volvió un famoso economista y que le permitió entrar de manera fugaz y exitosa en la política es su autenticidad, tiene que ser astuto (como seguramente se lo recomendaría Maquiavelo) para lidiar con un escenario políticamente adverso. Si su gobierno es exitoso y La Libertad Avanza gana las elecciones cada dos años, seguramente en cuatro años tenga un Congreso mucho más afín y varios gobernadores, pero su triunfo se dio en la primera oportunidad que competía por la presidencia y eso le hace correr el riesgo de ser un Presidente impotente si ocurre una parálisis legislativa. Con apenas ocho senadores y 38 diputados propios, es momento de ejercer la diplomacia para no caer en una utopía. Aunque no hay que olvidar que el próximo gobierno tendrá el poder ejecutivo porque tiene la legitimidad del voto, y eso no es poco.
 En otro escalón del sistema político, están los grupos de interés como los sindicatos, que junto a los movimientos sociales buscarán sabotear el gobierno. Por esto es que será fundamental, además de aplicar la fuerza de la ley, que la sociedad se manifieste por acompañar las reformas y demostrar que la calle no es únicamente de los violentos. 
 Probablemente con el Pro como aliado, pero con una gran mayoría opositora en el Congreso, Milei deberá ser capaz de llevar a la práctica sus teorías. Solo si se convierten en realidad, la Argentina despegará y escapará del abismo. 

Tomás Racki. Politólogo.

martes, 24 de octubre de 2023

Opinión: Entre salir de Egipto y volver a la esclavitud

Milei propone "motosierra". Massa sigue expandiendo la base monetaria, con claro riesgo de hiperinflación.

Muchas veces la libertad es más dolorosa que la esclavitud. Como relata el segundo libro del Pentateuco, Shemot (Éxodo), el pueblo hebreo salió de Egipto, pero no faltaron quienes cuestionaron la conveniencia de pasar a una vida de libertad y que pretendieron regresar a las tierras donde vivieron en la esclavitud. Valerse por sí mismo, tomar propias decisiones, puede ser más complejo que dejar que otros decidan por nosotros. La situación de esclavitud puede ser más cómoda. Salir de la zona de confort implica avanzar en el temor hacia lo desconocido. 
 El plan "platita" de Massa funcionó, y no es la primera vez: en las elecciones del 2021, si se comparan las elecciones generales con las PASO, el kirchnerismo pasó de perder por más de cinco puntos en la Provincia de Buenos Aires a perder por tan sólo un punto y monedas, con regalos de electrodomésticos y viajes turísticos de por medio. En el 2019, Macri pasó de perder por más de 15 puntos en las PASO a perder dignamente por siete puntos en las generales, otorgando la devolución del IVA en alimentos, y subsidios a los combustibles. Era de esperar que la eximición de impuestos junto con el explosivo aumento del gasto (un combo letal) hagan remontar a Massa, pero ni el peronista más optimista hubiera imaginado al tigrense pasando del tercer puesto al primero y en comodidad. El plan "platita" es como la esclavitud en Egipto de las escrituras bíblicas: para muchos es más cómodo que el Estado cumpla un rol paternalista antes que salir adelante por sus propios medios. La campaña de miedo llevada a cabo con el boleto de transporte público es una muestra de ello: es tentador seguir pagando una tarifa ficticia y subsidiada, y no emprender el riesgo de implementar transformaciones que lleven a no depender de subsidios del Estado. El problema es que, aunque un boleto valga $60 y no $700 (valor sin subsidio), esos $700 igualmente se están pagando, con impuestos, emisión monetaria y endeudamiento. Lo mismo ocurre con el programa Pre-Viaje: el subsidio al turismo nacional no sale de un repollo, sino del contribuyente. La trampa populista del consumo lleva a que se ahorre poco, y eso es menos inversión para el día de mañana; y por lo tanto menos crecimiento, menos empleo privado, y peores salarios. La esclavitud bajo el Faraón subsidia las tarifas y el transporte. Para ser un pueblo libre, el argentino debe dejar de ser un pueblo subsidiado. Tal como le llevó a las tribus de Israel vagar por el desierto 40 años para llegar a la tierra prometida, los cambios nunca tienen resultados repentinos, sino que requieren años de austeridad y de políticas a largo plazo.
 Todos los indicadores empeorados bajo la gestión de Massa son motivo para votar a la oposición, pero el rechazo o miedo al cambio, además del conformismo hacia la realidad mediocre que vivimos los argentinos le dieron un impulso al pésimo ministro de economía. Algo parecido pasa en Formosa, provincia que parece Macondo, el pueblo de Cien Años de Soledad de García Márquez: a pesar de ser el distrito con los peores indicadores, de tener un gobernador dictador que encerró desalmadamente a los formoseños durante la pandemia, la historia se repite una y otra vez, posiblemente porque es más potente el deseo por conservar lo poco que se tiene antes que convertir el empleo público en empleo privado. 
 He aquí una primera lectura que explica el insólito triunfo de Massa: la platita, el clientelismo, la mentalidad mediocre de no querer salir del pozo. Sin embargo, cabe preguntarse si esto es una victoria del kirchnerismo. Massa es sin dudas el candidato menos kirchnerista del kirchnerismo. En los debates presidenciales no sólo declaró que si gana las elecciones a partir del 10 de diciembre será "su" gobierno, dando a entender que este no lo es, sino que también ha dado miradas muy distantes de la ideología kirchnerista. Massa en los debates habló de bajar impuestos; quitarles las retenciones a las exportaciones; alcanzar el equilibrio fiscal; declarar a Hamas como organización terrorista y respaldar a Israel; considerar a Venezuela como una dictadura; invertir en seguridad; formar un gobierno de unidad nacional con radicales, liberales, gente del PRO y peronistas díscolos. Todo lo contrario a lo que el kirchnerismo pregona. Si el kirchnerismo ganó la elección, en todo caso es una victoria pírrica: han caído muchas de sus tropas. Esta suerte de habilidad que presenta Massa para retener los votos fieles del peronismo y a su vez mostrarse como alguien distinto para acaparar gran parte de los votos de Rodríguez Larreta y de parte del electorado que no votó en las PASO, y contar incluso con el apoyo de grandes sectores empresarios adictos al status quo lo hacen un candidato muy competitivo para el oficialismo. Es una especie de Alberto Fernández en el 2019, pero muy mejorado, una versión 2.0.
 Por otro lado, el liderazgo de Milei consiguió una epopeya. Gane o pierda el ballotage, ya se incrustó fuertemente en el mapa político argentino, con fuerte presencia en el Congreso y en nada más que dos años desde que incursionó en política. Se cayó lo que parecía ser un liderazgo incuestionable de Cristina Kirchner en el peronismo, y el liderazgo de Macri como jefe de la oposición también tuvo una estrepitosa caída, ya que hoy Juntos por el Cambio dejó de ser la segunda fuerza a nivel nacional. Parece difícil que esta última coalición se sostenga debido a la actitud que tendrán sus miembros frente al escenario de ballotage, pero su implosión sería perjudicial de cara al próximo gobierno: tener un parlamento todavía más fragmentado dificultará más el logro de consensos. El interbloque de Juntos por el Cambio puede ser un actor de peso en el Congreso ante embestidas de un gobierno de Massa, y también para apoyar las reformas razonables de un gobierno del libertario. Una fractura de JxC implicaría más fragmentación y por lo tanto más actores de veto que dificulten la tarea de formar alianzas sólidas y sostenibles. 
 Esta reconfiguración del escenario político hubiera sido impensada hasta hace nada más que dos años atrás. El destino del país se dirime entre dos candidatos que no responden directamente a los liderazgos de Cristina y Macri. Si hay algo seguro, es que Argentina es un país divertido. No obstante, aunque Massa no exprese lo que quiere genuinamente el kirchnerismo, poco se puede confiar de alguien que ha establecido un pacto con corruptos a quienes denunciaba pocos años atrás y que hoy está utilizando recursos públicos con fines partidarios.
 El 19 de noviembre se dirime no solo una elección, sino una cuestión moral. Si Massa se convierte en Presidente, es porque los escándalos de corrupción pesan poco en la sociedad, y el plan "platita" lo hace bastante. El temor a las sospechas de un posible populismo de derecha de Milei no tiene que ser motivo para renunciar a ser un país normal. En el mundo no es ninguna locura que haya vouchers para las escuelas, sino que lo que es una locura es tener una inflación mensual del 12% y seguir votando ladrones. En calidad de un acto patriótico, Bullrich y Schiaretti deben hacer lo posible para que sus votos vayan a Milei en la segunda vuelta, donde Macri puede jugar un rol importante en tanto declare su apoyo al libertario. A su vez, la cantidad de gobernadores y legisladores que tendrá Juntos por el Cambio serán fundamentales tanto como apoyo, pero también como contrapeso hacia las políticas de La Libertad Avanza si esta fuerza se torna demasiado personalista. Se juega el futuro entre salir definitivamente de Egipto o quedarse a mitad de camino. 

Tomás Racki. Politólogo

lunes, 14 de agosto de 2023

Opinión: El PRO inventó a Milei

"¡Viva la libertad, carajo!": el rugido del "león".

A diferencia de muchas democracias del mundo, la Argentina no contó en gran parte de su historia democrática con un sistema de partidos donde esté presente una fuerza representativa de la centro-derecha o derecha. Los principales partidos, el PJ y la UCR, son el primero el partido de la justicia social, y el segundo el de la socialdemocracia (es integrante de la Internacional Socialista). Es cierto que el peronismo fue parte del Consenso de Washington con Menem, y que el radicalismo con De La Rúa continuó el modelo menemista, pero estos presidentes son casos aislados en la historia de sus partidos y no los representan ideológicamente. La victoria de Propuesta Republicana (PRO) en 2015 fue un hecho histórico de la historia democrática argentina: por primera vez un partido orgánicamente ubicado del centro a la derecha se hacía con la presidencia en sufragios libres y competitivos. En aquel entonces se respiraban aires de cambio. El PRO enarbolaba las banderas del orden, de la seguridad, de la libertad, de afinidad con los mercados, de ser una fuerza naciente y novedosa.
 Si bien el gobierno de Macri tuvo buenos resultados en materia de seguridad, de relaciones internacionales, de un cierto ordenamiento fiscal, su gobierno careció de un discurso ideológico que convenza a las masas del rumbo que debía tomarse. Su gobierno terminó siendo una planilla de Excel, una consultora de análisis de encuestas y las reformas estructurales nunca llegaron. Se desaprovechó una oportunidad histórica y el kirchnerismo volvió. No es casualidad que en aquel entonces haya comenzado, por medio de Espert, la idea de que todos los políticos son lo mismo. En esa elección del 2019 Espert sacó el 1,2% de los votos; luego en 2021 Milei consiguió 17% en la capital y Espert 8,5% en la provincia; y ahora Milei obtuvo el 31% a nivel nacional. El crecimiento de este tipo de propuestas fue aritméticamente exponencial, tanto como la inflación. 
 Milei no diseñó el concepto de casta. Ese pensamiento ya estaba presente en la sociedad antes de su irrupción en la política. Lo que hizo el economista libertario fue poner en términos claros lo que gran parte de la gente percibía, y capturó con propuestas concretas la agenda que el PRO dejó pendiente. Cuando Macri gobernaba la Ciudad y se vislumbraba su inminente competencia por el sillón de Rivadavia, el arco ideológico del centro a la derecha era propiedad de su figura y de su partido. Sus propios errores lo hacen hoy compartir ese espectro con La Libertad Avanza.
 La interna de Juntos por el Cambio se definió por la herencia no tan mala como se creía del gobierno de Cambiemos: a partir de la gestión de Bullrich, del 2015 al 2019 se habían reducido significativamente los homicidios y erradicado los secuestros. En cambio, la voluntad popular descartó al ala del PRO que perdió las banderas del orden: la falta de decisión de Rodríguez Larreta para desactivar los piquetes y ser más combativo es otro síntoma del derrotero ideológico en que Juntos por el Cambio estaba sufriendo bajo su conducción. 
 Luego del encierro para el olvido decretado durante la pandemia y la crisis inflacionaria, no es ninguna sorpresa que el electorado se decante por opciones que prometan reducir el Estado. Para desgracia de Larreta, este fue parte del hartazgo de la sociedad al haber conformado un tridente con Alberto Fernández y Kicillof, y después de haber tardado... ¡Un año! En tomar la decisión de abrir las escuelas.
 El lenguaje que suele utilizarse para referirse a nuevos fenómenos políticos es un indicador de la tradición política que siempre hubo en la Argentina, y que deberá amoldarse a los nuevos tiempos que vienen. Se tilda a nuevas fuerzas como la de Milei de ultra-derecha, pero nunca se trata al Frente de Izquierda o a los anhelos expropiadores del kirchnerismo como de ultra-izquierda. 
 Por otra parte, el abismal ascenso de Milei no solo es responsabilidad de Juntos por el Cambio, sino también del peronismo, que hizo la peor elección de su historia. No solo Unión por la Patria quedó tercero, sino que sus dos precandidatos no eran del PJ: Massa tiene su propio partido, el Frente Renovador; y Grabois integra el Frente Patria Grande. Nunca antes había pasado que el PJ haga un papel tan malo en una elección. 
 Otro componente llamativo de la elección es el corte de boleta: Milei salió primero en la elección presidencial sin ganar hasta ahora ninguna gobernación en ninguna provincia, donde obtuvo magros resultados. El personalismo de su movimiento transforma al carisma de su figura en un ente más potente que cualquier armado que haya hecho en el interior. En caso de que sea el próximo presidente, se enfrentará a un Congreso con colores políticos mayormente opositores y con 24 provincias gobernadas por otras fuerzas. Si en tal escenario opta con confrontar y reducir su gobierno a la agresividad de su persona, las reformas que pretenda impulsar se verán truncadas si no apela a un cierto pragmatismo aliándose con Juntos por el Cambio. 
 Para evitar un futuro gobierno de Milei con alta fragmentación partidaria en el Congreso y lograr un gobierno del PRO con mayoría en las dos cámaras, Juntos por el Cambio deberá recuperar el espectro ideológico perdido, estando más cerca de Milei que de Schiaretti, pero conservando la bandera de los valores republicanos y la institucionalidad que supo en su momento llenar el obelisco con una movilización masiva en el ocaso del gobierno cambiemita.
 Mientras la política cometía errores garrafales como votar la ley de alquileres, y luego no reunir consensos para derogarla, Milei llenaba las plazas y el Movistar Arena. El autor de aquella fatídica ley fue Daniel Lipovetzky, del PRO. Puede decirse que el partido fundado por Macri inventó a Milei, en el momento en que la batalla cultural y el clivaje existente dejó de ser republicanismo vs kirchnerismo, para ser la anti-política vs la clase política. Se asoció a la clase política a los privilegios del Estado, donde con libros, declaraciones en la televisión y en redes sociales, el economista libertario desplazó al PRO del arco ideológico en donde había nacido. Las unidades culturales, en términos de Antonio Gramsci, fueron copadas por los libertarios, sobre todo con un recambio generacional en el que los jóvenes de hoy han crecido sufriendo las ineficiencias del Estado, y rebelarse dejó de ser un acto de la izquierda para pasar a ser de la derecha, siendo este último término ya no más una mala palabra. Sin lo que se conoce como una "estructura partidaria", es decir, sin fiscales, sin grandes aportes de campaña, sin un gran aparato de militantes, sin miembros en las legislaturas y consejos deliberantes de todas las provincias y municipios, fue suficiente para que Javier Milei dé vuelta todo el tablero de la política argentina. Mientras los políticos pierden el tiempo, la realidad apremia.  

Tomás Racki. Politólogo.