jueves, 23 de julio de 2020

CUENTO: LA ACADEMIA DE ANGELES


En el mundo espiritual de los ángeles, cada ángel espera por su oportunidad para encarnar en un cuerpo humano y empezar su vida en el Mundo Terrestre, para luego volver a morir y regresar al Mundo Celeste, y luego volver a reencarnar y así sucesivamente.  Este mundo de ángeles es como el cielo mismo: está lleno de nubes y las entidades espirituales flotan de aquí para allá.
 La Academia de Ángeles es la institución donde cada ángel portador de un alma debe instruirse para poder encarnar correctamente en un cuerpo. El ángel D44 acaba de ingresar a la Academia, y se siente ofuscado por ello.
D44 no entiende para qué debe hacer semejante sacrificio: se siente frustrado por tener que ir de forma obligatoria a la Academia en la madrugada angelical, cuando podría ser en un horario donde las almas estén más descansadas y rindan mejor; este ángel tampoco entiende porqué debe estar tantas horas en la Academia, ya que desea aprovechar el tiempo para realizar otras tareas; y sobre todas las cosas, D44 no soporta tener que ir revestido del aura espiritual de la Academia, cuando se siente más cómodo con su propio aura. El aura es una especie de esfera que hace sentir placentera al alma del ángel, y todos los ángeles que asisten a la Academia deben revestirse de la misma aura. D44 no soporta tal falta de libertad.
Un día, el Ángel Supremo ingresó al aula de la Academia donde se encontraba D44, y reprimió severamente a todos los que tenían un aura distinta. Sus reproches eran calamitosos. El Ángel Supremo se obsesionaba con que todos estén iguales, sin interesarse en lo absoluto en que tal vez el aura de la Academia no les gustaba demasiado.
Para D44, su fastidio no solo consistía en no poder elegir el aura con la cual revestirse, sino también aquella rutina obligada y coercitiva a la que debía someterse cada día en la Academia: además de tener que ir con pocas horas de descanso, cada vez soportaba menos tener que pararse cada mañana angelical con los otros ángeles, y recitar el Himno Celestial. El Ángel Supremo se creía que todos los ángeles debían sentirse orgullosos por cantar ese himno, y el que no lo cantaba era obligado a hacerlo. D44 no paraba de temblar y sentir terror cuando el Ángel Supremo hacía un control de rutina y revisaba a uno por uno para ver si cada ángel estaba cumpliendo con todo lo ordenado por la Academia angelical. 
 Un día D44 se plantó frente a uno de los ángeles veteranos que daban clases en aquella institución celestial, luego de hacer la reverencia obligada ante cada ángel veterano que se presentaba: “¡Por qué mierda nos obligan a todos a venir acá, nos visten a todos de la misma manera, nos obligan a seguir rituales estúpidos, nos exigen que les tengamos respeto de forma obligatoria a todos los que nos mandan!”
El ángel veterano, que se sorprendió al escuchar tal queja antes de comenzar la clase, respondió: “Son reglas que se deben seguir. Algún día vas a salir de esta Academia, y vas a tener un cuerpo en el mundo terrenal. Te estamos preparando para ello”.
D44 solo sintió más rabia con aquella respuesta. ¿Sirven de algo estas estructuradas y ridículas normas? Obligan a todos los ángeles a tener respeto por Ángeles superiores de forma restringida, sin ganárselo. ¿Tiene sentido obligar a pedir un respeto exagerado a otro sin que este lo sienta? D44 odiaba hasta su propio nombre: no quería ser una combinación de números y letras al igual que todos los ángeles. Quería tener su propio nombre, valerse como individuo, y no ser parte de una masa donde todos eran obligados a ser iguales: usar su propia aura, y no la misma que el resto que iba a esa maldita Academia de Ángeles; no quería pasar la mayor parte del día allí, sino que quería disfrutar de otras herramientas del Mundo Celeste: encima que tenía que asistir a ese lugar gran parte del día, en su tiempo libre lo obligaban a realizar ejercicios que le encomendaban en la Academia.
 Vestirse como otros le dicen, tener control sobre sus horarios y decisiones, obligarle a cantar Himnos y seguir rituales con la excusa de que se le deben tener respeto porque el Ángel Supremo lo dice, sin que el respeto nazca del alma. D44 pensaba que todo era una gran estupidez, y que, al momento de encarnar en un cuerpo, tales rigideces no harían a las almas mejores, sino peores. De hecho, ya estaba ocurriendo: todos los ángeles acataban todas las órdenes por miedo a ser reprimidos, pero en el momento que no los veían, desataban con furia un libertinaje que hasta resultaba peligroso. La pedagogía de inculcarle a cada ángel cómo debía actuar y pensar a veces creaba almas sin pensamiento propio (como si fueran robots), y otras veces creaba un efecto contraproducente: la rebeldía desataba un caos que desestabilizaba todo orden pretendido.  
 Un día el alma de D44 encarnó en un cuerpo humano, y ya en el Mundo Terrestre, sin recordar absolutamente nada de lo que había sido su vida en el Mundo Celeste, se preguntó: ¿Acaso sirve de algo todo lo que nos obligan a hacer, cuando al mundo le faltan tantos valores?

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