martes, 29 de diciembre de 2020

VOLVIERON PEORES

"Lo que no nos mata, nos hace más fuertes", dijo alguna vez Federico Nietzsche. Para surcar los mares, el hombre inventó el barco; para volar los cielos, hizo el avión; para evitar distintos peligros, se creó la ciberseguridad; y entre otros inventos que potenciaron la capacidad de supervivencia del ser-humano, para los virus la ciencia fue capaz de crear las vacunas. La vida muchas veces nos presenta desafíos inesperados, y en muchas ocasiones la imprevisibilidad del acontecimiento es más potente que sus efectos. Probablemente nadie en el 2019 hubiera esperado un 2020 de pandemia, confinamientos y una carrera maratónica en tiempo récord por conseguir una vacuna esperanzadora. La sorpresa ante la aparición de este enemigo invisible probablemente haya sido más atroz que su poderío natural: muchos sistemas de salud poco preparados para recibir caudales de enfermos; cuarentenas eternas e improvisadas cuyas consecuencias generaron más problemas que soluciones; y un pánico inicial aterrador que desató una incoherente epidemia de salud mental: las imágenes de la desesperación por vaciar las góndolas del supermercado y agotar el alcohol en gel presenciando una guerra imaginaria quedarán en el recuerdo como anécdotas difíciles de explicar. Desgraciadamente más de un millón de personas fallecieron en el mundo a causa de la pandemia, pero los que no se contagiaron y los que sí pero en su gran mayoría pudieron recuperarse harán cumplir la vieja frase del filósofo alemán: una próxima pandemia encontrará al mundo más preparado, sin entrar en pánicos absurdos, con sistemas sanitarios más robustos, con la ciencia más avanzada que nunca y con estrategias sanitarias más expertas. 
 Más allá de esta experiencia a nivel mundial que afectó la salud y las economías de todo el globo, la Argentina siempre es un lugar en el mundo que nunca deja ser particular: seguimos siendo de los pocos países en el mundo incapaces de dominar la inflación, y teniendo recursos para volver a ser la potencia sudamericana que en algún momento producía alimentos para todo el mundo y era el mayor exportador de manufacturas de la región, seguimos tropezando con los mismos problemas que nos azotan desde hace varias décadas. Si el 2001 fue una experiencia que pudo habernos hecho más fuertes, los indicadores similares de este 2020 nos devuelven a aquellos sufrimientos, tal vez diciendo que si no nos fortalecemos de una buena vez, seguiremos sufriendo. 
 La fórmula de Alberto Fernández y Cristina Kirchner ganó en el 2019 como una coalición que reunió a todo el peronismo: a la ex presidente no le alcanzaba con La Cámpora, y debió recurrir al massismo y la figura de Fernández para dar una muestra de moderación y captar votantes disgustados con el kirchnerismo pero que veían con buenos ojos una alianza de todo el peronismo. "Vamos a volver mejores", fue una frase que quedó inmortalizada en la campaña. Eso significaba que venía un peronismo más republicano, no contaminado por las aspiraciones autocráticas del camporismo, sin ejecutar asociaciones ilícitas, con respeto por la división de poderes y la democracia. Aunque unir a todo el peronismo y a las organizaciones sociales fue una gran estrategia electoral para la vuelta al poder de la centro-izquierda, para ejercer la gobernación la coalición gobernante se muestra poco cohesionada y totalmente apócrifa: el verdadero poder se encuentra en el Instituto Patria, donde se apunta contra los funcionarios "albertistas" y se dirige el rumbo del gobierno mientras La Cámpora sigue conquistando lugares en áreas clave y próximamente en territorios bonaerenses. El cuarto gobierno kirchnerista es una continuación de los anteriores, y la coalición cuenta con un actor de veto que condiciona al resto: el kirchnerismo, quien tiene la legitimidad porque es la fuerza que armó las listas y tiene la mayoría de los votos es la fuerza política que tiene el poder por encima del resto de sus socios. 
 El gobierno y especialmente la figura del presidente tuvieron un momento peculiar que marcó un ante y un después, y este fue el momento en donde se decidió comenzar con la cuarentena: por aquel entonces la opinión pública respaldaba la medida y la imagen de Alberto Fernández volaba: el mensaje fue percibido por la gente de forma positiva, considerando a Fernández como un líder comprometido, dispuesto a trabajar con una figura de la oposición como Rodríguez Larreta, independiente de la figura de la vicepresidente, y además, la cuarentena parecía ser acertada de acuerdo a lo que ocurría con la pandemia en Europa. Sin embargo, a medida que continuaba el confinamiento la imagen del presidente cayó rotundamente, y no es producto de la casualidad: la pandemia no hizo más que dejar al descubierto las pretensiones autoritarias del kirchnerismo y de su líder, sumado a una crisis económica profunda de la que costará mucho recuperarse.
 Sin dudas, desde la finalización de la última dictadura no se había visto un gobierno que abuse de tal forma del poder: la cuarentena violó las garantías y derechos constitucionales, impidiendo a los ciudadanos la libre circulación dentro y entre las provincias (siendo el caso de Formosa el más emblemático, donde el eterno gobernador Insfrán cerró de forma inédita las fronteras impidiendo a muchos formoseños ingresar a sus domicilios): un informe de la ONG Correpi afirma que hubo más de 90 muertos por violencia policial a causa de no cumplir con la cuarentena, castigando a personas por realizar actividades sin evidencia científica que indique que provoquen contagios, convirtiendo la cuarentena en un estado de sitio no declarado, evidenciando situaciones absurdas, como la policía hostigando a una señora por tomar sol; o helicópteros de la gendarmería persiguiendo a un deportista que practicaba remo; mientras que en provincias gobernadas hace muchos años por el peronismo se secuestraron y ejecutaron personas por no respetar el confinamiento. Muchas familias fueron separadas en casos donde circunstancialmente un integrante se encontraba en otra provincia, rememorando aquellos tristes recuerdos del Muro de Berlín. Y de forma totalmente antagónica, la política dirigida hacia los delincuentes fue sumamente abolicionista, liberando miles de presos, quitándole las pistolas táser a los policías, teniendo una mirada intermitente sobre las usurpaciones de terrenos (donde se vieron involucrados funcionarios del gobierno), concluyendo en que al delincuente se lo debe tratar como a una víctima y a la gente reprimida por la cuarentena como a un delincuente.
 Por otra parte, las clases fueron interrumpidas de forma indefinida, y muchos jóvenes perdieron todo tipo de vínculo con la educación, comprometiendo su futuro laboral en una Argentina donde el 63% de los chicos son pobres; y se le prohibió a mucha gente otro derecho indispensable, como es el trabajo, a partir del cual se reproduce la subsistencia. Es decir, se obligó a los argentinos a dejar de producir, convirtiendo a muchos en rehenes del Estado, ya que la subsistencia pasó en muchos casos por los subsidios y planes de emergencia otorgados por el gobierno, incrementando la gente que depende del Estado y no trabaja en el sector privado. Además, este control social y su impacto en la economía también fue perverso desde el punto de vista del capital: mientras muchas empresas no podían producir y por lo tanto no tenían ingresos, se las seguía obligando a pagar impuestos y se impuso la doble indemnización por despidos. Sin un rumbo claro, con una economía que ya venía de dos años en recesión, las medidas restrictivas, además de implicar delitos de lesa humanidad como vulnerar libertades individuales, significaron que la Argentina esté entre los países cuya economía más cayó en el 2020, destruyendo lo poco que quedaba en pie. 
 "Entre la salud y la economía, me quedo con la salud": ese fue el ícono del relato de la cuarentena: cuando esta ya se hacía demasiado larga y la realidad no daba resultados, se buscó a estos a través de la épica: las filminas que exponía Alberto Fernández comparaban a la Argentina con otros países jactándose de tener una menor cantidad de muertos y contagios, a través de un relato donde el Estado cuidaba a la gente y todo debía pasar por sus lineamientos, como si dar lugar a la libertad y al cuidado individual que practicaban países como Brasil o Suecia fuese sinónimo de conducir a la muerte y a la explosión de los contagios. Mientras la imagen del presidente seguía cayendo, la realidad y los datos mataban al relato: países que nunca tuvieron cuarentena como Brasil, al que se lo catalogaba como el ejemplo que no se debía seguir, terminó teniendo un menor número de muertos por millón de habitantes que Argentina, con una economía despegando, y sin desatender otros ámbitos olvidados por la infectocracia argentina, como enfermedades crónicas que a pesar del coronavirus no podían dejar de atenderse, y por supuesto, la salud mental y educación de la población.
 Y para dejar de tener dudas sobre la falta de veracidad de los dichos acerca de que el kirchnerismo volvió para hacer las cosas mejor, solo hace falta observar la falta de valores republicanos del oficialismo: no solamente por la implantación de una dictadura sanitaria donde en su comienzo hizo funcionar a medias al poder legislativo y judicial, sino por la persistente obsesión de Cristina con este último y su penetrante avance sobre los jueces que tienen sus causas. Las instituciones implican un conjunto de reglas del juego que los actores deben respetar, y cuando estas necesitan ser incumplidas para cumplir los objetivos, los actores con ideologías autoritarias suelen traspasar su arena correspondiente para modificar las reglas de la arena donde se disputan sus intereses otros actores: así ocurrió cuando se intervino ilegalmente la cerealera Vicentín, siendo este un asunto entre privados y homologado por la justicia, y donde una buena respuesta de esta impidió el avance del Poder Ejecutivo sobre una arena que no le correspondía, violentando instituciones como lo son un concurso de acreedores, y un derecho básico y fundamental, como es la propiedad privada.
 Las promesas de llenar la heladera, lejos de cumplirse, siguen lejanas, empeorando los indicadores heredados, e incluso los logros que se le contaban a la anterior gestión: se eliminaron los trámites del Estado en forma virtual y transparente; se cerró el aeropuerto del Palomar, que con sus vuelos low-cost había democratizado el transporte aéreo, priorizando los intereses de los sindicalistas por sobre los de la gente: el kirchnerismo necesita de una épica, y en esta se encuentra Aerolíneas Argentinas, la aerolínea "de bandera", que trajo la vacuna rusa porque se necesitaba de una epopeya, por más de que su vuelo sea más costoso que el de un vuelo de carga común. Y en esa épica, se encuentra el combate a la "opulencia" de la Ciudad de Buenos Aires: sin respetar el consenso fiscal realizado entre Macri y los gobernadores, el Ejecutivo y luego el Congreso avanzaron de forma discrecional y arbitraria sobre los fondos de coparticipación de un distrito de mayoría opositora, quebrantando el federalismo y la autonomía porteña. Alexis de Tocqueville, estudioso de las democracias, tenía una preocupación sobre los pueblos democráticos: pensaba que estos pueblos amaban más la igualdad que la libertad, y que si no podían obtener la primera en la democracia, estarían dispuestos a obtenerla en la servidumbre. Otorgarle atribuciones al poder central para quitarle a los que poseen más riqueza hace peligrar la democracia, en el caso de la Argentina, una democracia republicana y federal, y que con estos vicios puede terminarse volviendo una tiranía autoritaria y feudal. Mientras tanto, se siguen tomando medidas que cambian las reglas del juego y no hacen más que generar más pobreza: impuestos como el que grava las grandes fortunas, que implica una doble imposición y resulta ser inconstitucional, alejan a futuros inversores, aumentando la desconfianza y disminuyendo las oportunidades de generar riqueza y por lo tanto más empleo: en una Argentina esquizofrénica, se combate la riqueza por parte de funcionarios ricos con dietas de privilegio, promoviendo que el mejor negocio nunca será emprender, sino obtener un cargo público.
 Con la cuarentena terminada por sus evidentes fracasos y la presión social, se cierra un 2020 donde con varias vacunas a la vista, la pandemia va en camino a su culminación, y se avizora una recuperación luego de un año de crisis a nivel mundial (aunque la caída no fue tan brusca como en el caso argentino): con los precios de las materias primas en alza y una disminución en las tasas de interés que traerá aparejada una mayor liquidez en los mercados internacionales, se espera que la Argentina tenga un rebote en el 2021. Aunque las dudas son abundantes: ¿Será tan solo un rebote, para luego volver a una recesión, siendo parte de los ciclos económicos que atraviesa la Argentina desde mediados del siglo XX?¿Guzmán aplicará un programa ortodoxo para disminuir el déficit fiscal, corregir las tarifas para evitar una crisis energética y tener un rumbo claro, o por lo contrario se seguirán los lineamientos camporistas, abusando del gasto público, de la emisión monetaria, comprometiendo los derechos de propiedad, aumentando impuestos, perpetuando los conflictos sin salida?¿Un aumento de la actividad económica que eleve la velocidad de la circulación del dinero sumado a un similar nivel de oferta monetaria hará explotar la inflación que se encuentra reprimida, profundizando la brecha cambiaria y generando un estallido social? Por el momento, las experiencias de este año y la negativa a reconocer al gobierno de Maduro como una dictadura frente a un mundo que la denuncia de forma casi unánime, dan indicios de una única certeza: volvieron peores. 

domingo, 20 de diciembre de 2020

POESIA: LA ESPERA DEL PLACER


Por la ventana observé

De su belleza desperté

El carmesí me cautivó

Como un demonio me asaltó

 

El terror me invadió, y mi cuerpo tembló

Salir a hablar no podía, aunque mi amigo se paró

Con él conquistar América quería

Y en las costas desembarcar

 

Las tropas no podían

Entrar en una batalla sin igual

La desesperación triunfó, ante la antipatía de costumbre

Sólo no podía, sentarme y observar

 

Tantas puertas tocaba

Tantos caminos se cerraban

La soledad ahuyentaba

La pasión hecha realidad

 

La paloma mensajera iba

Y el sobre nunca volvía

Mientras mi amigo duro estaba

Mi poca paciencia no lo calmaba

 

El sueño de tener, la contención de un bebé

Sin detestar, de forma incondicional

Con solamente amar, sin imaginar

Con tan solo desear, sin inventar

 

La imaginación ayudaba, a los sueños navegar

Por los mares peligrosos, de una fantasía sin acabar

Las manos pronto calmaron, la ansiedad que tanto aumentó

El roce en la piel, hizo llegar el placer

 

Un momento de furor

Unos minutos de imaginación

Los sentimientos calmaron

Para seguir en la eterna espera

De aquello que observé

 

 

domingo, 22 de noviembre de 2020

CUENTO: HASTA LUEGO, ARGENTINA

Cuando el mundo fue creado, 10 emanaciones de energía dieron lugar a la creación: estas fuerzas expansivas se depositaron en 10 recipientes, una en cada uno de ellos. Fue tal la potencia del acto, que aquellos contenedores se rompieron: de la energía en ellos depositada el universo fue creado, y de no poder contener el poder emanado, el bien y el mal escaparon del control del mundo. En un punto minúsculo del universo se encuentran los seres humanos, donde se manifiesta esta fuerza dicotómica: el bien y el mal se expresa en cada movimiento de ellos, siendo el único ser viviente donde el mal prolifera, lo cual a su vez es bueno, ya que el humano es el único ser vivo de la creación con una inteligencia superior. La dicotomía entre el bien y el mal hace al mundo tan imperfecto, que la creación es perfecta.
 Como efecto colateral de la fuerza expansiva de las emanaciones creadoras, surgen dimensiones inconexas con el mundo humano: en una dimensión donde solamente existe el mal, los demonios habitan un infierno inconmensurable para el entendimiento de la mente humana.
 Los demonios se masacran unos a otros, y al no existir el bien, no hay culpas, angustias, ni remordimientos: lo que es perverso para el mundo humano es absolutamente normal para los demonios. Los hijos suelen asesinar a los padres (si estos no los matan antes); solamente existe el poliamor, ya que es imposible que una pareja subsista sin que uno de los dos sea infiel con el otro; no existe la moneda como medio de cambio, ya que la única forma de transacción es el robo; y el emperador de los demonios, Rafael, lo es por ser el más poderoso, ya que nadie puede matarlo para quitarle el trono (el único régimen de gobierno es la tiranía, donde el más fuerte gobierna y somete al resto, convirtiendo a todos en esclavos del déspota, que gobierna a mano dura y sin ley). 
 Flafy es el esclavo preferido de Rafael, y hasta ahora es el único que no fue asesinado porque al emperador le fascina la forma de gritar de Flafy cuando a este se le mutilan sus miembros, que luego de unas horas se regeneran para volver a crecer. En este momento, Flafy se dirige al palacio de Rafael para cumplir con su rutina de servir a su amo: para ello todos los días cruza en un bote el lago de lava, donde es algo muy común al paisaje observar riñas de demonios donde el perdedor es sometido a morir calcinado en las altas temperaturas debajo del ring. Las altas temperaturas, el peligro inminente de ser asesinado en cualquier momento, las construcciones precarias y fantasmales rodeadas de árboles petrificados, la niebla espesa  y exuberante, son todas imágenes propias del mundo de los demonios. 
 Llegando al palacio, y sabiendo que Rafael no iba a matarlo porque nunca conseguiría un demonio que grite de forma tan excitante como él, a Flafy se le ocurrió hacerle una pregunta una vez arribado a la enorme estructura imperial para cumplir con sus servicios.
 En el lúgubre ambiente del palacio, Flafy se arrodilló frente a su amo, presionado por la mirada pétrea de sus ojos rojos y la aridez paralizante de su piel. El emperador lo miraba de forma amenazante sentado en su trono.
 -Flafy: "Mi señor, Rafael, le suplico de rodillas hacerle una pregunta".
 -Rafael: "Si no fuera por las sensaciones orgásmicas que me generan tus gritos de dolor y exhaustividad en tus tareas, te mataría. Pero voy a hacer una excepción: adelante, quiero escuchar tu pregunta".
 -Flafy: "Mi señor, tengo mucha curiosidad. ¿Qué se esconde detrás de la gran puerta de oro que hay detrás de su trono?"
 Rafael tomó una llave del bolsillo de su túnica con sus uñas largas y oscuras, y se dirigió a la impactante puerta que llamaba la atención de su sirviente.
 El ruido de las llaves girando en la bocallave genera un eco de incertidumbre en todo el piso. Se escucha el retumbar del chirrido de la puerta como si impactara en la construcción de las grandes columnas. Al abrirse la enorme puerta de lado a lado las nubes de polvo hicieron toser a Flafy, quien estaba impactado por lo que veía: un portal rojo capturaba sus ojos de forma penetrante.
 -Rafael: "Hay otras dimensiones existentes en este universo. Y si bien no podemos ingresar en ellas, estos portales permiten una efímera conexión entre nuestra dimensión y otra, enviando ondas de energía que producen pequeños cambios en la naturaleza de los seres que habitan del otro lado del portal".
 Flafy se arrodilla ante los pies del emperador, con lágrimas en los ojos que muestran agradecimiento por haberle dado a descubrir tal secreto: "Gracias, mi señor, gracias..."
 -Rafael: "Y voy a contarte algo más: en el mundo que observo a través de este portal, hay de todo un poco: lugares donde se vive de forma contraria a la nuestra, lugares que son parecidos a nosotros. Pero hay un lugar que a pesar de poder vivir de forma contraria, la energía proveniente de nuestra dimensión los condenan a vivir como nosotros. Ese lugar se llama Argentina".
 -Flafy: "Mi señor, nosotros los demonios tenemos nuestra naturaleza, no sé que se siente ser distinto y verse afectado por nosotros".
 -Rafael: "Me diste una gran idea: por un día vas a quedarte viendo a los argentinos a través del portal, y vas a llevar una mochila en la espalda: cada vez que veas un efecto producido en la vida de los argentinos a causa de nuestra energía demoníaca, la mochila se va a ir haciendo cada vez más pesada. Así vas a saber qué se siente. Jajajajajaja".
 Flafy comenzó observando el portal detenidamente, estupefacto al ver paisajes inimaginables para el mundo demoníaco, que suele estar poblado de rocas, volcanes, fuego saliendo de orificios del suelo y un cielo rojo como el color de la sangre, plagado de oscuridad: el demonio no podía creer ver escenarios tan hermosos y distintos a los suyos. Se encontraba paralizado ante la elegancia de las montañas, la brisa del viento de los mares, los hermosos campos poblados de vacas y pastizales, y ciudades bellísimas con arquitecturas y edificaciones envidiables. La mochila que llevaba Flafy se sentía totalmente liviana, y si fuese posible el esclavo se quedaría eternamente viendo aquel espectáculo tan distinto a la naturaleza de su especie. Lo mismo sentía al ver las amistades disfrutando la vida, las familias unidas, y la felicidad completamente desconocida para cualquier demonio.
 Sin embargo Flafy comenzó a observar las dificultades que tenían los argentinos para comunicarse, a pesar de vivir en tan agradable lugar (para Flafy, donde en su mundo no existía lo "agradable" ni lo relacionado con el bien, no había palabras para describirlo): su mochila empezó a pesar poco más de dos kilos al percatarse de como una enorme grieta separaba a dos grupos de argentinos que se gritaban, y al estar tan lejos, la grieta les impedía escuchar lo que el otro decía. 
 Flafy pensó que apenas un defecto en la tierra no haría aumentar mucho más el peso de su mochila, y sin preocuparse demasiado, continuó observando el territorio argentino. Al ver cómo un grupo de jóvenes se encontraban inmersos en el efecto de las drogas, Flafy pensó, mientras la mochila aumentaba de peso: "Vaya, pobres, pobres argentinos, que algunos consumen lo mismo que nosotros, cuando tienen tantas delicias que disfrutar". El peso de la mochila aumentaba por primera vez, ante el éxtasis provocado por todas las drogas por consumir, y el polvo de tantos libros que quedaron sin leer.
 Luego de unos minutos, al demonio le resultó familiar una escena en donde un joven asaltaba un negocio; y otro robaba un artilugio mientras escapaba en una moto. La mochila ahora a Flafy le pesaba, mientras en su cabeza rumiaba: "Estos se parecen a nosotros, los hemos endemoniado. No me había imaginado, que había otro infierno en el Conurbano. Pero todavía me queda por ver la gente que se salvó de nuestras garras". 
 Al observar a los argentinos de bien, Flafy también debió soportar un aumento en el peso de la mochila, que ya le estaba generando dolores de espalda: "Que horrible, pobres los argentinos de bien, que trabajan y se esfuerzan, pero sufren para llegar a fin de mes. El que quiere progresar retrocede, y el que retrocede avanza: los que se esmeran son boludos, y el que usurpa es el audaz". 
 Por cada impuesto que veía que tenían que pagar los argentinos, la mochila de Flafy subía un kilo. El demonio ya estaba transpirando del esfuerzo, y comenzaba a preocuparse: "Pobres los argentinos que producen y trabajan dentro de la ley, que llevan una mochila tan pesada como la mía. El que vive bien es un cipayo, y el que le tiene envidia es solidario: una patria de demonios han creado". 
 Aún así, Flafy estaba maravillado con la idea de tener una moneda para realizar transacciones, cosa que no existía en las tinieblas del mundo demoníaco. Pero lamentablemente, el peso de su mochila volvió a crecer, a tal punto que las piernas le temblaban: "Pobres los argentinos, que cada vez que acumulan los billetes, estos ya perdieron su valor. El mérito deja de valer, y su valor se encuentra afuera, a donde quieren escapar". 
 Al ver el sofisticado sistema político argentino, donde Flafy contemplaba la separación de poderes y cómo el pueblo tenía la posibilidad de elegir a sus gobernantes, la mochila se hizo tan pesada que Flafy cayó al suelo aplastado por ella, sintiendo cómo las toneladas le rompían varios huesos: "Pobres argentinos, que tienen a los demonios entre ellos, y por ellos fueron poseídos: idolatran al que les roba, veneran al que les miente, eligen a los que causan sus desgracias". 
 Con serias dificultades para respirar, Flafy gritaba: "Pobres argentinos, que viven en un mundo donde los justos la pagan, y el injusto es amigo del juez. El que estudia y trabaja se muere, y el que roba y mata es la ley". Al percatarse de cómo desde los envidiables inicios de la Argentina las ondas de energía demoníacas fueron endemoniando a los argentinos hasta asemejar su hogar con el infierno, el demonio sabía que ya no aguantaría el peso de la mochila, comprendiendo ahora qué se siente ser distinto y ser afectado por criaturas como él. 
 Antes de que la mochila reviente del peso, Flafy dio su último suspiro con su voz ya baja y apagada, entremezclada con una tos llena de agonía: "... Perdón, argentinos, por transformar su paraíso en un infierno... Por castigar la riqueza y multiplicar la pobreza, por dejar de enseñar y empezar a adoctrinar, por dejar de laburar y empezar a afanar, por mentir en vez de decir la verdad. Hasta luego, Argentina". 
 Rafael ya no sentiría más orgasmos al escuchar los gritos de su sirviente. 

lunes, 9 de noviembre de 2020

CUENTO: EL TROGOMETRO

En la galaxia Pacificus, a 200.000 millones de años de la Vía Láctea, solamente hay un planeta con vida: en el planeta Trogomatia, existen millones de especies llamadas Trogomitas, que no poseen  ni una forma bípeda ni cuadrúpeda; tampoco tienen forma de ave, ni de pez, ni de pulpo, ni de larva; no tienen una composición gelatinosa; ni forma de insecto o de hongo. Son especies completamente diferentes a las terrícolas, y es prácticamente imposible medir su tamaño: en las dimensiones del planeta Tierra, estos seres serían microscópicos, pero trasladando a los humanos a la dimensión del planeta Trogomatia, los humanos serían tan solo un metro más altos. Estos desniveles son debido a la distorsión que implica el traslado de una galaxia a la otra. 
 Todavía resulta imposible determinar la forma de respirar de los Trogomitas, que resulta ser tan extraña como la definición de la forma física de su cuerpo. A pesar de tal desconocimiento, lo que se sabe de ellos es que gozan de una organización sumamente armónica y avanzada. 
 Poseen un sistema de gobierno que implica que los Trogomitas más capaces y con mejores intenciones se encarguen de la administración de la cosa pública; todos tienen trabajo, ya que nadie se queda sin la posibilidad de aprender y aportar a donde se piensa que se puede ayudar; cada Trogomita trabaja en lo que lo apasiona, y se especializa en lo que más le gusta, por eso todos trabajan y en sus trabajos son muy eficientes, a tal punto que ningún empleador Trogomita le dice que no a alguien que quiera empezar a trabajar en su emprendimiento. Hay Trogomitas exitosos, otros que viven bien pero no tienen tanto, pero nadie siente resentimiento por ningún otro, ya que para los Trogomitas, no existe el robo ni el impuesto a las fortunas, sino solo competir para ser más eficiente. Cada uno tiene lo que se merece de acuerdo al mérito de su trabajo, y al que le falta algo solo tiene que trabajar mejor para conseguirlo. Pero más allá de su organización política y económica, hay un componente de su organización social al que los Trogomitas le dan casi la totalidad de su atención: el Trogómetro.
 El Trogómetro es una unidad de medida, sumamente compleja para el entendimiento humano, que mide la felicidad de los Trogomitas. Este instrumento planetario, al alcance de toda la sociedad Trogomita, se encuentra sumamente ligado a la natalidad: es muy probable que cuando aumentan los niveles de la población Trogomita, aumente el nivel del Trogómetro, lo cual es un motivo de festejos y alegría en todas las calles del planeta Trogomatia.
 Si la demografía experimenta una expansión, quiere decir que hay muy buen vínculo entre los Trogomitas; en su mundo reina la paz y el amor, y estos se multiplican al multiplicarse la cantidad de familias. Solo existe la monogamia entre los Trogomitas, y cuando Trogomitas Alfa llegan a un determinado desarrollo deben buscar un Trogomita Omega de acuerdo a la atracción sensorial. Cuando un Trogomita Alfa comienza un vínculo con un Omega, significa que cada uno abandonará su hogar para formar uno nuevo, aumentar su nivel de felicidad y generar una descendencia que haga exactamente lo mismo, transmitiendo los ideales de la paz del planeta Trogomatia. 
 La forma de un Trogomita Alfa de conectarse con un Trogomita Omega una vez alcanzado el desarrollo adecuado es a través del Túnel Trogometral: es un lugar inmenso, sumamente oscuro, donde el Trogomita Alfa ingresa sin ver nada. Al caminar se percata de la existencia de distintas luces, y siguiendo cada luz esta lo lleva al encuentro de un Trogomita Omega. Una vez realizado el encuentro, el Alfa debe introducir su trompa en el cerebro del Omega: si hay atracción sensorial, es motivo de alegría y festejo en las familias, ya que indica la inminente construcción de un hogar, el crecimiento de la natalidad y un buen indicador del Trogómetro; si no hay atracción sensorial, el Alfa continúa su búsqueda. 
 Todo funcionaba a la perfección en Trogomatia, y el Túnel Trogometral era tan infalible, que el Trogómetro no paraba de crecer. La demografía estaba en auge, la felicidad también. Sin embargo, un día todo cambió: en el Trogómetro comenzaron a bajar los indicadores. 
 Los Trogomitas especialistas en el tema, preocupados en gran medida, comenzaron a estudiar la situación hasta que dieron en la clave de lo que estaba sucediendo, y las expectativas no eran nada buenas: diagnosticaron que los niveles del Trogómetro seguirían bajando. El problema estaba en los Trogomita Omega: un día estos dejaron de aceptar a los Alfa como condición para construir un hogar y desarrollar sus vidas, y se pusieron sumamente restrictivos, con el objetivo de cambiar su rol en la estructura social y hacerse cada vez más predominantes: exigieron mucho más tiempo para construir el hogar, sin aceptar que una vez verificada la atracción sensorial, la unión sería inminente; empezaron a cobrar impuestos a los Alfa para introducir su trompa en el cerebro de los Omega; y lo que hizo decaer rotundamente la natalidad, y por lo tanto la felicidad y el Trogómetro, fue el cambio en las reglas del juego del Túnel Trogometral: al alcanzar la luz, muchos Alfa empezaron a ser rechazados por los Omega (no era posible la comprobación de la atracción sensorial, pero tampoco el más mínimo atisbo de comunicación). Esta onda expansiva de rebelión se extendió por todos los Omegas.
 Estas medidas rebeldes de los Omega hicieron que comenzara a caer la demografía, pero lo que hizo caer los indicadores del Trogómetro por los suelos fueron distintas revoluciones de mayor nivel acontecidas en manos de los Omegas: estos dejaron de asistir al Túnel, siendo las luces a la vista de los Alfa cada vez menos; y muchos de los que habían construido un hogar comenzaron a irse de él, e incluso muchos Omegas asesinaron a sus hijos antes de que nacieran. Esta onda expansiva de manifestó también en el lenguaje, donde los Omegas cambiaron muchos de los símbolos necesarios para comunicarse con tal de que el nuevo sistema lingüístico los empodere.
 La conspiración de los Omegas se hizo tan grande, que el planeta tuvo que dividirse en dos circunscripciones completamente separadas: por un lado, los Alfa, y por otro lado, los Omega. El Trogómetro, que estaba del lado de los Alfa, no subía, ya que sin los Omega los Alfa no podían reproducirse, entonces muchos Alfa comenzaron a hacer viajes hacia el ahora sector Omega, buscando traer Trogomitas de aquel lado para construir hogares que hagan levantar la demografía.
 Los Alfas fueron ignorados, despreciados, ninguneados. A muchos se les exigía el pago de impuestos muy altos, imposibles de abonar. Después de años de caída libre, la crisis llegó a tal punto que el Trogómetro dio 0. La especie de los Trogomitas dejó de existir, y el planeta Trogomatia quedó desolado. Los tiempos de paz, cordialidad, felicidad, amor entre Trogomatias Alfa y Omega y la figura de la familia habían quedado muy lejos. 

viernes, 16 de octubre de 2020

EL 12 DE OCTUBRE: UN NUEVO MOVIMIENTO SE GESTA EN LA ARGENTINA

En 1789 el rey Luis XVI convocó a los Estados Generales ante la crítica coyuntura bélica y financiera que atravesaba Francia en aquel entonces. Al borde de la quiebra, y perdiendo la guerra histórica con Austria por los territorios de Alsacia y Lorena, el monarca requería de forma urgente aumentar los impuestos. Los representantes del pueblo presentaron ante los Estados Generales las quejas y protestas de la plebe, unida con la burguesía: el malestar del pueblo llano transformó el vínculo entre gobernantes y gobernados: con la caída del Antiguo Régimen, en los Estados modernos ya no habría lugar para la figura del súbdito. De ahora en más la emergente figura del ciudadano implicaría un compromiso de la clase gobernante para con las demandas de este. La Revolución Gloriosa ocurrida en Inglaterra (1688) tiene una analogía importante con lo acontecido en la Revolución Francesa: movimientos como los Levellers condujeron al derrocamiento de la dinastía de los Estuardo, promoviendo el fin del absolutismo monárquico y el respeto hacia las libertades individuales, como la libertad de pensamiento, libertad religiosa, y la propiedad privada.
 Vivir en la modernidad se concierta con la idea de la representación. Por la falta de representatividad de los políticos hacia los ciudadanos hoy surgen los "outsiders" de la política: Donald Trump, Jair Bolsonaro, Boris Johnson, aparecieron como alternativas que supieron cómo canalizar y re-conducir el descontento de la población. 
 En la Argentina el "que se vayan todos" del 2001 no alcanzó para modificar la política tradicional: el peronismo y el radicalismo (con la sumatoria del macrismo en forma de coalición) siguen disputándose la hegemonía electoral. Pero desde 1945 el peronismo conservó una hegemonía muy difícil de arrebatar: las calles siempre fueron del movimiento creado por el difunto coronel, producto de masas que vieron en el líder carismático la concesión de un Estado de Bienestar en el corto plazo. 
 Desde el 2019, una vez consumada la derrota catastrófica que hizo saltar el dólar por los aires y vaticinar un nuevo gobierno kirchnerista, un nuevo movimiento empezó a gestarse: es de una gran ingenuidad creer que las grandes convocatorias de aquel año se dieron con el objetivo de clamar por la figura de Macri, un político que se observa como respetuoso de las instituciones pero que no cambió ni supo cambiar los problemas estructurales de la economía. Entre militantes macristas y radicales se sumaron votantes apartidarios que no se identifican con Macri, sino con una república libre de corruptos, donde se valore la meritocracia y los valores de la libertad. 
 El 2020 sin dudas será recordado (tal vez junto con los próximos años) como el año de las protestas y manifestaciones auto-convocadas, con un gran componente de la clase media (el sector social más castigado) sumado al resto de las clases sociales. Estas convocatorias, como la masiva concentración en distintos puntos del país en este 12 de octubre, se dan en un contexto de crisis de la política: la gente ya no cree en los políticos, ni en la justicia, ni en su moneda. La convocatoria en el día de la diversidad cultural se dio en el marco de una diversidad de reclamos: el miedo al coronavirus resulta ser insignificante en comparación al miedo que implica la imagen de Venezuela. En un globo publicitario con las banderas argentinas y venezolanas que volaba por encima de la Plaza de la República figuraba una clara consigna: "Venezuela y Argentina libres". Gran parte de la Argentina ya no está dispuesta a pagar altos impuestos que financian al aparato burocrático del Estado que beneficia en gran parte a la clase política; tampoco quieren perder sus libertades en nombre del delirio de la cuarentena eterna; ni quiere mirar por la televisión mientras cumple con el inconstitucional encierro cómo la vicepresidente desplaza a los jueces que deben juzgarla. La gente no quiere seguir viviendo en la mediocridad ni ser Venezuela.
 Las masivas concentraciones que empezaron en el período electoral del año anterior fueron un aviso que la coalición triunfante no fue capaz de descifrar: el nuevo movimiento gestante en la Argentina demuestra que la participación ciudadana no termina en el momento de colocar el voto en las urnas, sino que se presenta una participación activa de la ciudadanía en las calles, sin liderazgos y de forma espontánea. Las palabras de Santiago Cafiero negando que los manifestantes representen al "pueblo" es desconectarse de forma total de los reclamos ciudadanos: la clase política argentina que nos gobierna no comprende que el Antiguo Régimen ya terminó, y si los gobernantes no representan a la gente, esta va a manifestarse. 
 Que sólo los propios merezcan llevar el nombre de "pueblo" es una vieja consigna del populismo: para que el líder encarne a la masa, y esta le tenga devoción, hace falta definir quienes son el pueblo (los que idolatran al líder, los que apoyan la cuarentena, el Estado "presente" y los matones de Quebracho que fueron a la Quinta de Olivos) y el anti-pueblo (los que valoran el mérito, los que piensan distinto, los anti-cuarentena y oligarcas cipayos, que se oponen al modelo venezolano), ignorando que el verdadero Pueblo incluye a toda la heterogeneidad presente que se encuentra bajo el territorio nacional. Hoy el "anti-pueblo" tiene la calle, y al peronismo/kirchnerismo le molesta mucho. No son manifestantes en nada parecidos a los de las revueltas en Chile, envalentonadas por células castro-chavistas, barrabravas y agresores golpistas. Son manifestantes que representan los valores de la república y respetan la democracia, y creen en sus manifestaciones ante la desesperanza de no poder creer en la clase dirigente. Hoy los outsiders como Milei y Espert crecen en las encuestas, y muchos votantes de Alberto Fernández que no representan el núcleo duro del kirchnerismo están arrepentidos de haber confiado en la vuelta del populismo. Mientras siga gobernando la agenda de Cristina y Alberto Fernández no logre escuchar el descontento popular, el gobierno va camino a perder valor más rápido que el peso frente al dólar: se cumplirá la filosofía del inglés John Locke, quien escribía en el contexto de la Revolución Gloriosa: si el gobierno rompe el lazo de confianza que entabló con la sociedad y no cumple con los motivos de su institución, el pueblo tendrá derecho a disolverlo para defender su vida, sus propiedades y libertades. Esa oportunidad se verá en 2021 y 2023, cuando, en contra de las usurpaciones a la propiedad privada; la doctrina abolicionista de los jueces; y el estatismo proto-venezolano (que empieza a tomar forma con vaivenes en la política exterior e instituciones financiadas con los impuestos que pueden llegar a coartar la libertad de expresión), este republicanismo masivo, libre y popular se manifieste en las urnas. 

viernes, 25 de septiembre de 2020

¿ES POSIBLE CRECER SIN EL MERITO?

El presidente Alberto Fernández ha manifestado públicamente que "lo que nos hace evolucionar o crecer no es verdad que sea el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años". La palabra mérito se ha instalado en el debate público: mientras la meritocracia sigue siendo un valor a perseguir por gran parte de la sociedad, por otro lado se propone el término como un antagonismo a la solidaridad y al bien común: el Papa Francisco también cuestionó la idea del mérito, declarando que "quien busca pensar en el propio mérito, fracasa".
 Las palabras del presidente no pueden entenderse a través del enunciado sin penetrar en su enunciación: aquellos que analizan los discursos políticos nunca dejan de descifrar el mensaje implícito que lleva dentro todo enunciado, es decir, la enunciación, que canaliza a través del enunciado un mensaje que conecta a la lengua con el lenguaje, al idioma con la capacidad de expresar una idea comunicativa a través del mismo. En la jerga de los discursos políticos, la estrategia comunicativa suele apuntar a distintas voliciones: hablarle a los propios; persuadir a los indecisos; y confrontar con un "ellos". 
 Siendo el jefe de Estado, el Jefe Supremo de la Nación, como reza nuestra carta magna, la palabra de un presidente es el mensaje de la cúspide de la burocracia estatal hacia todos los argentinos, pero también es una expresión del lineamiento de la Argentina de cara al exterior: inversores que miran con atención el rumbo argentino, líderes de otras latitudes que observan el modelo de país que la Argentina impulsa. 
 La palabra del presidente Fernández se encuentra más devaluada que nuestra moneda: no solo por todas sus declaraciones anteriores al flamante pacto con Cristina Fernández de Kirchner, sino también por cómo se ha comportado desde su asunción como presidente: de ser un líder que viene a cerrar la grieta y unir a todos los argentinos, se ha transformado de forma inconcebible en el hijo pródigo de la vicepresidente, ensanchando aún más las divisiones en la sociedad. Confrontando al mérito, sus palabras castigan al último gobierno, pero el recorte "como nos han hecho creer en los últimos años" no puede entenderse sin referirse a todo aquel que cree en la meritocracia, es decir, en un sistema donde se premie el mérito. La enunciación de su discurso apunta contra el que cree en progresar mediante el ingenio; obtener mejores salarios gracias a la capacitación; poder comprarse un buen automóvil mediante el esfuerzo. Y el otro destinatario importante de su discurso es el público a convencer: hay un claro intento de persuadir, de marcar un "camino" que no es el de la meritocracia. 
 Ese "ellos" es la gran parte de la clase media que con sus impuestos sostienen al sector improductivo y mantenido por el Estado, donde muchos de esa clase media, que ha triunfado gracias a sus propios méritos, vive en la Capital Federal y no vota al peronismo: ¿Será por eso que desde el gobierno se confronta tanto contra el mérito y la opulencia porteña?
¿Qué pensarán sobre estas palabras todos los argentinos que piensan en abandonar el país, porque no avizoran un buen futuro?¿Qué estarán evaluando al escuchar que no se cree en el mérito, todas las empresas que podrían irse del país como muchas que ya lo hicieron?¿Si no se crece con el mérito, entonces cómo se crece?
 El titular del poder ejecutivo no contempla la gravedad de sus dichos, que expresan que, por ejemplo, las miles de pymes que debieron bajar las persianas a causa de la cuarentena (no por no haber hecho los méritos suficientes para lograr éxitos económicos, sino por la imposibilidad de trabajar, que es el medio para lograr el mérito) tomaron una mala decisión en apostar por el riesgo de un emprendimiento y dar trabajo, ya que pidiendo subsidios posiblemente les habría ido mucho mejor. ¿Qué le está diciendo el presidente a más de la mitad del país que vive del Estado? Si el gobierno no cree en el mérito, entonces no hay intenciones de reducir los planes de emergencia progresivamente, y que la gente pueda ganarse la vida por sus propios medios. 
 El mensaje no deja de ser destructivo y también auto-destructivo: si no se evoluciona gracias al mérito, entonces el presidente tampoco debió haber llegado a ocupar el máximo cargo que puede ocupar cualquier argentino de forma meritocrática. ¿Será por eso que tenemos diputados que aparecen besando senos en el medio de una cesión legislativa, promoviendo una clase política que se acomoda mediante redes clientelares sin fomentar que los más capacitados o comprometidos para la causa pública lleguen a ocupar escaños? 
 Las ideas del Papa Francisco y el Presidente no se contradicen con la idea de no respetar la propiedad privada y ocupar tierras que tienen propietarios que las han adquirido en buena ley: si las cosas no se consiguen con el mérito, entonces nada es de nadie, todo es de todos, porque nadie se merece lo que tiene. Las roturas de silobolsas, cuyo contenido es producto del trabajo, esfuerzo e inversión de propietarios que trabajan el campo y aportan las divisas que el país necesita, también parecen permitidas en el país en donde el mérito no vale nada, solo vale ser agredido, porque el que es productivo para el Presidente no hace evolucionar a la sociedad. Sin el mérito, no existirían los Bill Gates, ya que sin recibir beneficios por hacer un aporte tan importante para toda la humanidad, entonces sería mejor quedarse sentado sin hacer nada, esperando tan solo a recibir un plan social o buscar dinero a través de medios ilícitos. El mérito es Marcos Galperín, argentino que creó una empresa que cotiza en NASDAQ, y que le sirve en su vida cotidiana a muchos argentinos y otros habitantes sudamericanos: hoy el creador de Mercado Libre se encuentra en Uruguay, ya que en su país sus méritos son despreciados, y se considera ejemplar la mafia de Moyano.
 En su libro sobre la ética, Aristóteles nos hace reflexionar sobre que la virtud es el punto medio; y la justicia es virtud, por lo tanto, no puede haber justicia donde hay escasez, ni donde hay exceso. Pero la justicia, invita el ateniense, es proporcional al mérito: cuando se le da de más a alguien que hizo menos, no hay justicia, porque hay exceso; y cuando se le da menos a alguien que hizo más, tampoco hay justicia, porque hay escasez. Lo contrario al mérito es la injusticia: vivir sin que importe el mérito es vivir en una sociedad más injusta, a pesar de que nos traten de convencer de que repartir la riqueza es hacer justicia social.
 Es injusto que chicos que tienen derecho a aprender y a estudiar no tengan clases, y es injusto que se les regale el pase de año sin aprender los contenidos requeridos; no es justo tampoco que un policía y un médico que salvan vidas ganen miserias, mientras hay funcionarios con cargos públicos ganando fortunas sin haberse esforzado por triunfar económicamente; y nunca va a ser justo que se castigue al exitoso premiando al que vive de dádivas, como si el mérito fuera un pecado. Si el pecado es no ayudar al prójimo, entonces es importante que la clase política de el ejemplo, enseñando al que necesita ayuda a dejar de necesitarla por siempre. 
 En una sociedad meritocrática, y por lo tanto más justa, probablemente estaríamos ante un país con menos pobreza, y más pujante: se le daría un valor realmente importante al estudio, sin gremialistas que son obstáculos para que haya clases normalmente, y sin una cuarentena eterna que tiene como última de sus prioridades la vuelta a clases, comprometiendo el futuro de los argentinos generando una catástrofe educativa; no habría listas sábana que obligan al votante a votar una gran cantidad de diputados que no conoce y que no son los más aptos para ocupar un lugar en la representación del pueblo (se plantearía, por ejemplo, una reducción del número de parlamentarios como lo hace Italia, y se estudiaría implementar un sistema electoral de boleta a lista abierta, donde el elector elije a su gusto los candidatos, teniendo un mayor conocimiento sobre a quién se vota, prevaleciendo la calidad por sobre la cantidad); no se aplicarían ideas que aumentan los impuestos sobre el trabajo y la producción para financiar a un sector público insostenible, viendo a la riqueza y al capital como oportunidades para crecer y no como enemigos a combatir; y por último, se valoraría el mérito, que, a pesar de lo dicho por Fernández, es lo que siempre hace progresar a una sociedad: es la perseverancia por crecer, por superarse para desde el progreso personal hacer un mundo mejor para todos. Las ideas del colectivismo y la igualdad forzada es lo que nos impide desarrollarnos: son las ideas que desincentivan el crecimiento económico, que logran la igualdad de todos en la suma pobreza al no dejar lugar a la prosperidad individual. Esta prosperidad no se trata de quitarle oportunidades a otro, sino sacarle el jugo a las propias oportunidades: quien no se destaca como individuo haciendo uso de sus virtudes, jamás puede alcanzar el bien supremo que está por encima de todos los bienes, que es la felicidad (otra enseñanza aristotélica). Así es como surgieron los inventos de los mencionados Gates y Galperín, como muchos otros que han triunfado haciendo progresar a la humanidad.
 Alguna vez en la Argentina se valoró el mérito: ese fue el país de nuestros padres o abuelos inmigrantes, que vinieron a hacer la América: construir un país con valor y sacrificio, permitiendo a su descendencia tener la posibilidad de ser profesionales. Hoy en día ya no se ve a la Argentina como una tierra de oportunidades: los descendientes de los que una vez vinieron a que se premie su esfuerzo hoy quieren irse, a un lugar a donde el mérito se valore.

viernes, 11 de septiembre de 2020

LA NUEVA GRIETA INSTALADA POR ALBERTO FERNANDEZ

La Argentina es un país al que nunca en su historia le han faltado grietas y divisiones: la unificación de la Confederación Argentina con Buenos Aires por medio del Pacto de San José de Flores y la instauración definitiva de una república federal luego de la Batalla de Pavón en 1861 fue la culminación de múltiples guerras civiles, donde la violencia, los fusilamientos y la necesidad de organizar un territorio nacional que recién empezaba a consolidarse hicieron correr mucha sangre. La división entre unitarios y federales dividía a la Argentina en cuanto a cómo sería la organización política de su territorio. Aquellos años llevaron a Domingo Sarmiento a escribir el "Facundo, civilización y barbarie", retratando las dos Argentinas que se encontraban en aquel entonces: una predominantemente rural, bajo el poderío de los caudillos, poco desarrollada y donde la violencia era el foco de resolución de los conflictos; mientras que había otra Argentina en las zonas urbanas, con respeto a la propiedad privada, con la religión como elemento educador y civilizatorio, y donde una economía más avanzada, producto de la cultura europea, distinguía a las ciudades de la pobreza del campesinado. Luego, a finales del siglo 19 vinieron las divisiones entre la plebe y la oligarquía, donde el fraude de los conservadores y los levantamientos armados de la Unión Cívica Radical mandaban en el escenario político de aquella época. En 1945 el peronismo cambió la política argentina para siempre, y en sus distintas variantes, el peronismo y el antiperonismo nos acompañarían hasta el día de hoy, con el kirchnerismo y antikirchnerismo en su forma moderna. Hoy la grieta acumula un nuevo canal de expresión, que no es más que reavivar una grieta antigua, propia de las guerras civiles del pasado: la riqueza de la Ciudad de Buenos Aires contra el resto del país. ¿Cuanto de lo que decía Sarmiento en aquel entonces, nos sigue sucediendo en la realidad? Seguimos teniendo un país con una capital rica, con índices de desarrollo superiores al resto del país en su conjunto, cuyo contraste es la Provincia de Buenos Aires, donde la inseguridad y la pobreza presentan una realidad calamitosa. 
 La grieta que instaura el presidente Alberto Fernández es desconocer la raíz del problema, la causa de tal desigualdad: mencionar que le da "pudor" y "pena" tener una Ciudad de Buenos Aires tan "opulenta", casi de forma premonitoria a la quita de un punto de coparticipación que se le realiza a la Ciudad de forma arbitraria y autoritaria para solucionar el conflicto policial bonaerense, es un síntoma de la otra epidemia que nos asola: es la romantización de la pobreza, y el desprecio por el éxito, que hace que la "pena" sea hacia el desarrollo y no hacia el atraso y la decadencia. 
 Alberto Fernández podría hablar de los sistemas feudales que funcionan hace muchos años en el sur y norte del país, sin embargo, lo que le causa pena es un distrito federal que ha hecho las cosas bien para tener un nivel de desarrollo próspero. En el sistema feudal se debía trabajar la tierra para el señor feudal a cambio de protección, ya que la aristocracia era la que tenía las armas para la defensa. En este sistema feudal del interior del país, muchos habitantes de Formosa, Santa Cruz, San Luis, entre otros feudos provinciales, siguen votando al peronismo para poder vivir del Estado, con cargos públicos o subsidios. Los feudos provinciales no generan riqueza: hay más empleo público que privado, y los porcentajes de pobreza son significativamente altos. Este aparato clientelar se sostiene mediante la coparticipación, ya que estas provincias no generan sus propios recursos. 
 La Ciudad de Buenos Aires es una de las provincias (y no debe causar ningún "pudor" llamarla de esa manera, ya que es una Ciudad-Estado con el mismo rango que el resto de los distritos federales del país) que más aporta al sistema de coparticipación federal de impuestos (representando el 18,6% de la economía argentina), y paradójicamente, es la más perjudicada: recibe un 68,92% menos de lo aportado. Formosa, una de las provincias más pobres, es la más beneficiada, recibiendo un 465% más de lo que aporta, siendo un claro ejemplo de la ineficiencia, clientelismo y decadencia del peronismo feudal del interior del país, aunque Alberto Fernández haya destacado a Gildo Insfrán como un gran gobernador en un acto público celebrado hace unos meses. 
 La desigualdad que sigue vigente en la Argentina no puede entenderse sin la mala administración de los recursos y mal manejo de la coparticipación federal, que sostiene a provincias que no tienen punto de comparación con el desarrollo alcanzado por la Ciudad de Buenos Aires, lo cual queda expuesto en el conflicto con la policía bonaerense: en la Provincia de Buenos Aires un suboficial ganaba como sueldo mínimo menos de 40.000, mientras en la Ciudad los sueldos de un suboficial son de un mínimo de 60.000, con buen equipamiento y condiciones laborales aceptables. El gobierno de Macri había aumentado la coparticipación recibida por la Ciudad a un 3,5% producto del traspaso de la policía federal para crear la nueva Policía de la Ciudad, ejerciendo el derecho de la Ciudad como distrito autónomo a administrar sus propias fuerzas de seguridad sin depender de las fuerzas federales, porcentaje que le sigue dando a la Ciudad mucho menos de lo que aporta a la administración federal. 
 Mientras en la Argentina se siga con una mentalidad que castiga a la prosperidad y el desarrollo, como el nuevo impuesto a las grandes fortunas, o solucionar problemas de una provincia que no pudieron solucionar más de 30 años de peronismo quitándole recursos a la Ciudad de Buenos Aires, la civilización y la barbarie seguirán dividiendo a los argentinos: la civilización de una ciudad de estándares europeos, con una clase media altamente consolidada, con la inseguridad en caída año a año, que le presta sus servicios a millones de bonaerenses y ciudadanos del interior que viajan a la Ciudad a atenderse, estudiar y trabajar debido a las deficiencias de sus provincias (que no deja de tener un índice de 20% de pobres, que son la otra realidad de la "opulencia" tan denostada); y un conurbano pobre, con pisos de barro, escuelas que se caen a pedazos y la infaltable barbarie del delito callejero y la mafia de las altas cumbres de la política. 
 Para tener un país más federal, se deben generar oportunidades en el resto del país, terminar con los caudillos provinciales, que no se dependa únicamente de la Ciudad para realizar las actividades que realizan los cuatro millones de argentinos que entran a territorio porteño todos los días. Pero sin castigar a la Ciudad, sino siguiendo sus pasos, sin dividir a los argentinos generando odio entre compatriotas de distintas jurisdicciones, pero de la misma Nación. Nuestra Constitución Nacional establece en su artículo 75 que la coparticipación federal de impuestos será "equitativa, solidaria, y dará prioridad al logro de un grado equivalente de desarrollo, calidad de vida e igualdad de oportunidades en todo el territorio nacional". Hasta el momento, su uso se realizó de forma discrecional, sin sancionar una ley convenio estipulada en la misma constitución, y donde comportamientos como los del presidente no demuestran intenciones de tener un país más igualitario, sino igual de pobre. Como diría Aristóteles en su Ética, la justicia es la igualdad, pero siempre en proporción al mérito del que recibe. Los porteños no tienen porqué pagar la ineficiencia y despilfarro de recursos de otras jurisdicciones, donde el mal manejo de la coparticipación no ha hecho más que ensanchar la desigualdad de dos Argentinas diferentes, ahora incrustadas en una nueva grieta, expresada  también en palabras del gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá, quien manifestó que los porteños son "terribles" e "insoportables". La judicialización del conflicto será la nueva versión de la disputa entre el desarrollo y el subdesarrollo parasitario y feudal de muchos mandatarios peronistas, que no supieron generar riqueza en tantos años gobernando La Matanza, lamentándose del éxito porteño, aunque vivan en los opulentos edificios de Recoleta.