La llegada de Jonathan Silva a Boca no es reprochable porque se dude de la capacidad y potencial del chico, sino que es por el poco tiempo que llega, ya que seis meses tal vez no sean suficientes para que el jugador se adapte, o quién sabe, desconfiando de este deporte que es la dinámica de lo impensado, quizás se transforme en una pieza fundamental para Arruabarrena y Boca pueda levantar la Copa con él siendo una pieza clave. Pero pensando a futuro, sin dudas va a surgir un inconveniente de suceder cualquiera de las dos opciones: si no tiene un buen semestre, no tendrá revancha para reivindicarse, y se deberá comenzar de nuevo con otro lateral; y si se puede afianzar en ese lapso (donde deberá ponerse la camiseta y rendir, porque no hay tiempo), Boca pecará de perder un futbolista importante de cara a lo que quede del año, lo que confirmará, una vez más, la irregularidad de nuestro fútbol a la hora de mantener un plantel y conservar sus figuras.
Los ciclos cortos por el poder de la moneda extranjera hacen que los entrenadores tengan que hacer malabares para rearmar una formación que en la mayoría de los casos, fue exitosa. Del San Lorenzo campeón de la Libertadores se fueron cuatro futbolistas, y no tardarán mucho en irse los Buffarini, los Mas o los Villalva, mientras que del River multicampeón de Gallardo se fueron cinco pilares, como lo fueron Funes Mori, Kranevitter, Sánchez, Rojas y Gutiérrez. Y sin que haya sido campeón, por mencionar otro ejemplo, Estudiantes concretó las ventas del mismo Silva, Rulli, Correa y Carrillo, chicos de menos de 24 años, que cuando empezaban a hacerse un nombre en el fútbol argentino se subieron al primer tren que llegó para jugar en el fútbol europeo.
Posiblemente esta sea la principal cuestión de porqué el fútbol argentino suele ser tan irregular, con equipos que ganan mucho y luego se caen. Porque si bien antes que los nombres está primero la identidad, el famoso "a qué vamos a jugar", los jugadores son fundamentales porque son los que interpretan y concretan esa idea, y a los buenos equipos, obviamente, los hacen los buenos jugadores. Que haya jugadores nuevos no significa que sean malos o que nunca alcancen a los anteriores, pero implica un volver a empezar, construir nuevamente un equipo. No faltan los ejemplos como el del Chelsea, que con prácticamente el mismo equipo decayó radicalmente, pero tampoco se puede negar que cambiando el lateral izquierdo todos los años, difícilmente volvamos a ver un Clemente Rodríguez en Boca.
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