Pablo Pérez y Lodeiro eran los mas indicados para conectarse con los laterales y los extremos, pero se los vio desenchufados, sin encontrar su lugar, mientras que Peruzzi y Colazo tuvieron la libertad para proyectarse porque Chicago no nos presionó en esas zonas, pero sus excursiones al ataque terminaban en centros que no lastimaban y nunca podían terminar de desbordar, de ir hasta el fondo, y eso es un reflejo de lo que fue el equipo: llegar a campo rival llegábamos, pero ahí era donde nos costaba maniobrar.
Otra clara muestra de desconexión fue el partido de los delanteros, porque a Osvaldo jamás le llegó la pelota limpia, siempre fue un pelotazo que era pan comido para los zagueros rivales, mientras que tanto Pavón como Carrizo estaban encerrados contra la raya, y por mas de que tuvieron la intención de encarar y hacer algo interesante nunca tuvieron esa determinación de hacer algo distinto, como combinar con un compañero o abandonar la línea de cal para sorprender por adentro, y Osvaldo tampoco se tiró atrás como contra Huracán donde eso podría hacer que le llegue la pelota mas limpia y hasta tendría la chance de conectarse con Pavón o Carrizo. Todo eso en pocas palabras significa improvisación, y es de lo que carecimos para romper la estructura del rival.
Y da la sensación de que con respecto a lo que viene siendo este año retrocedimos, porque en lugar de seguir con nuestra línea de juego, nos desesperamos y nos pusimos nerviosos por el marco y la situación, y en lugar de querer ganar el partido jugando lo quisimos ganar luchando metiendo gente en el área, y nadie dice que si no se puede ganar por abajo que no se puede intentar por arriba, pero esa lucha tiene que estar acompañada por algo de juego, como que Calleri junte marcas para que la pelota le llegue a Osvaldo, o que se pueda desbordar para que la pelota llegue bien al centro, porque tirando bochazos al área es bastante complicado, ya que los jugadores que esperan la pelota la esperan estáticos, y es muy difícil que los zagueros de Chicago no alcancen a despejar la pelota. Y el juego te da movilidad y quita referencia para que los centros valgan, pero no tuvimos nada de eso.
Y tampoco pasaron para nada desapercibidos los errores tan puntuales que nos sucedieron y que no suelen ser comunes: increíble tiro libre desperdiciado, y peor aún fue que hayamos quedados en inferioridad numérica como para que de una situación a favor se transforme una situación peligrosa para nuestro arco, clara muestra de desatención, o cuando Pablo Pérez tardó casi ocho segundos en pasar la pelota y nadie le gritó que venía un rival de atrás. Son imágenes que reflejan una tarde.
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