Boca se enfrentaba al escolta del campeonato, que debía ganar para instaurar por primera vez un suspenso que nunca existió en todo el torneo, pero pareció jugar con un equipo del montón, que va a la Bombonera a refugiarse y estar a la expectativa de alguna fatalidad del equipo local. Cuando el empate era el mejor resultado para el xeneize, este puso todo el empeño en alargar la diferencia a nueve unidades, cuando Talleres no se enfurecía demasiado si su destino era amortiguar los seis puntos de distancia. Eso detona una superioridad, explica porqué el equipo de Guillermo está consiguiendo la Superliga de arriba a abajo. Y además ensambla una personalidad demoledora para conseguir el objetivo hasta cuando las piernas se encuentran fusiladas. Eso se debe a que en equipos míticos como Boca, el fútbol se puede explicar a dos vertientes: el pasado y el presente. El pasado es lo que menos influye, porque la estabilidad se consigue mediante cómo se hagan las casas en el aquí y ahora, pero los creyentes de la religión boquense siempre justificarán que se gana a lo Boca porque es lo que más lo identificó al hincha en toda su historia, un libro que se escribe con agonía y angustia, pero con finales felices; por eso las finales ganadas por penales, y por eso tantos puntos conseguidos sobre el final en los últimos tres encuentros: porque hay que sufrir para poder disfrutar. Pero el principal argumento, que lógicamente es más racional aunque no por eso debe ser mucho más verídico, es que Boca cuenta con buenos futbolistas que lo dotan de un predominio espacio-terrenal para meterlo al rival en su área. Como se dijo anteriormente, puede que Pablo Pérez, la caja de cambios, le cueste hacer que el auto pase de primera a segunda, y que eso despierte una notoria impaciencia en el público, que descarga su estrés de la semana injustamente en el partido, ya que un equipo que está cerca de conseguir el campeonato no merece los reclamos, que aparecen hasta cuando el empate no le quedaba mal al retrato que se estaba colgando en la Bombonera; pero eso no quita que cuando funcione el embrague Pavón se ilumine a falta de Tévez y Cardona, y nos haga ilusionar con alegrías también con la camiseta albiceleste. La respuesta de Pérez al hincha que lo insultó es mediática y llamativa por ser uno de los protagonistas, pero una de las injusticias que debe soportar un futbolista es que los insultos de parte del hincha no tienen las mismas características. ¿Hasta cuando vamos a vivir en una sociedad tan loca donde algunos tienen más derechos que otros para agredir y bajo sin ningún pretexto?
Lo mejor de Boca es cuando se asocia con una dinámica que le permita circular la pelota para quebrar espacios, y eso ocurre cuando hay tres jugadores cerca y el que recibe la pelota puede devolverla con una pared o distribuirla hacia un tercero, pero cuando el que la recibe lo hace estático, marcado y sin referencias se convierte en un pase improductivo, donde Talleres u otros rivales aprovechan el momento para robar y salir disparados. Para que la productividad sea eficiente en todos los casos y no se escuchen los insoportables murmullos, debe estar más lúcido Reynoso, Bou debe disfrazarse un poco de Benedetto en el acto de entrar y salir del área, y que Nández, que es el combustible de este auto, este en su auténtica figura.
Pero Boca tiene mucho más que los nueve puntos de diferencia para estar tranquilo: sabe que si se atora en el camino, es porque debe ir al mecánico a ajustar algunas tuercas (la fluidez para monopolizar la pelota y no padecer los tiros libres rivales cuando el partido se encuentra en sus manos) y no porque el camino presente lomas de burro (Talleres formó con tres delanteros, pero cuando lateralizó sus avances se encontró con Fabra y Jara bien parados, mientras que en recuperar y salir rápido el atacante no estaba acompañada como para descargar).
Mientras sus rivales no den la talla y sepa capitalizar su predominio, aunque sea con angustia, Boca va a disfrutar del torneo argentino hasta que los demás grandes se despierten de su siesta.
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