Nadie dice que ese va a terminar siendo el caso de Boca y la Superliga, pero es innegable que por el momento está ocurriendo. Ya van siete partidos y el mismo número en cantidad de victorias. Algunas más trabajadas, otras en donde floreció el mejor fútbol del xeneize. Este 4-0 ante Belgrano tuvo un poco de todo: al principio, le costó hacer pie; el elenco cordobés aparentó disputarle a Boca el mando del encuentro, hasta que los de Guillermo recuperaron la memoria y parecería ser que Belgrano también, casi como entendiendo que tenía que jugar para no recibir más goles que para conquistar una luz de esperanza.
Parecía raro al principio ver la disposición táctica de Boca: la presión no era del todo alta y agresiva, se dejaba que los centrales de Belgrano manejen la pelota y hasta avancen con ella. No se está diciendo que haya sido un error: teniendo en cuenta lo estratégico, el jugador que menos daño puede hacer teniendo la pelota en sus pies después del arquero es el defensa central, y se recalca aún más la maniobra al observar que los abalanzamientos de los zagueros visitantes no generaron peligro alguno, ya que la última línea local continuó con sus reacciones sobrias (elemento fundamental de todos los triunfos conseguidos) y Belgrano no desentonó como para impartir una discordia con el destino.
A veces lo bueno debe esperarse. Boca no se encontraba consigo mismo, Cardona estaba lento e impreciso, Pavón no hallaba los callejones, Benedetto participaba poco, Pablo Pérez no generaba con Nández esa sociedad que implicaba la presencia de Gago, hasta que el uruguayo finalmente llegó con libertad y Pavón volvió a resolver con la fuerza y velocidad exacta nuevamente, cualidad de alguien veloz y a la vez intelectual. A partir de ese momento, el equipo de la ribera estuvo en su salsa: puede comprobarse en el segundo tanto, moviendo la pelota de un lado al otro, en bloque y con pases mordaces en los últimos metros y finalizando con el gol del número 10, que se revitalizó junto con todo el equipo.
La falsa violencia interpretada contra las "boquitas", que injustificablemente se les ve negada su participación en la previa y en el entretiempo por un insólito e injustificable eslogan para este tipo de casos (su ausencia no tiene fundamentos porque van a hacer exactamente lo mismo en futsal y básquet, solo que no va a ser televisado; ellas mismas se quejaron de la medida; y sobre todo porque televisar a un grupo de chicas bailando no es violencia contra la mujer, sino que es privilegiarlas mostrando a la gente una actividad en la que se destacan), fue la emanada por el equipo para no conformarse e ir en busca de más constantemente. Violencia en el buen sentido: eso es, pases punzantes que quiebren líneas, como la pared de Jara con Espinoza, por ejemplo (violencia que significa placer), y el cambio de formación hecho por Guillermo cuando el partido ya estaba ganado, no para ser más agresivo porque el equipo ya estaba dando signos de supremacía, sino para ensayar una nueva variante, darle minutos a un interesante Espinoza, y demostrar que también se puede ser igual de organizado, disciplinado, profundo y manteniendo el ideal futbolístico con un hombre más de ataque y sin un volante central de contención. Toda una variante que para los tiempos del fútbol de hoy en día en donde muchos equipos optan por jugar la pelota al ras y con extremos ya no es revolucionario, pero que revuela al fútbol argentino porque justifica el liderazgo hegemónico de Boca.
No hay que olvidarse de otro estandarte de lo que está siendo esta campaña: Rossi responde en el momento que debe hacerlo, y a estas alturas ya se ganó el título de arquero de equipo grande.
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