El ingreso de Pérez por Bou hacía volver a Boca al esquema predilecto de Guillermo: el 4-3-3 con volantes interiores, dos extremos y un punta. Pero para que ese esquema deba funcionar eficientemente, el punta debe tener las características de un centro-atacante o, en el caso contrario, tener la movilidad de un falso nueve para salir del área y vestirse de enganche cuando haga falta. Tévez es de las facultades del segundo caso, pero una tergiversación futbolística engendró un problema que a su vez fue solución ante la temprana lesión de Pablo Pérez: el reacomodamiento de las piezas con el ingreso de un cuarto atacante le facilitó a Carlitos la tarea posicional: ya no debía entrar y salir del área (rol para el cual es menester contar con un trabazón funcional para adaptar al jugador a las circunstancias, lo que no estaba ocurriendo debido al bajo nivel de Boca), sino que arrancaría desde su ubicación más cómoda en todo momento. Haberle concedido a Tévez un level-up a cambio de la baja de un volante mixto significaba un alzamiento al individualismo y el contraataque.
Hasta quedarse con un hombre menos por esa mala costumbre del jugador argentino de ir con los tapones de punta, San Lorenzo se mostraba más cómodo: a Goltz le costaba marcar a Blandi, y si bien Nández y Barrios se repartieron bien el centro del campo, parecía que a Boca le faltaba gente para volver, por lo que Gudiño y Botta se desplazaban con libertad, aunque el azulgrana extrañó los buenos tiempos de Belluschi, en donde una intervención suya podía denotar un pase entre líneas o un buen remate de media distancia. Pero Boca siempre saca ventaja por sus figuras, y la posibilidad del contra-golpe y las maniobras ofensivas de sus futbolistas de mitad de cancha hacia delante siempre estuvo latente, sobre todo por la imaginación de Tévez, y no tanto por Bou, que nunca estuvo conectado con el partido y hacía retumbar cada vez más el nombre de Abila en el banco de suplentes.
Hay tarea para el hogar para los mellizos y Boca en general cuando uno observa que los números parecen darle una cierta ventaja sobre el rival y el equipo no sabe capitalizarla. Boca estuvo un segundo tiempo entero con más jugadores, tuvo 14 tiros de esquina y un 61% de la posesión de la pelota, y no tuvo el juego como para encontrar los espacios que los hombres de más podían darle junto con la tenencia de la pelota ni la precisión en las pelotas paradas como para hacer de las estadísticas un arma en la cual ampararse.
Es curioso y llamativo cómo Boca desperdicia los tiros de esquina con jugadas preparadas o centros imprecisos. Sumando los del partido anterior, el único tiro de esquina que siguió con un toque corto que terminó en una buena oportunidad fue en el que concluyó con el gol de Tévez.
Lamentablemente, en un marco formidable y con expectativas de buen fútbol, el encuentro se vio ensuciado por malas decisiones arbitrales. Habría que nuclearse seriamente en cómo solucionar este disgusto que tiene históricamente el fútbol argentino en vez de caer en pequeñeces de declaraciones que argumentan flacamente que se quiere beneficiar a un equipo u otro. Tal vez una solución sea la implementación del VAR en la Superliga. Mencionando también que la forma de disputar una pelota en nuestro fútbol es muy distinta a la que se puede ver en Europa, complementado por un marco que defenestra al juez ante cualquier equivocación. Todos deberíamos cambiar si queremos ver partidos mejor dirigidos.
El xeneize era el que llegaba con todo para ganar: venía de una victoria, con un plantel más extenso en comparación al del equipo que dirige Biaggio, y con la posibilidad de irse a nueve puntos por sobre el segundo, pero de acuerdo al desarrollo, el que más ganó con este punto fue San Lorenzo, que obligado a replegarse por contar con menos hombres, no dejó que Boca luzca sus mejores síntomas de estar en la primera posición.
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