lunes, 2 de julio de 2018

ARGENTINA 3 FRANCIA 4: FINAL ANUNCIADO

Por más de que el resultado registre tres goles argentinos, el encuentro tuvo un claro ganador, que fue superior en todo momento, ante una Argentina que nunca hizo pie y que sufrió la crisis futbolística que no sería posible sin una crisis institucional. Los errores de Sampaoli y la imagen triste de Messi mirando el suelo son los síntomas de una patología estructural. 
 Para analizar los aspectos generales, primero hay que entender lo micro, lo que acarrea este encuentro en particular y lo que fue esta copa del mundo: Sampaoli nunca pudo armar un equipo, no supo administrar los nombres para hacer de ellos una columna vertebral. Venía de ganar ante Nigeria con un primer tiempo más que aceptable, y en vez de ir a lo seguro y repetir los nombres o esquema decidió sorprender con un 4-3-3 con Messi como "falso nueve", la posición en la que se vio su mejor versión en un Barcelona de Guardiola que deslumbró al mundo entero y marcó una época en el fútbol. Pero el entrenador catalán no lo logró por el esquema, sino que el esquema era el marco en el cual se expresaba su idea, donde Messi era el estandarte del lema de que "los grandes futbolistas deben jugar por el centro". Este 4-3-3 de Sampaoli no era la expresión numérica de un largo trabajo y una identidad futbolística, sino que fue un volantazo más, ensuciado por la improvisación con la que se fue a jugar este mundial. Si las cosas no salieron como el entrenador las pensó fue porque no hubo un proceso que las elabore. 
 Lo único que quedó claro del paso de Sampaoli por la selección nacional fue que para él la posesión de la pelota es indispensable, ya que Argentina es hasta el momento el tercer equipo que más tiempo tuvo la pelota en su poder en lo que va de Rusia 2018, pero el problema argentino es qué hacer con ella, cómo hacer para que Messi se sienta cómodo, como hacer para que Pavón o Di María lleguen a una posición neta de ataque en la que puedan asistir o terminar ellos mismos la jugada. Fue tal el desorden y el desconcierto que en un momento Messi se ubicó como volante y Enzo Pérez se paró como centro-atacante. Pero los mayores problemas se vieron sin duda cuando la pelota la tuvo el rival: una defensa mal escalonada y una mitad de la cancha que le miró el número de la camiseta a M'Bappe, que por destreza individual y falencias ajenas tuvo un partido consagratorio para los suyos y que significó una pesadilla para los contrincantes. 
 El fútbol a veces es tan raro que, como dijo Latorre en sus comentarios de la transmisión y en su editorial en La Nacion, hacer goles a veces puede ser más fácil que jugar bien. Di María nos dio el empate, vaya la paradoja, ubicado en una posición impensada. Pero ni siquiera encontrándose con el 2-1 Argentina supo manejar el partido: no se cuidó de los desbordes y centros franceses, y el desequilibrio táctico, sumado a una desventaja técnica (porque hay que reconocer que tal vez Francia tenga mejores jugadores que Argentina) se le sumaron inconvenientes físicos para que sea imposible emparejar la ecuación. 
 La derrota era un final anunciado porque un equipo que llega sin ningún respaldo, con problemas de continuidad de un proyecto futbolístico (Martino se fue luego del papelón de los Juegos Olímpicos, y Bauza duró nada más que ocho meses) que se evidencian en la casi no clasificación a la competencia y en la derrota 0-3 ante Croacia que pudo haber significado la no clasificación hacia esta fase, tarde o temprano tiene que encontrar un final, porque el fútbol, en casos así, tiene bastante lógica. Por eso es lógico que los uruguayos estén orgullosos de su selección aunque quede afuera en los cuartos de final: porque se ve un trabajo serio, donde se denota un respeto de los futbolistas hacia Tabárez y porque hay una estructura que hace posible una renovación, donde tal vez nunca más aparezcan jugadores como Cavani o Suárez pero sí aparecen juveniles como Bentancur, que no entran como los posibles salvadores como debió hacerlo Pavón, sino que juegan respaldados en una estructura sólida.
 Por lo tanto, lo que ocurrió en este mundial es uno de los síntomas de lo que viene pasando en la AFA hace varios años, que podría continuar con una millonaria indemnización a Sampaoli que evidencie una vez más la incapacidad de la dirigencia de llevar adelante un saneamiento institucional y una renovación política que debe empezar por ordenar las cuentas. 
 Ya se terminó la época de los Mascherano, Biglia, posiblemente Higuaín, Di María, tal vez Messi. Jugadores que surgieron de buenas participaciones de Argentina en las juveniles, lo cual hoy por hoy no ocurre. Los nombres que asoman como la renovación son Pezzela, Lautaro Martínez, Pavon, entre otros que puedan mencionarse, pero si no se hacen bien las cosas desde la cúpula dirigencial, por más de que se siga teniendo una buena genética para que aparezcan futbolistas, los resultados seguirán siendo el síntoma de una enfermedad que por ahora parece incurable. Los hinchas expulsados de Rusia son otro síntoma, en este caso extra-futbolístico, que nos enseña que el mundo es el límite a los morbos internos. 

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