jueves, 15 de marzo de 2018

BOCA 0 RIVER 2: LA AVIDEZ ESTRATÉGICA DE LAS FINALES

Hace mucho tiempo que el fútbol nos miente con esos grandes espectáculos de las finales: cuando aparece un partido de tal trascendencia, los medios dan rollo acerca de lo que va a ser el juego del año, pero ya se cae de maduro que las finales no se ganan dando espectáculo: se alza con la copa el más pícaro, el que por detalles tuvo más suerte que el rival en encuentros que suelen ser cerrados. No gana tampoco el que pone más, porque en una final los dos equipos que trazaron su camino hacia el título dejan todo, pero en esa lucha pavorosa el que se equivoca menos se dice que tuvo lo que se necesita.
 Boca es un gran equipo, que tiene figuras exponenciales y que no sabe lo que es no ir primero en el torneo local; puede jugar sin una buena entonación ante rivales menores, pero termina ganando por defecto, porque es el mejor equipo de la Argentina y le convierten poco, mientras que con un par de jugadas que estén bien armadas le alcanza para hacer más goles que el rival aunque no lo merezca, aunque en la mayoría de los compromisos lo merece. Pero eso le alcanza para salir campeón en el último torneo y seguramente conquistar la actual Superliga. La pregunta es: ¿alcanza para salir inmune en competencias donde los cruces son mano a mano, que no es lo mismo que un torneo donde se alza con la conquista el de mayor cantidad de puntos? La Copa Libertadores empieza de verdad a partir de octavos de final, pero esta Supercopa ante el rival de toda la vida era una posibilidad para analizar si Boca tiene ese condimento que se necesita, que no es lo mismo que conseguir regularidad en un certamen de 30 fechas.
 River también tiene futbolistas importantes, pero es un equipo mediocre, que en todos los torneos locales no supera las expectativas, que no puede jugar con un volumen de juego aceptable por más de dos partidos, pero juega estas copas y las gana. El fútbol es tan insólito que podemos decir que en cuanto a los dos equipos en cuestión, Boca y River, el primero es el de alto vuelo hecho y moldeado para los torneos domésticos, mientras que el segundo siempre está sufriendo pero saca una sonrisa cuando juega copas internacionales o locales, porque nació para verse cara a cara con rivales en cruces únicos o de ida y vuelta (a pesar del histórico papelón en las semis con Lanús).
 Enfocándose específicamente en esta Supercopa para observar porqué River es más que Boca en este tipo de partidos, puede dejarse entrever la muñeca del entrenador: no le importó levantar el volumen de juego a la hora de pasarse la pelota, sino incrementar la intensidad y presionar constantemente con Martínez encima de Barrios, Mora tapando la salida de Fabra, Pratto el juego con los pies de Goltz y todo el equipo al rededor de Ponzio haciendo pressing en el medio, y siendo letal: Rossi tuvo mucho menos trabajo que Armani, pero en una contra los de Gallardo sacaron a relucir su ingenio y el DT acertó haciendo entrar a Scocco en el segundo tiempo, cuando cualquiera lo hubiese colocado como titular.
 Boca no fue el Boca de Guillermo: se inclinó deficientemente por explotar las espaldas de Montiel con lanzamientos aéreos para Pavón como único y pobre recurso, que estuvo incisivo pero el equipo no se conectó con él. La razón fue que Cardona estuvo confundido, primero parado como enlace y luego en su zona tradicional por la izquierda; Tévez desapareció; Pérez permaneció incómodo y Nández no encontró los espacios. En parte porque River no se lo permitió, y también porque Boca no fue capaz de generar. En el segundo tiempo Armani fue figura porque River lo dejó crecer, y Boca creció por inercia y carácter, sin contundencia, y con un buen arquero del otro lado eso no alcanza para penetrar la valla rival.
 En el fútbol la cabeza juega mucho: evidentemente, Boca no está a la altura psicológica que tiene River para estos partidos, pero hay que analizar sobre todo lo futbolístico: porqué en el torneo local Tévez está más suelto y tiene más intervenciones, Cardona se luce con su habilidad, Jara y Fabra son laterales que llegan hasta el fondo, y en partidos como este las virtudes se desvanecen. El mundo Boca es tan exigente que hasta ganando un campeonato local no alcanza. Guillermo debe resolver qué hace falta para que alcance en instancias tan decisivas, porque si bien sumando todos los torneos locales de la última década Boca acumula más puntos que River, en los cruces superclásicos históricos del último tiempo River lleva tres de ventaja. Tal vez Boca no sea ese gran equipo que aparenta ser y en los partidos más importantes se manifiestan sus síntomas del síndrome del Poco Fútbol En Los Cruces Decisivos. Y con fútbol ya uno no se refiere únicamente a gustar, sino a saber marcar dentro del área para no cometer penales (ahora Cardona, en su momento fue Marín), no entregarse cuando todavía es posible empatar el partido, entre otros atributos que significan la avidez que se necesita.

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