La tecnología es una variante para el progreso desde cualquier punto de vista, no solo desde el siglo que nos toca vivir, sino desde que se inventó la televisión a color o la fotografía, y así como se puede pedir la utilización de la boleta electrónica, uno nunca intenta conformarse y busca progresar en cualquier aspecto que nos depare la vida. Cuando en el Mundial de Brasil 2014 se implementó el ojo de halcón, la medida estaba para el aplauso porque acabó con una injusticia como es la de no convalidar un gol cuando la pelota ingresó en su totalidad o cobrar un tanto ilegítimo, jugadas muy minuciosas que deben ser sentenciadas en menos de un segundo y muchas veces está fuera del alcance de la vista de un árbitro o juez de línea. Pero decimos que es justo y soluciona un problema porque no cambia la esencia del juego, al instante el árbitro recibe una señal de un dispositivo. Se cobran los goles que son, se sigue el juego cuando no lo son, no afecta el tiempo neto del partido, es realmente una mejora sustancial que facilita el arbitraje sin entorpecer el desarrollo.
No hay que decirle que no a los progresos; no nos olvidemos que el fútbol estuvo muchos años sin jugarse con tarjetas, lo que hoy sería algo inaudito; y menos decirle que no a la tecnología, que hoy en día nos marca el camino del futuro. Tampoco se azotan las nuevas introducciones al reglamento, como el pase atrás cuando se saca del medio, entre otras cosas que no alteran el producto (que quizás tampoco lo mejoren). Pero otra cosa muy distinta es generar injusticia para los espectadores, donde no se puede creer el bochorno que hay que contemplar parando el juego más de tres minutos, además de retrotraer una jugada que los jugadores ya dan por terminada. No es injusto que se cobre un penal que lo fue, pero sí es un injusto hacer del juego una maquinaria de videos y una paciencia desmesurada.
Además, queda expuesto la poca importancia que le da la FIFA a la competencia continental más importante de todas. Tal vez Infantino de por sentado que el Real Madrid tenga un 95% de chances de alzarse con el trofeo y que su pálido festejo consista en un apretón de manos entre Zidane y Cristiano Ronaldo, similar a la competencia del 2014 o la que conquistó el Barcelona el año pasado, pero aún así no hay que olvidarse de que es el Mundial de Clubes, la continuidad de una Copa Intercontinental que fue la gloria de varios equipos sudamericanos y hasta europeos. Aunque ahora en Zurich no le den importancia y lo usen de torneo fetiche para andar haciendo ensayos paupérrimos, es un torneo que es y seguirá siendo importante aunque no lo quieran. No hubiera estado mal probar este menoscabo recurso en un torneo sub-17, pero no, la soberbia seguro guió su instinto para implementarlo en una competición de semejante magnitud.
Además de pensar en los futbolistas que seguramente reclamen la poca pericia de los árbitros en determinadas situaciones (de hecho estos inventos aparecen por malos rendimientos de los jueces, que en principio deberían ser el único parámetro para arbitrar las acciones), como el caso del papelón en la final de la Copa Argentina entre Central y Boca, también hay que pensar en que la gente paga una cuota o una entrada para ver un espectáculo, en este caso el certamen que se disputa en Japón, y a cambio les están devolviendo basura, demoras como si fuera un partido de rugby, cuando una de las cualidades que diferencia este deporte de los demás es la fluidez. Reitero lo dicho anteriormente: no le quitemos al fútbol la esencia que lo hizo el deporte más popular del planeta.
Entra la FIFA y la AFA (con gran complicidad de la agencia de deportes cordobesa) vivimos en una sola semana dos verguenzas de nivel atómico, con un fallido invento tecnológico mal implementado, en forma desubicada y desvirtuando el desarrollo de partidos trascendentales, y una final de Copa Argentina que no se merecía esa porquería de campo de juego. Y menos se merece la gente escuchar que el campo está siete puntos, cuando está aplazado, y no tendría que estar ni ocho ni nueve puntos, sino diez. Es una final, ¿de esta forma quieren generar nuevos recursos transmitiendo el fútbol argentino en el exterior? Así no se puede reconstruir nada, en ninguno de los dos organismos, con tan poca seriedad.
Y no me parece mal hacer un punto aparte sobre las resoluciones de los árbitros ante esta medida en el Mundial de Clubes: pueden quedar tan ridículos como se dice, pero ellos son empleados de la FIFA y cumplen órdenes. Dejemos de echarle la culpa a los cuatro de copas, y vayamos a los verdaderos culpables.
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