Hay que decir que el término "Súper" es una palabra que tiene como función agigantar a otra, y que al haber una única liga, el nombre de Superliga tiene un significado puramente marketinero. Pero teniendo en cuenta la cantidad de goles y encuentros entretenidos que supieron entregar varios equipos, hace que el prefijo se sitúe bien. Y un elemento clave para el producto de Fox y Turner que, por cuestiones de negocios, habrá que abonar aparte a pesar de que ya se esté contratando a una empresa televisiva, es el protagonismo de Boca y River, cuyas alineaciones a veces parecen dar la sensación de transformar las chances de todos en una hegemonía compartida entre los rivales de toda la vida para quedarse con el título. En este deporte, el poderío económico suele hacer la diferencia, pero si no se acompaña de un proceso de adaptación de parte de los jugadores hacia la idea del entrenador, el proceso puede no terminar hasta conseguir un título que le saque mucho peso a la camiseta. Boca ese proceso ya lo vivió, lo culminó saliendo campeón y ahora juega de memoria, mantiene a sus figuras y los que llegan solo se tienen que vestir y jugar.
Boca parece que cuando juega se divierte, tiene variantes permanentemente y los rivales se resignan a no perder con baile incluido. Olimpo fue un conjunto vagabundo, que arrancó el partido de forma enérgica tratando de sacar provecho por la espalda de los laterales. Pueden contabilizarse un intento de llegada que resolvió Magallán luego de un bochazo hacia el sector de Fabra, y un desentendido de Goltz que abrió una apertura por el sector derecho que terminó con un tiro al primer palo y a las manos de Rossi. Luego los de Bahía no encontraron la pelota, y eso se debe a que no encontraron la forma de tomar las marcas, para así neutralizar la posesión de Boca y atacarlo como pueda. Cuando ya no había nada que perder y adelantó sus líneas, lo hizo sin sustento y con pocos pases Boca lo aniquiló de contra. Cuando hay una formación bien parada y con las cosas claras y del otro lado pasa todo lo contrario, las evidencias en el marcador son más que suficientes.
Boca es un equipo que juega realmente bien porque el concepto de equipo está muy arraigado: Fabra no pasaría al ataque con tanta tranquilidad si no tuviera un Magallán que cuando sale lejos se muestra firme; Gago y Pablo Pérez no se moverían tan libremente si Barrios no estaría detrás de ellos; Benedetto no haría los goles que hace si el equipo no lo asistiría, y además es una relación recíproca, ya que Benedetto también juega para sus compañeros.
Que la camiseta de Boca pesa 100 kilos no es un mito: lo experimentaron muchos profesionales. Pero cuando la gente asiste al estadio con confianza, sabiendo que además de ímpetu va a haber un fútbol total que pagarían por ver hasta los neutrales, el jugador también está confiado, los nervios desaparecen, y pueden desarrollar sus habilidades al máximo. Eso se debe al campeonato obtenido, que además acomodó todas las piezas que hoy parecen armar una fortaleza impenetrable. Con un Gago confiado, Boca tiene un volante mixto que mete pelotazos que en realidad son pases, y hasta parece que la salida de Centurión y la llegada de Cardona perfeccionó el ideal: se restó vértigo y se sumó pausa, manteniendo calidad y dándole a la alineación un elemento que le hacía falta. Pavón hoy en día es otro jugador, mucho más perfeccionado: a ese jugador potente y veloz que era inhibido por los nervios y tendía a encerrarse en sus propias jugadas, pasó a ser un extremo derecho que le agrega inteligencia a su dinamismo: no cualquiera puede pensar en velocidad, correr y ser preciso como lo fue en los dos primeros tantos.
Si Olimpo fue incapaz de saber a que jugar, es decir, a entender como recuperar la pelota para luego pensar de qué forma conseguir aunque sea un empate, fue porque la rotación de Boca a la hora de circular el balón fue resplandeciente: los futbolistas se mueven con la pelota, teniendo siempre más de una variante para crear huecos: si Benedetto o Pavón están tapados, Cardona se cierra como un enlace, Pablo Pérez entra por sorpresa, los laterales siempre son opción por cualquiera de las bandas.
El equipo de los mellizos ya se sacó el peso de encima, juega liberado, cómodo, hasta como quiere. Y hay silencios que dicen mucho: aunque Tévez sea un ídolo e indiscutido, hoy Boca no lo necesita, tiene cada puesto y su funcionamiento en general a pleno. Si viene para la Libertadores 2018, tiene que ser a sumar y debe estar al 100%, porque con estos nombres y rendimientos, no tendría el lugar asegurado. El mensaje se explica por sí solo: la gente no está necesitando ver a un ídolo para sentirse feliz los domingos.
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