martes, 15 de septiembre de 2026

Adelanto de mi libro: Republicanismo, ¿Qué es ser republicano?

        Fragmento del primer capítulo de Republicanismo, ¿Qué es ser republicano?

Esa “cosa de todos”, que empieza de forma incipiente mediante el pensamiento de Aristóteles, encuentra en la soberanía del pueblo, y por consiguiente a través de la democracia indirecta, la mejor forma de manifestarse y crear un sentido cívico y comunitario, uniendo y formando, como lo entendía Rosseau, una voluntad general, que lejos de ser un cúmulo de las voluntades particulares de cada individuo, es una manifestación superadora y pluralista.
 La democracia republicana poco tiene que ver con la democracia ateniense, que era directa. Es decir, cuando no había representantes que se dedicaban profesionalmente a la política, sino que era el mismo ciudadano común el que participaba. No hay riesgos de caer en la anarquía, estado referido por Platón donde como gobiernan todos, no termina gobernando nadie. Ni de caer en la demagogia, la degradación de la democracia que pensaba Aristóteles.
 En esta democracia representativa, la desconcentración del poder resultante de la división de poderes se encarga mediante la institucionalidad de impedir derivas autoritarias. A su vez, las diversidades de pensamiento y pluralidad de intereses se cristalizan en la institución del parlamento. Esto no quiere decir que la república sea imbatible, y que la democracia, que funciona al amparo de aquella, sea un régimen perfecto. Como muchos otros sistemas de gobierno, hay fallas, y problemas que no siempre logran resolverse. Pero el funcionamiento teórico de la república, activando los mecanismos institucionales previstos y concebidos, es el sistema que más defiende la libertad y permite acercarse lo más posible a la resolución pacífica de conflictos.
 Sin dudas, el republicanismo tiene que ver con una filosofía que, dejando atrás el oscurantismo y el absolutismo, prepondera la institucionalidad por encima de cualquier persona. Es una línea de pensamiento y acción que rechaza el personalismo, y pone a todos los ciudadanos por igual.
 Puede agregarse que el republicanismo es un status quo que pauta reglas del juego determinadas. La arquitectura institucional hace factible aplicar cambios, incluso reformar las instituciones, pero en la medida en que, al participar en una misma arena, jugamos todos de la misma manera, respetando las mismas reglas.
 La teoría de las dos revoluciones, que como se ha mencionado anteriormente pondera la Revolución Francesa y la Revolución Industrial como los dos focos que dan lugar al mundo contemporáneo, no significa que ambas revoluciones sean elementos separados e independientes uno de otro. Así como el orden republicano es el orden político que logra que vivamos de la forma más libre y justa posible, incluso con la posibilidad fehaciente de participar en la toma de decisiones, el orden capitalista es el sistema económico más libre y progresivo de toda la historia. Y debemos animarnos a decir que, para cuidar la libertad del ciudadano, el republicanismo debe garantizar la reproducción del capitalismo y la economía de mercado, ya que el orden político y el económico se retroalimentan. De hecho, gran parte de la discusión pública transparentada por el republicanismo abarca coyunturas económicas, y posiblemente la gente podría dejar de creer y respetar los métodos y valores de la república si esta misma no es capaz de dar respuestas concretas y efectivas ante el malestar económico.
 El mundo contemporáneo le da existencia y entidad al ciudadano, en cuanto al orden político; y al burgués, trabajador, empresario, en el orden económico. Sin ser ciudadanos, probablemente la burguesía no habría podido desarrollarse. Así como el capitalismo produjo grandes desplazamientos del campo a las ciudades, el republicanismo logró que esos habitantes de las ciudades, ahora llamados ciudadanos, participen en política ya sea debatiendo en clubes (así comenzó a gestarse la Revolución Francesa), leyendo diarios, contribuyendo a una opinión pública que luego se plasma en las candidaturas y en los sufragios masivos.
 Sin ciudadanía no hay capitalismo, porque sin tener derechos que nos amparan para no ser confiscados (como cuando se firma la Carta Magna en Inglaterra), los derechos de propiedad que hacen funcionar al mercado no serían posibles.
 Como sistema que busca ser racionalista, dando explicaciones ante la ciudadanía porque se asume que ahora ésta puede y debe participar en los temas que le competen, esa apertura y creatividad para pensar y aplicar soluciones se replica también en la economía, con personas idóneas para invertir dinero y así hacer progresar económicamente a las sociedades con una gran cuota de talento individual.
 Este cambio astronómico y copernicano en la socialización conlleva no solamente modificaciones cuantitativas, ya que ahora la soberanía del pueblo consta del sufragio para constituir un gobierno. Sino que hay también una reforma cualitativa, donde los súbditos se transforman en ciudadanos. Es decir, al contar con ciudadanos, se cuenta con sujetos con derechos y libertades. Los derechos de ciudadanía, que abarcan derechos civiles, políticos y sociales, hacen que la evolución de súbdito en ciudadano sea en un aspecto bidimensional: por un lado, el gobierno que conduce el Estado tiene la obligación de respetar los derechos del ciudadano; y, por otro lado, el ciudadano como tal ahora es partícipe de las políticas que lo afectan.
 En esa segunda dimensión es interesante destacar que, ya sea no solamente a la hora de emitir el voto, sino al momento de informarse, formar una opinión, debatir, el ciudadano forma parte de la esfera pública, más allá de que no sea el tomador de decisiones final. Y a esta segunda dimensión podríamos sumar múltiples sub-dimensiones, que nutren el ejercicio de la ciudadanía: la educación, los negocios, el trabajo, la cultura, la religión, el deporte. Podemos decir que la democracia se ejerce al momento de votar, pero la república funciona constantemente, las 24 horas del día de los 365 días del año. No sólo ejercemos la democracia, sino que vivimos en democracia gracias a la República. Sin república, la democracia no funciona.
 Si la democracia fuera solo un acto eleccionario, no estaríamos ante una democracia republicana sino ante una democracia cesarista, donde el tirano es votado por la gente, pero no por eso deja de ser tirano. El republicanismo es el corazón de la democracia porque la hace funcionar no solamente en cuanto a los mecanismos para acceder al poder, sino también para ejercerlo. En pocas palabras, sin división de poderes y predominio de las instituciones no hay república, y sin república, la democracia no funciona y se vuelve una cáscara vacía.

Tomás Racki. Politólogo. Diplomado en Seguridad Ciudadana. 

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