lunes, 12 de noviembre de 2018

BOCA 2 RIVER 2: EL PODER DE FUEGO QUE NO QUEMO

Esta final de Libertadores única en la historia es, a su vez, una posibilidad histórica para que Boca le haga saber al mundo su supremacía como el más grande de la Argentina y de los más gigantes del mundo: afianzar su paternidad con River ganándole el superclásico más importante, y también llegar a la séptima copa, igualando a Independiente como el más campeón de América. Un superclásico es distinto a todos los clásicos del mundo: el ganador no solo está feliz por la victoria, sino que puede gozar del sufrimiento del otro. Por ese motivo Boca puede gozar durante toda la eternidad del descenso de su archi-rival, y el que conquiste esta Libertadores va a poseer la licencia para festejar durante toda la posteridad.
 La estrategia de Gallardo fue efectivamente superadora en gran parte del primer tiempo, entrenador que, vale destacar, fue justamente suspendido luego de una actitud reveladora y soberbia contra las reglas, obteniendo el disciplinamiento debido (en palabras de Focault, la vigilancia y las reglas se imponen con el objetivo de crear subjetividades útiles para el sistema, y en un tercer mundo como Sudamérica destacado por el fracaso de los aparatos de normalización a la hora de evitar la inseguridad y la transgresión a la norma, la Conmebol debía dar una muestra de carácter a la hora de imponer un orden infaltable de acuerdo a los ojos del mundo y al prestigio de la competencia). La estrategia fue superadora porque hizo que River merezca el gol antes que Boca. Haber jugado con cinco defensores no implicó que el visitante haya salido a defenderse, sino todo lo contrario: los tres zagueros le permitieron a River salir desde el fondo ejerciendo superioridad numérica ante la fría presión en soledad de Abila, para luego jugar con Palacios y Martínez flotando en la zona de los interiores de Boca y abriendo a Montiel y Casco, posibilitando la utilización de todo el campo de juego y ganando los duelos individuales. En el campo de juego se interioriza la exterioridad y se exterioriza la interioridad (aludiendo a la teoría de Bourdieu sobre cómo influye el Hábitus en el comportamiento de las personas dentro de cualquier campo de la vida), es decir que lo colectivo influye para potenciar o empeorar lo individual y una individualidad aporta al juego colectivo. River supo hacer figura a Rossi porque además de su disposición táctica, ganó los duelos individuales a partir de un apoyo colectivo que se retroalimentó de las decisiones individuales: Perez, Barrios y Nandez no supieron como tomar a los futbolistas rivales, que los superaron en el medio campo, y Montiel y Casco recibieron llegando al vacío en más de una oportunidad, sumado a que Pratto, cuando se inclinó por el sector izquierdo, generó un desierto por la posición de Jara (un desierto por la incapacidad del lateral de Boca para controlar su sector). 
 Aunque Palacios no tuvo el despliegue que suele tener, Martínez volvió a ser un dolor de cabeza para el xeneize: tal vez ese sea el factor que le haya faltado a los de Guillermo: un futbolista que vea la camiseta de River y huela sangre. Mientras el ex enganche de Huracán se hace protagonista en los superclásicos, Pablo Pérez no puede sostener su garra y claridad durante estos partidos tan trascendentes. 
 La esperanza de Boca está en su poder de fuego: no necesita elaborar demasiado para llegar al gol, porque tiene jugadores con una capacidad formidable para convertir. Así lo demostraron Abila y Benedetto, que pusieron a Boca dos veces en ventaja. Pero mientras Boca no esté sólido defensivamente (tanto por errores individuales como por el advenimiento rival en la mitad de la cancha, la zona vital en donde se explican muchas variables de un partido) y seguro desde lo mental (porque el hecho de que Pratto haya empatado el partido después de que River saque del medio es un síntoma de la distracción y la fuerza psicológica que se vislumbran en Boca y River, respectivamente), ese poder de fuego no va a quemar. Es una llama que se mantiene prendida por unos instantes y después se apaga. Cuando Boca tenía el resultado a favor en un segundo tiempo controlado, ya que, paradójicamente, la lesión de Pavón le permitió jugar con más firmeza y conteniendo en mayor medida las iniciativas rivales (pasó a jugar con un 4-4-2 con Villa por izquierda y dos centro-delanteros), era hora de enfriar el partido y jugar con la desesperación de River, pero el equipo local cometió una infracción que le permitió a Martínez sacar a relucir su pegada y ocurrió la desgracia del gol en contra. 
 River, que ya no adoctrinaba la mitad de la cancha como antes, resignó un defensor para poblar más el medio con Fernández, y Boca descartó la posibilidad de desbordar por las bandas sacando a un Villa exhausto por Tevez, una modificación razonable porque si había algo que le faltaba a Boca era conexión con los dos delanteros, y Carlitos podía cumplir ese rol en la transición de defensa a ataque. Casi le sale perfecto a Guillermo, pero Benedetto no pudo con Armani. 
 Puede decirse que ahora el problema lo tiene Boca, ya que no pudo sacar una ventaja como local, y que luego de haber ganado todos sus partidos en la Bombonera sin que le conviertan goles desde octavos de final, no le encontró la vuelta a River. Pero es una final, es fútbol, es un superclásico, y la serie está totalmente abierta. 
 El fútbol es tan poco lineal que, algunos recordaran la final que Boca no pudo con Palmeiras en la Bombonera (empate 2-2) y que lo terminó consagrando por penales en Brasil; mientras que más cercano en el tiempo, otros se acordarán que en los goles que erraron Cvitanich y Viatri sobre el final en el partido de ida de la final en el 2012 estuvo la suerte de campeón del Corinthians. Esto es fútbol y el futuro es indescifrable. En definitiva, eso es lo que hace lindo a este deporte. 

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