lunes, 9 de noviembre de 2020

CUENTO: EL TROGOMETRO

En la galaxia Pacificus, a 200.000 millones de años de la Vía Láctea, solamente hay un planeta con vida: en el planeta Trogomatia, existen millones de especies llamadas Trogomitas, que no poseen  ni una forma bípeda ni cuadrúpeda; tampoco tienen forma de ave, ni de pez, ni de pulpo, ni de larva; no tienen una composición gelatinosa; ni forma de insecto o de hongo. Son especies completamente diferentes a las terrícolas, y es prácticamente imposible medir su tamaño: en las dimensiones del planeta Tierra, estos seres serían microscópicos, pero trasladando a los humanos a la dimensión del planeta Trogomatia, los humanos serían tan solo un metro más altos. Estos desniveles son debido a la distorsión que implica el traslado de una galaxia a la otra. 
 Todavía resulta imposible determinar la forma de respirar de los Trogomitas, que resulta ser tan extraña como la definición de la forma física de su cuerpo. A pesar de tal desconocimiento, lo que se sabe de ellos es que gozan de una organización sumamente armónica y avanzada. 
 Poseen un sistema de gobierno que implica que los Trogomitas más capaces y con mejores intenciones se encarguen de la administración de la cosa pública; todos tienen trabajo, ya que nadie se queda sin la posibilidad de aprender y aportar a donde se piensa que se puede ayudar; cada Trogomita trabaja en lo que lo apasiona, y se especializa en lo que más le gusta, por eso todos trabajan y en sus trabajos son muy eficientes, a tal punto que ningún empleador Trogomita le dice que no a alguien que quiera empezar a trabajar en su emprendimiento. Hay Trogomitas exitosos, otros que viven bien pero no tienen tanto, pero nadie siente resentimiento por ningún otro, ya que para los Trogomitas, no existe el robo ni el impuesto a las fortunas, sino solo competir para ser más eficiente. Cada uno tiene lo que se merece de acuerdo al mérito de su trabajo, y al que le falta algo solo tiene que trabajar mejor para conseguirlo. Pero más allá de su organización política y económica, hay un componente de su organización social al que los Trogomitas le dan casi la totalidad de su atención: el Trogómetro.
 El Trogómetro es una unidad de medida, sumamente compleja para el entendimiento humano, que mide la felicidad de los Trogomitas. Este instrumento planetario, al alcance de toda la sociedad Trogomita, se encuentra sumamente ligado a la natalidad: es muy probable que cuando aumentan los niveles de la población Trogomita, aumente el nivel del Trogómetro, lo cual es un motivo de festejos y alegría en todas las calles del planeta Trogomatia.
 Si la demografía experimenta una expansión, quiere decir que hay muy buen vínculo entre los Trogomitas; en su mundo reina la paz y el amor, y estos se multiplican al multiplicarse la cantidad de familias. Solo existe la monogamia entre los Trogomitas, y cuando Trogomitas Alfa llegan a un determinado desarrollo deben buscar un Trogomita Omega de acuerdo a la atracción sensorial. Cuando un Trogomita Alfa comienza un vínculo con un Omega, significa que cada uno abandonará su hogar para formar uno nuevo, aumentar su nivel de felicidad y generar una descendencia que haga exactamente lo mismo, transmitiendo los ideales de la paz del planeta Trogomatia. 
 La forma de un Trogomita Alfa de conectarse con un Trogomita Omega una vez alcanzado el desarrollo adecuado es a través del Túnel Trogometral: es un lugar inmenso, sumamente oscuro, donde el Trogomita Alfa ingresa sin ver nada. Al caminar se percata de la existencia de distintas luces, y siguiendo cada luz esta lo lleva al encuentro de un Trogomita Omega. Una vez realizado el encuentro, el Alfa debe introducir su trompa en el cerebro del Omega: si hay atracción sensorial, es motivo de alegría y festejo en las familias, ya que indica la inminente construcción de un hogar, el crecimiento de la natalidad y un buen indicador del Trogómetro; si no hay atracción sensorial, el Alfa continúa su búsqueda. 
 Todo funcionaba a la perfección en Trogomatia, y el Túnel Trogometral era tan infalible, que el Trogómetro no paraba de crecer. La demografía estaba en auge, la felicidad también. Sin embargo, un día todo cambió: en el Trogómetro comenzaron a bajar los indicadores. 
 Los Trogomitas especialistas en el tema, preocupados en gran medida, comenzaron a estudiar la situación hasta que dieron en la clave de lo que estaba sucediendo, y las expectativas no eran nada buenas: diagnosticaron que los niveles del Trogómetro seguirían bajando. El problema estaba en los Trogomita Omega: un día estos dejaron de aceptar a los Alfa como condición para construir un hogar y desarrollar sus vidas, y se pusieron sumamente restrictivos, con el objetivo de cambiar su rol en la estructura social y hacerse cada vez más predominantes: exigieron mucho más tiempo para construir el hogar, sin aceptar que una vez verificada la atracción sensorial, la unión sería inminente; empezaron a cobrar impuestos a los Alfa para introducir su trompa en el cerebro de los Omega; y lo que hizo decaer rotundamente la natalidad, y por lo tanto la felicidad y el Trogómetro, fue el cambio en las reglas del juego del Túnel Trogometral: al alcanzar la luz, muchos Alfa empezaron a ser rechazados por los Omega (no era posible la comprobación de la atracción sensorial, pero tampoco el más mínimo atisbo de comunicación). Esta onda expansiva de rebelión se extendió por todos los Omegas.
 Estas medidas rebeldes de los Omega hicieron que comenzara a caer la demografía, pero lo que hizo caer los indicadores del Trogómetro por los suelos fueron distintas revoluciones de mayor nivel acontecidas en manos de los Omegas: estos dejaron de asistir al Túnel, siendo las luces a la vista de los Alfa cada vez menos; y muchos de los que habían construido un hogar comenzaron a irse de él, e incluso muchos Omegas asesinaron a sus hijos antes de que nacieran. Esta onda expansiva de manifestó también en el lenguaje, donde los Omegas cambiaron muchos de los símbolos necesarios para comunicarse con tal de que el nuevo sistema lingüístico los empodere.
 La conspiración de los Omegas se hizo tan grande, que el planeta tuvo que dividirse en dos circunscripciones completamente separadas: por un lado, los Alfa, y por otro lado, los Omega. El Trogómetro, que estaba del lado de los Alfa, no subía, ya que sin los Omega los Alfa no podían reproducirse, entonces muchos Alfa comenzaron a hacer viajes hacia el ahora sector Omega, buscando traer Trogomitas de aquel lado para construir hogares que hagan levantar la demografía.
 Los Alfas fueron ignorados, despreciados, ninguneados. A muchos se les exigía el pago de impuestos muy altos, imposibles de abonar. Después de años de caída libre, la crisis llegó a tal punto que el Trogómetro dio 0. La especie de los Trogomitas dejó de existir, y el planeta Trogomatia quedó desolado. Los tiempos de paz, cordialidad, felicidad, amor entre Trogomatias Alfa y Omega y la figura de la familia habían quedado muy lejos. 

viernes, 16 de octubre de 2020

EL 12 DE OCTUBRE: UN NUEVO MOVIMIENTO SE GESTA EN LA ARGENTINA

En 1789 el rey Luis XVI convocó a los Estados Generales ante la crítica coyuntura bélica y financiera que atravesaba Francia en aquel entonces. Al borde de la quiebra, y perdiendo la guerra histórica con Austria por los territorios de Alsacia y Lorena, el monarca requería de forma urgente aumentar los impuestos. Los representantes del pueblo presentaron ante los Estados Generales las quejas y protestas de la plebe, unida con la burguesía: el malestar del pueblo llano transformó el vínculo entre gobernantes y gobernados: con la caída del Antiguo Régimen, en los Estados modernos ya no habría lugar para la figura del súbdito. De ahora en más la emergente figura del ciudadano implicaría un compromiso de la clase gobernante para con las demandas de este. La Revolución Gloriosa ocurrida en Inglaterra (1688) tiene una analogía importante con lo acontecido en la Revolución Francesa: movimientos como los Levellers condujeron al derrocamiento de la dinastía de los Estuardo, promoviendo el fin del absolutismo monárquico y el respeto hacia las libertades individuales, como la libertad de pensamiento, libertad religiosa, y la propiedad privada.
 Vivir en la modernidad se concierta con la idea de la representación. Por la falta de representatividad de los políticos hacia los ciudadanos hoy surgen los "outsiders" de la política: Donald Trump, Jair Bolsonaro, Boris Johnson, aparecieron como alternativas que supieron cómo canalizar y re-conducir el descontento de la población. 
 En la Argentina el "que se vayan todos" del 2001 no alcanzó para modificar la política tradicional: el peronismo y el radicalismo (con la sumatoria del macrismo en forma de coalición) siguen disputándose la hegemonía electoral. Pero desde 1945 el peronismo conservó una hegemonía muy difícil de arrebatar: las calles siempre fueron del movimiento creado por el difunto coronel, producto de masas que vieron en el líder carismático la concesión de un Estado de Bienestar en el corto plazo. 
 Desde el 2019, una vez consumada la derrota catastrófica que hizo saltar el dólar por los aires y vaticinar un nuevo gobierno kirchnerista, un nuevo movimiento empezó a gestarse: es de una gran ingenuidad creer que las grandes convocatorias de aquel año se dieron con el objetivo de clamar por la figura de Macri, un político que se observa como respetuoso de las instituciones pero que no cambió ni supo cambiar los problemas estructurales de la economía. Entre militantes macristas y radicales se sumaron votantes apartidarios que no se identifican con Macri, sino con una república libre de corruptos, donde se valore la meritocracia y los valores de la libertad. 
 El 2020 sin dudas será recordado (tal vez junto con los próximos años) como el año de las protestas y manifestaciones auto-convocadas, con un gran componente de la clase media (el sector social más castigado) sumado al resto de las clases sociales. Estas convocatorias, como la masiva concentración en distintos puntos del país en este 12 de octubre, se dan en un contexto de crisis de la política: la gente ya no cree en los políticos, ni en la justicia, ni en su moneda. La convocatoria en el día de la diversidad cultural se dio en el marco de una diversidad de reclamos: el miedo al coronavirus resulta ser insignificante en comparación al miedo que implica la imagen de Venezuela. En un globo publicitario con las banderas argentinas y venezolanas que volaba por encima de la Plaza de la República figuraba una clara consigna: "Venezuela y Argentina libres". Gran parte de la Argentina ya no está dispuesta a pagar altos impuestos que financian al aparato burocrático del Estado que beneficia en gran parte a la clase política; tampoco quieren perder sus libertades en nombre del delirio de la cuarentena eterna; ni quiere mirar por la televisión mientras cumple con el inconstitucional encierro cómo la vicepresidente desplaza a los jueces que deben juzgarla. La gente no quiere seguir viviendo en la mediocridad ni ser Venezuela.
 Las masivas concentraciones que empezaron en el período electoral del año anterior fueron un aviso que la coalición triunfante no fue capaz de descifrar: el nuevo movimiento gestante en la Argentina demuestra que la participación ciudadana no termina en el momento de colocar el voto en las urnas, sino que se presenta una participación activa de la ciudadanía en las calles, sin liderazgos y de forma espontánea. Las palabras de Santiago Cafiero negando que los manifestantes representen al "pueblo" es desconectarse de forma total de los reclamos ciudadanos: la clase política argentina que nos gobierna no comprende que el Antiguo Régimen ya terminó, y si los gobernantes no representan a la gente, esta va a manifestarse. 
 Que sólo los propios merezcan llevar el nombre de "pueblo" es una vieja consigna del populismo: para que el líder encarne a la masa, y esta le tenga devoción, hace falta definir quienes son el pueblo (los que idolatran al líder, los que apoyan la cuarentena, el Estado "presente" y los matones de Quebracho que fueron a la Quinta de Olivos) y el anti-pueblo (los que valoran el mérito, los que piensan distinto, los anti-cuarentena y oligarcas cipayos, que se oponen al modelo venezolano), ignorando que el verdadero Pueblo incluye a toda la heterogeneidad presente que se encuentra bajo el territorio nacional. Hoy el "anti-pueblo" tiene la calle, y al peronismo/kirchnerismo le molesta mucho. No son manifestantes en nada parecidos a los de las revueltas en Chile, envalentonadas por células castro-chavistas, barrabravas y agresores golpistas. Son manifestantes que representan los valores de la república y respetan la democracia, y creen en sus manifestaciones ante la desesperanza de no poder creer en la clase dirigente. Hoy los outsiders como Milei y Espert crecen en las encuestas, y muchos votantes de Alberto Fernández que no representan el núcleo duro del kirchnerismo están arrepentidos de haber confiado en la vuelta del populismo. Mientras siga gobernando la agenda de Cristina y Alberto Fernández no logre escuchar el descontento popular, el gobierno va camino a perder valor más rápido que el peso frente al dólar: se cumplirá la filosofía del inglés John Locke, quien escribía en el contexto de la Revolución Gloriosa: si el gobierno rompe el lazo de confianza que entabló con la sociedad y no cumple con los motivos de su institución, el pueblo tendrá derecho a disolverlo para defender su vida, sus propiedades y libertades. Esa oportunidad se verá en 2021 y 2023, cuando, en contra de las usurpaciones a la propiedad privada; la doctrina abolicionista de los jueces; y el estatismo proto-venezolano (que empieza a tomar forma con vaivenes en la política exterior e instituciones financiadas con los impuestos que pueden llegar a coartar la libertad de expresión), este republicanismo masivo, libre y popular se manifieste en las urnas. 

viernes, 25 de septiembre de 2020

¿ES POSIBLE CRECER SIN EL MERITO?

El presidente Alberto Fernández ha manifestado públicamente que "lo que nos hace evolucionar o crecer no es verdad que sea el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años". La palabra mérito se ha instalado en el debate público: mientras la meritocracia sigue siendo un valor a perseguir por gran parte de la sociedad, por otro lado se propone el término como un antagonismo a la solidaridad y al bien común: el Papa Francisco también cuestionó la idea del mérito, declarando que "quien busca pensar en el propio mérito, fracasa".
 Las palabras del presidente no pueden entenderse a través del enunciado sin penetrar en su enunciación: aquellos que analizan los discursos políticos nunca dejan de descifrar el mensaje implícito que lleva dentro todo enunciado, es decir, la enunciación, que canaliza a través del enunciado un mensaje que conecta a la lengua con el lenguaje, al idioma con la capacidad de expresar una idea comunicativa a través del mismo. En la jerga de los discursos políticos, la estrategia comunicativa suele apuntar a distintas voliciones: hablarle a los propios; persuadir a los indecisos; y confrontar con un "ellos". 
 Siendo el jefe de Estado, el Jefe Supremo de la Nación, como reza nuestra carta magna, la palabra de un presidente es el mensaje de la cúspide de la burocracia estatal hacia todos los argentinos, pero también es una expresión del lineamiento de la Argentina de cara al exterior: inversores que miran con atención el rumbo argentino, líderes de otras latitudes que observan el modelo de país que la Argentina impulsa. 
 La palabra del presidente Fernández se encuentra más devaluada que nuestra moneda: no solo por todas sus declaraciones anteriores al flamante pacto con Cristina Fernández de Kirchner, sino también por cómo se ha comportado desde su asunción como presidente: de ser un líder que viene a cerrar la grieta y unir a todos los argentinos, se ha transformado de forma inconcebible en el hijo pródigo de la vicepresidente, ensanchando aún más las divisiones en la sociedad. Confrontando al mérito, sus palabras castigan al último gobierno, pero el recorte "como nos han hecho creer en los últimos años" no puede entenderse sin referirse a todo aquel que cree en la meritocracia, es decir, en un sistema donde se premie el mérito. La enunciación de su discurso apunta contra el que cree en progresar mediante el ingenio; obtener mejores salarios gracias a la capacitación; poder comprarse un buen automóvil mediante el esfuerzo. Y el otro destinatario importante de su discurso es el público a convencer: hay un claro intento de persuadir, de marcar un "camino" que no es el de la meritocracia. 
 Ese "ellos" es la gran parte de la clase media que con sus impuestos sostienen al sector improductivo y mantenido por el Estado, donde muchos de esa clase media, que ha triunfado gracias a sus propios méritos, vive en la Capital Federal y no vota al peronismo: ¿Será por eso que desde el gobierno se confronta tanto contra el mérito y la opulencia porteña?
¿Qué pensarán sobre estas palabras todos los argentinos que piensan en abandonar el país, porque no avizoran un buen futuro?¿Qué estarán evaluando al escuchar que no se cree en el mérito, todas las empresas que podrían irse del país como muchas que ya lo hicieron?¿Si no se crece con el mérito, entonces cómo se crece?
 El titular del poder ejecutivo no contempla la gravedad de sus dichos, que expresan que, por ejemplo, las miles de pymes que debieron bajar las persianas a causa de la cuarentena (no por no haber hecho los méritos suficientes para lograr éxitos económicos, sino por la imposibilidad de trabajar, que es el medio para lograr el mérito) tomaron una mala decisión en apostar por el riesgo de un emprendimiento y dar trabajo, ya que pidiendo subsidios posiblemente les habría ido mucho mejor. ¿Qué le está diciendo el presidente a más de la mitad del país que vive del Estado? Si el gobierno no cree en el mérito, entonces no hay intenciones de reducir los planes de emergencia progresivamente, y que la gente pueda ganarse la vida por sus propios medios. 
 El mensaje no deja de ser destructivo y también auto-destructivo: si no se evoluciona gracias al mérito, entonces el presidente tampoco debió haber llegado a ocupar el máximo cargo que puede ocupar cualquier argentino de forma meritocrática. ¿Será por eso que tenemos diputados que aparecen besando senos en el medio de una cesión legislativa, promoviendo una clase política que se acomoda mediante redes clientelares sin fomentar que los más capacitados o comprometidos para la causa pública lleguen a ocupar escaños? 
 Las ideas del Papa Francisco y el Presidente no se contradicen con la idea de no respetar la propiedad privada y ocupar tierras que tienen propietarios que las han adquirido en buena ley: si las cosas no se consiguen con el mérito, entonces nada es de nadie, todo es de todos, porque nadie se merece lo que tiene. Las roturas de silobolsas, cuyo contenido es producto del trabajo, esfuerzo e inversión de propietarios que trabajan el campo y aportan las divisas que el país necesita, también parecen permitidas en el país en donde el mérito no vale nada, solo vale ser agredido, porque el que es productivo para el Presidente no hace evolucionar a la sociedad. Sin el mérito, no existirían los Bill Gates, ya que sin recibir beneficios por hacer un aporte tan importante para toda la humanidad, entonces sería mejor quedarse sentado sin hacer nada, esperando tan solo a recibir un plan social o buscar dinero a través de medios ilícitos. El mérito es Marcos Galperín, argentino que creó una empresa que cotiza en NASDAQ, y que le sirve en su vida cotidiana a muchos argentinos y otros habitantes sudamericanos: hoy el creador de Mercado Libre se encuentra en Uruguay, ya que en su país sus méritos son despreciados, y se considera ejemplar la mafia de Moyano.
 En su libro sobre la ética, Aristóteles nos hace reflexionar sobre que la virtud es el punto medio; y la justicia es virtud, por lo tanto, no puede haber justicia donde hay escasez, ni donde hay exceso. Pero la justicia, invita el ateniense, es proporcional al mérito: cuando se le da de más a alguien que hizo menos, no hay justicia, porque hay exceso; y cuando se le da menos a alguien que hizo más, tampoco hay justicia, porque hay escasez. Lo contrario al mérito es la injusticia: vivir sin que importe el mérito es vivir en una sociedad más injusta, a pesar de que nos traten de convencer de que repartir la riqueza es hacer justicia social.
 Es injusto que chicos que tienen derecho a aprender y a estudiar no tengan clases, y es injusto que se les regale el pase de año sin aprender los contenidos requeridos; no es justo tampoco que un policía y un médico que salvan vidas ganen miserias, mientras hay funcionarios con cargos públicos ganando fortunas sin haberse esforzado por triunfar económicamente; y nunca va a ser justo que se castigue al exitoso premiando al que vive de dádivas, como si el mérito fuera un pecado. Si el pecado es no ayudar al prójimo, entonces es importante que la clase política de el ejemplo, enseñando al que necesita ayuda a dejar de necesitarla por siempre. 
 En una sociedad meritocrática, y por lo tanto más justa, probablemente estaríamos ante un país con menos pobreza, y más pujante: se le daría un valor realmente importante al estudio, sin gremialistas que son obstáculos para que haya clases normalmente, y sin una cuarentena eterna que tiene como última de sus prioridades la vuelta a clases, comprometiendo el futuro de los argentinos generando una catástrofe educativa; no habría listas sábana que obligan al votante a votar una gran cantidad de diputados que no conoce y que no son los más aptos para ocupar un lugar en la representación del pueblo (se plantearía, por ejemplo, una reducción del número de parlamentarios como lo hace Italia, y se estudiaría implementar un sistema electoral de boleta a lista abierta, donde el elector elije a su gusto los candidatos, teniendo un mayor conocimiento sobre a quién se vota, prevaleciendo la calidad por sobre la cantidad); no se aplicarían ideas que aumentan los impuestos sobre el trabajo y la producción para financiar a un sector público insostenible, viendo a la riqueza y al capital como oportunidades para crecer y no como enemigos a combatir; y por último, se valoraría el mérito, que, a pesar de lo dicho por Fernández, es lo que siempre hace progresar a una sociedad: es la perseverancia por crecer, por superarse para desde el progreso personal hacer un mundo mejor para todos. Las ideas del colectivismo y la igualdad forzada es lo que nos impide desarrollarnos: son las ideas que desincentivan el crecimiento económico, que logran la igualdad de todos en la suma pobreza al no dejar lugar a la prosperidad individual. Esta prosperidad no se trata de quitarle oportunidades a otro, sino sacarle el jugo a las propias oportunidades: quien no se destaca como individuo haciendo uso de sus virtudes, jamás puede alcanzar el bien supremo que está por encima de todos los bienes, que es la felicidad (otra enseñanza aristotélica). Así es como surgieron los inventos de los mencionados Gates y Galperín, como muchos otros que han triunfado haciendo progresar a la humanidad.
 Alguna vez en la Argentina se valoró el mérito: ese fue el país de nuestros padres o abuelos inmigrantes, que vinieron a hacer la América: construir un país con valor y sacrificio, permitiendo a su descendencia tener la posibilidad de ser profesionales. Hoy en día ya no se ve a la Argentina como una tierra de oportunidades: los descendientes de los que una vez vinieron a que se premie su esfuerzo hoy quieren irse, a un lugar a donde el mérito se valore.

viernes, 11 de septiembre de 2020

LA NUEVA GRIETA INSTALADA POR ALBERTO FERNANDEZ

La Argentina es un país al que nunca en su historia le han faltado grietas y divisiones: la unificación de la Confederación Argentina con Buenos Aires por medio del Pacto de San José de Flores y la instauración definitiva de una república federal luego de la Batalla de Pavón en 1861 fue la culminación de múltiples guerras civiles, donde la violencia, los fusilamientos y la necesidad de organizar un territorio nacional que recién empezaba a consolidarse hicieron correr mucha sangre. La división entre unitarios y federales dividía a la Argentina en cuanto a cómo sería la organización política de su territorio. Aquellos años llevaron a Domingo Sarmiento a escribir el "Facundo, civilización y barbarie", retratando las dos Argentinas que se encontraban en aquel entonces: una predominantemente rural, bajo el poderío de los caudillos, poco desarrollada y donde la violencia era el foco de resolución de los conflictos; mientras que había otra Argentina en las zonas urbanas, con respeto a la propiedad privada, con la religión como elemento educador y civilizatorio, y donde una economía más avanzada, producto de la cultura europea, distinguía a las ciudades de la pobreza del campesinado. Luego, a finales del siglo 19 vinieron las divisiones entre la plebe y la oligarquía, donde el fraude de los conservadores y los levantamientos armados de la Unión Cívica Radical mandaban en el escenario político de aquella época. En 1945 el peronismo cambió la política argentina para siempre, y en sus distintas variantes, el peronismo y el antiperonismo nos acompañarían hasta el día de hoy, con el kirchnerismo y antikirchnerismo en su forma moderna. Hoy la grieta acumula un nuevo canal de expresión, que no es más que reavivar una grieta antigua, propia de las guerras civiles del pasado: la riqueza de la Ciudad de Buenos Aires contra el resto del país. ¿Cuanto de lo que decía Sarmiento en aquel entonces, nos sigue sucediendo en la realidad? Seguimos teniendo un país con una capital rica, con índices de desarrollo superiores al resto del país en su conjunto, cuyo contraste es la Provincia de Buenos Aires, donde la inseguridad y la pobreza presentan una realidad calamitosa. 
 La grieta que instaura el presidente Alberto Fernández es desconocer la raíz del problema, la causa de tal desigualdad: mencionar que le da "pudor" y "pena" tener una Ciudad de Buenos Aires tan "opulenta", casi de forma premonitoria a la quita de un punto de coparticipación que se le realiza a la Ciudad de forma arbitraria y autoritaria para solucionar el conflicto policial bonaerense, es un síntoma de la otra epidemia que nos asola: es la romantización de la pobreza, y el desprecio por el éxito, que hace que la "pena" sea hacia el desarrollo y no hacia el atraso y la decadencia. 
 Alberto Fernández podría hablar de los sistemas feudales que funcionan hace muchos años en el sur y norte del país, sin embargo, lo que le causa pena es un distrito federal que ha hecho las cosas bien para tener un nivel de desarrollo próspero. En el sistema feudal se debía trabajar la tierra para el señor feudal a cambio de protección, ya que la aristocracia era la que tenía las armas para la defensa. En este sistema feudal del interior del país, muchos habitantes de Formosa, Santa Cruz, San Luis, entre otros feudos provinciales, siguen votando al peronismo para poder vivir del Estado, con cargos públicos o subsidios. Los feudos provinciales no generan riqueza: hay más empleo público que privado, y los porcentajes de pobreza son significativamente altos. Este aparato clientelar se sostiene mediante la coparticipación, ya que estas provincias no generan sus propios recursos. 
 La Ciudad de Buenos Aires es una de las provincias (y no debe causar ningún "pudor" llamarla de esa manera, ya que es una Ciudad-Estado con el mismo rango que el resto de los distritos federales del país) que más aporta al sistema de coparticipación federal de impuestos (representando el 18,6% de la economía argentina), y paradójicamente, es la más perjudicada: recibe un 68,92% menos de lo aportado. Formosa, una de las provincias más pobres, es la más beneficiada, recibiendo un 465% más de lo que aporta, siendo un claro ejemplo de la ineficiencia, clientelismo y decadencia del peronismo feudal del interior del país, aunque Alberto Fernández haya destacado a Gildo Insfrán como un gran gobernador en un acto público celebrado hace unos meses. 
 La desigualdad que sigue vigente en la Argentina no puede entenderse sin la mala administración de los recursos y mal manejo de la coparticipación federal, que sostiene a provincias que no tienen punto de comparación con el desarrollo alcanzado por la Ciudad de Buenos Aires, lo cual queda expuesto en el conflicto con la policía bonaerense: en la Provincia de Buenos Aires un suboficial ganaba como sueldo mínimo menos de 40.000, mientras en la Ciudad los sueldos de un suboficial son de un mínimo de 60.000, con buen equipamiento y condiciones laborales aceptables. El gobierno de Macri había aumentado la coparticipación recibida por la Ciudad a un 3,5% producto del traspaso de la policía federal para crear la nueva Policía de la Ciudad, ejerciendo el derecho de la Ciudad como distrito autónomo a administrar sus propias fuerzas de seguridad sin depender de las fuerzas federales, porcentaje que le sigue dando a la Ciudad mucho menos de lo que aporta a la administración federal. 
 Mientras en la Argentina se siga con una mentalidad que castiga a la prosperidad y el desarrollo, como el nuevo impuesto a las grandes fortunas, o solucionar problemas de una provincia que no pudieron solucionar más de 30 años de peronismo quitándole recursos a la Ciudad de Buenos Aires, la civilización y la barbarie seguirán dividiendo a los argentinos: la civilización de una ciudad de estándares europeos, con una clase media altamente consolidada, con la inseguridad en caída año a año, que le presta sus servicios a millones de bonaerenses y ciudadanos del interior que viajan a la Ciudad a atenderse, estudiar y trabajar debido a las deficiencias de sus provincias (que no deja de tener un índice de 20% de pobres, que son la otra realidad de la "opulencia" tan denostada); y un conurbano pobre, con pisos de barro, escuelas que se caen a pedazos y la infaltable barbarie del delito callejero y la mafia de las altas cumbres de la política. 
 Para tener un país más federal, se deben generar oportunidades en el resto del país, terminar con los caudillos provinciales, que no se dependa únicamente de la Ciudad para realizar las actividades que realizan los cuatro millones de argentinos que entran a territorio porteño todos los días. Pero sin castigar a la Ciudad, sino siguiendo sus pasos, sin dividir a los argentinos generando odio entre compatriotas de distintas jurisdicciones, pero de la misma Nación. Nuestra Constitución Nacional establece en su artículo 75 que la coparticipación federal de impuestos será "equitativa, solidaria, y dará prioridad al logro de un grado equivalente de desarrollo, calidad de vida e igualdad de oportunidades en todo el territorio nacional". Hasta el momento, su uso se realizó de forma discrecional, sin sancionar una ley convenio estipulada en la misma constitución, y donde comportamientos como los del presidente no demuestran intenciones de tener un país más igualitario, sino igual de pobre. Como diría Aristóteles en su Ética, la justicia es la igualdad, pero siempre en proporción al mérito del que recibe. Los porteños no tienen porqué pagar la ineficiencia y despilfarro de recursos de otras jurisdicciones, donde el mal manejo de la coparticipación no ha hecho más que ensanchar la desigualdad de dos Argentinas diferentes, ahora incrustadas en una nueva grieta, expresada  también en palabras del gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá, quien manifestó que los porteños son "terribles" e "insoportables". La judicialización del conflicto será la nueva versión de la disputa entre el desarrollo y el subdesarrollo parasitario y feudal de muchos mandatarios peronistas, que no supieron generar riqueza en tantos años gobernando La Matanza, lamentándose del éxito porteño, aunque vivan en los opulentos edificios de Recoleta. 

viernes, 28 de agosto de 2020

CUENTO: EL MERCADO DE FRUTAS

 En la profundidad de una selva donde sólo habita vida silvestre y vegetación, lejos de la civilización y del clima contaminado de las ciudades cosmopolitas, una comunidad de animales se organiza para que a nadie le falten los recursos que brinda la naturaleza. Los monos son la especie más avanzada e inteligente, y en la zona más exclusiva de la selva, pasando un pantano y distintos ríos es donde se encuentra el mercado de frutas: un sistema de intercambio donde todos salen ganando, ya que los monos son los que trabajan recolectando las frutas, y cada uno luego vende los frutos que recolectó a otros animales a cambio de servicios que estos ofrecen. El mercado es una gran cueva con distintos pisos de altura, donde en cada rincón hay troncos de árbol donde los monos guardan sus frutas que esperan ser vendidas. Los osos hormigueros son grandes clientes: ellos compran frutas a cambio de comerle a los monos las hormigas que caminan por su pelaje. 
 Lejos del mercado, distanciado por múltiples ríos, cascadas y pantanos muy peligrosos, habita una comunidad de monos nómades que aspiran a llegar al mercado de frutas para hacerse de un puesto donde negociar sus frutas recolectadas. Polimeko es un joven mono que presenta grandes habilidades: es ágil para trepar, rápido para desplazarse, perspicaz para captar peligros y oportunidades, y además tiene una corpulencia admirable para entrenarse día y noche: nadie duda de que puede ser capaz de triunfar en el mercado de frutas, recolectando todas las mejores frutas posibles para venderlas a los clientes más exclusivos de toda la selva. 
 Polimeko forma parte de una camada jóvenes monos que apuntan a llegar al mercado de frutas para seguir desarrollándose como homínidos: en la parte de la selva donde viven no hay tantos recursos y especies de animales; en cambio en el mercado de frutas los espera toda una vida de relaciones intra-especie y habilidades nuevas por delante. 
 Polimeko nunca pensó que un día se despediría de sus amigos tan rápido:
 -Polimeko: creo que ya estoy maduro para ir al mercado. Me motiva mucho este desafío.
 -Parmánado: yo también estoy muy emocionado. Mañana por la tarde voy a estar llegando al mercado de frutas. No veo la hora de llegar.
 -Polimeko: ¿Pero cómo?¿Mañana a la tarde? El mercado de frutas está muy, muy lejos... No vas a poder escalar las montañas, viajar en las lianas, saltar las aguas tan rápido. 
 -Parmánado: No, Polimeko. No voy a tardar más de un día porque voy a cruzar el pantano con los cocodrilos, ya tengo todo arreglado. 
 -Polimeko: Ha, cierto, vos eras amigo de esos...
 Al oír la conversación se acercan otros monos, que cuentan cómo van a llegar al mercado.
 -Sermónodo: Mira vos. A mí me va a llevar nada más que dos horas. Me lleva un águila volando. Es una amiga de mi primo.
 -Queráclato: Yo voy a estar llegando a la madrugada. Me lleva una manada de elefantes, amigos de mis padres. Corriendo son más rápidos que una gacela. Y allá en el mercado ya tengo todo el puesto instalado, voy a laburar con mi hermano que está allá hace un año.
 -Sermónodo: ¿Y vos Polimeko, cómo vas a llegar? 
 -Polimeko: Y no sé, qué se yo. Yo iré por mi propia cuenta.
 -Queráclato: Estás loco, es re lejos. No vas a llegar más. Aparte es peligroso, mirá si te morís de hambre en el camino. 
 -Parmánado: Bueno Polimeko, pensalo, capaz más adelante se presenta una oportunidad para llegar. Vos sos el más capaz de todos nosotros pero no hagas cagadas, si te mandás solo tal vez nunca llegues. Yo parto mañana, seguro en algún momento nos veremos allá.
 Había llegado el día de mañana y Polimeko quería partir sea como sea al igual que sus amigos. Al fin y al cabo, él era el mono con más habilidades, no podía quedarse atrás mientras todos sus amigos llegaban al mercado de frutas.
 Polimeko emprendió el camino hacia el futuro que él tanto esperaba: convertirse en un exitoso mono en el mercado de frutas. Para ello debía cruzar toda la selva.
 Al llegar a un pantano lleno de cocodrilos, Polimeko sintió que le temblaban las piernas: si se metía a nadar, un cocodrilo se lo podía comer. Pero Polimeko recordó cómo su amigo Parmánado iba a llegar por el pantano gracias a los cocodrilos, así que se atrevió a consultarle a un cocodrilo mientras un pajarito le limpiaba los dientes:
 -Polimeko: Señor, disculpe, yo tengo que llegar al mercado de frutas, alguno de ustedes podría...
 -El cocodrilo: ¿que hacés acá nene, a vos quién te conoce? Te van a comer vivo.
 -Polimeko: Pero un amigo mío...
 -El cocodrilo: Ha, sí, ese mono que pasó hace un rato. Ese es amigo del jefe, a ese lo ayudamos. Pero a vos no te conoce nadie, no tenés nada que hacer acá.
 Polimeko no se desilusionó y decidió escoger otro camino: eligió llegar por la zona de los montes. 
 Escalando una montaña Polimeko vió un águila que volaba cerca. Polimeko pensó que tal vez una de esas lo ayudaba a subir, pero cuando vio cómo el pájaro se aproximaba de forma amenazante, Polimeko se inclinó para atrás y aunque cayó al suelo muy adolorido, hubiese sido peor quedarse arriba mientras era desgarrado por las garras del pájaro.
 -Polimeko: casi me mata esa conchuda. Pero safé. Si no se puede llegar por los montes y los pantanos lo voy a hacer por el llano, aunque tarde más. Yo voy a llegar.
 Polimeko pasó días caminando sin parar, pensando en sus amigos que con la ayuda de otras especies ya habían llegado y estaban trabajando en el mercado. Los otros monos no tenían las condiciones físicas de Polimeko, pero con la mano que le daban otros animales, todo se hacía más fácil.
 Un día Polimeko no dió más de caminar. Cayó desplomado, mientras un león pasaba por al lado suyo, y el pobre mono pensaba qué bien le vendría que un felino tan fuerte le de una mano, una simple ayuda que le permita llegar. 
 Polimeko no pudo llegar al mercado de frutas. A pesar de sus grandes habilidades, el camino era muy largo y duro para hacerlo por sus propios méritos. Polimeko tenía todo para triunfar, pero pereció por el simple hecho de no conocer a nadie.

martes, 18 de agosto de 2020

EL 17 DE AGOSTO: EL PEDIDO POR UN PAIS LIBRE Y REPUBLICANO

El 17 de octubre de 1945 miles de personas fueron a la Plaza de Mayo en apoyo a la liberación de un líder que supo cómo persuadir a las masas: durante esa época la radio era un gran instrumento utilizado por la política, y sobre todo por líderes carismáticos que hacían un culto al personalismo. La historia demostraría que el culto a un líder suele terminar avasallando los derechos individuales, como fue el caso del general Perón, quien en aquel 17 de octubre habría logrado dar comienzo al movimiento peronista y legitimar la continuidad de un gobierno de facto y autoritario por medio de las elecciones que lo darían como ganador frente a la Unión Democrática. 
 El 17 de agosto de 2020 se dio en toda la Argentina un reclamo espontáneo y auto-convocado por la gente, con las redes sociales como principal instrumento de convocatoria (ahora a la radio solo le tocaría relatar lo que ocurre, sin ser el principal mecanismo transformador de la realidad), y con la consigna de reclamar por la libertad de los mismos participantes, sin ser guiados por ningún tipo de líder. Es el repudio a los políticos tradicionales lo que moviliza a la gente, que quiere ser la protagonista de la historia y no limitarse a esperar a que sus representantes elegidos por medio del voto actúen por ellos. 
 En este 17, pero de agosto, y del 2020, en memoria de otro general, el que hizo un culto a la libertad, el General José de San Martín, libertador de las guerras de la independencia, distintos mensajes hicieron eco del hartazgo social hacia una clase política que le arrebató a la ciudadanía esa libertad reclamada. Sin centralizarse en un foco homogéneo de reclamos, y de forma pacífica y con los cuidados necesarios en el contexto de la pandemia, las manifestaciones en distintos puntos del país fueron con distintos objetivos: no a la reforma judicial; no a la caída estrepitosa de la economía; no al cierre de escuelas; no a la inseguridad; no al atropello de las instituciones y una cuarentena eterna e injustificada. 
 Después de ver por las noticias las desapariciones y asesinatos de civiles por parte de la policía a causa del simple hecho de no cumplir con el confinamiento, una gran parte de la sociedad canalizó en la convocatoria una forma de expresar un mensaje: ese mensaje es que la sociedad no va a dejar que se pierdan sus derechos tan fácilmente; que no se tolera ser perseguido por las fuerzas de seguridad por pasear un perro o salir a remar en un bote, mientras la vicepresidente avanza con una ley que viola la independencia del poder judicial: como diría Jean Jacques Rousseau, el padre del Contrato Social, una ley debe emanar de la voluntad general, teniendo como fin un objetivo general, porque el único bien existente en un pacto social es el bien común, y cuando las voluntades particulares se distancian de la voluntad general y apuntan a objetivos individuales, la ley pierde la fuerza del pacto que la hace posible. La reforma judicial impulsada por el oficialismo tiene un costo económico totalmente irracional de pagar; beneficia únicamente al kirchnerismo ampliando la cantidad de jueces federales para nombrar magistrados afines al poder y no afecta en lo más mínimo las deudas que tiene la justicia con la sociedad (entre ellas, castigar en forma debida a los delincuentes). La única beneficiada con la reforma es la vicepresidente: la ley no tiene nada que ver con la voluntad general, sino con una voluntad totalmente individual. 
 En un contexto de pérdida de las libertades, el virus es una gran herramienta política para los gobernantes: resulta ser una gran oportunidad para negarle a la gente el derecho de salir y manifestarse, utilizando el recurso de la muerte con la complicidad de muchos infectológos, que ven en la opción de encerrarse una solución maestra, en vez de optar por la responsabilidad ciudadana, el cuidado individual y una cuarentena inteligente para los grupos de riesgo. En años anteriores la ocupación de camas de terapia intensiva estuvieron en un nivel similar; cerca de 30.000 personas mueren por año en la Argentina a causa de neumonía y gripe; millones de personas mueren por año en todo el planeta producto del cáncer; y así podrían nombrarse otras causas de mortalidad iguales o más letales que el coronavirus. Sin embargo, las cifras de la actual pandemia son utilizadas para sembrar el terror e instalar la idea de que todo lo que ocurre es por el bien de la salud. 
 Utilizar las cifras de muertos por el coronavirus se volvió una estrategia política de control social, ejerciendo el control sobre las actividades y horarios de las personas, ignorando las graves consecuencias que la cuarentena trae para otros asuntos vinculados a la salud, además de provocar una catástrofe económica y educativa. 
 A pesar de los pésimos resultados educativos de la Argentina en cada año transcurrido, en todo el 2020 se han mantenido las escuelas cerradas sin ningún intento por aplicar protocolos, lo cual refleja el escenario que se ilustra en este entramado oscuro de la cima del poder: la gente encerrada, sin poder trabajar, con más de la mitad de la población dependiendo del empleo público y subsidios del Estado, y por si fuera poco, un pueblo poco educado. Una proyección a futuro que le da al kirchnerismo un escenario perfecto para pauperizar a la sociedad y salir impune de todas las causas de corrupción. 
 Pero si la gente se manifestó sin un portavoz, es porque la oposición tampoco ejerce un contrapeso suficiente: Rodríguez Larreta ha sido partícipe de cada violación de los derechos y garantías constitucionales, incluso discriminando a los adultos mayores en la Ciudad de Buenos Aires, dictando un decreto que prohibía su circulación por el único "pecado" de ser gente mayor, de forma totalmente arbitraria y sin razonabilidad legal. No es exagerado afirmar que desde el 18 de marzo se produjo un auto-golpe de Estado, usurpando desde el poder ejecutivo nacional a los demás poderes y violando la Constitución Nacional: el presidente dicta decretos a gusto del poder; el poder legislativo se reúne por videoconferencia sin participar ni debatir sobre la pertinencia de la restricción de las libertades; y el poder judicial no funciona más allá de haber fallado en contra de la intervención de Vicentín, no hay un juez que dicte la inconstitucionalidad de los decretos presidenciales que incumplen con el artículo 14 de la ley suprema, y este poder corre el peligro de ser reformado. La utilización dialéctica de la medicina y la amenaza de un virus no pueden ser motivo para la implantación de un gobierno de facto en un país que desea ser libre. Si en el peor momento de la pandemia se empiezan a permitir actividades que antes permanecieron prohibidas con un menor número de casos se debe a dos motivos: nunca debieron haber estado prohibidas, y los que tienen el poder hacen con la libertad de la gente lo que se les antoja, sin ningún control. 
 El virus no sólo trajo una "anormalidad" vinculada a la necesidad de establecer protocolos y cumplir el distanciamiento preventivo junto con todos los cuidados necesarios. La vida completamente anormal que nos toca vivir se asocia también con la criminalización de gente de bien que lo único que desea es salir a trabajar, verse con seres queridos y practicar deportes; donde los asesinatos en medio de abusos policiales producto de no cumplir la cuarentena vislumbran el Estado de Sitio no declarado, es decir, la usurpación ilegal del poder público; mientras que la delincuencia parece ser uno de los trabajos "esenciales" que tienen permiso de circulación. 
 Una sociedad entabla relaciones sociales por medio de un complejo sistema de símbolos que es el lenguaje, y donde muchas veces la clase política ignora que la comunicación no es siempre desde la cúspide gubernamental hacia los representados (con decretos, conferencias de prensa o cadenas nacionales), sino también desde el pueblo hacia el poder: el día de ayer se emitió un mensaje. La sociedad habló, con carteles, expresiones y con su simple presencia y movilización en cada plaza del país, a pesar de que el Presidente haya emitido un decreto que penaliza las reuniones sociales y muchos médicos afines hayan querido asustar con que muchos iban a contagiarse. 
 En este 17 de agosto, en memoria del General José de San Martín se reivindicó la libertad, y se pidió por la verdadera justicia social: no la que le quita a los que supieron generar riqueza honestamente, sino la que es realmente justa: la que debe quitarle la riqueza mal habida a los políticos corruptos para devolvérsela a la gente, la que premie la meritocracia y no a los acomodados en el Estado que ganan sueldos irrisorios, como Zaffaroni cobrando 800.000 pesos de jubilación; ex presidentes y vicepresidentes cobrando pensiones millonarias; y prácticas de nepotismo donde un chico de 20 años que da una imagen patética de aberración del lenguaje gana 180.000 pesos (véase la conferencia donde un funcionario de tal edad dice "les pibis"). Los ideales no fueron los de una "independencia económica" que nos aleja del mundo y amenaza con expropiar empresas, sino los de una independencia de poderes, donde se respete al ciudadano, porque como diría el prócer, "seamos libres que lo demás no importa nada". 

jueves, 6 de agosto de 2020

EL FRACASO DEL ESTADO, EL TRIUNFO DE LA DELINCUENCIA

En un país en cuarentena, donde se debe tener permiso para circular, donde la libertad es un bien escaso, los delincuentes afloran en cada calle y suburbio del conurbano. El monopolio de la fuerza coercitiva del Estado se concentra en que se cumpla el aislamiento social: la policía vigila que se circule con barbijo, con permisos de personal esencial (como si se pudiera decidir qué trabajo, en tiempos de malaria, es prescindible y cuál no), que no se realicen reuniones, mientras la delincuencia no está en cuarentena: crece a medida que cae la actividad económica, con hurtos, torturas, robos y asesinatos donde la policía no alcanza a vigilar. La fuerza policial es ejercida sobre el trabajador, sobre el que debe trasladarse para ganarse la vida honradamente, mientras el ladrón es liberado con la excusa del coronavirus y posibles contagios en la cárcel, esparciendo el virus del delito por cada rincón de la Argentina. 
 Siguiendo a la filosofía iusnaturalista, la existencia del Estado se explica a partir de la necesidad de los individuos de asociarse para conformar un cuerpo que proteja sus derechos naturales por medio de la ley civil: estos son la vida, principalmente, seguida por la propiedad privada, y la libertad. Debido a la condición defectuosa del hombre para respetar aquellas leyes naturales (arrepentirse de los pecados; pedir perdón; dar las gracias; amar al prójimo como a uno mismo, entre otras) formuladas por la razón natural creada por Dios, que hacen posible la preservación de los derechos naturales, diría Thomas Hobbes, autor del Leviatán, que los hombres entran en un estado de guerra permanente. Para salir de aquel estado de naturaleza, y por lo tanto de guerra, para Hobbes se debe crear el Estado, para garantizar el cumplimiento de los derechos naturales innatos a todo hombre, que existen de forma prevaleciente a cualquier tratado civil. Es el Estado el que por medio de la justicia debe establecer un convenio entre todos los hombres para alcanzar la paz, efectuando el pacto hecho entre los civiles y el soberano mediante leyes, cuyo cumplimiento se garantiza por medio de la jurisprudencia. 
 La falta de justicia, y por lo tanto la inseguridad creciente, son producto del fracaso del Estado. El Estado en sus distintos niveles (nacional, provincial, municipal) ha fracasado en cumplir el principal motivo que compone al pacto social que hace a la soberanía sobre un territorio y su población: el cuidado de los derechos naturales, la vida y la propiedad. Un Estado que no utiliza la justicia para hacer cumplir la ley, sino que la aplica arbitrariamente, descuida la defensa de los ciudadanos y los obliga a ejercer la justicia por mano propia, volviendo al estado de naturaleza del que se debe salir para conformar un Estado. Es tan rotundo el fracaso y la inoperancia estatal, que el hombre debe volver a sus instintos más primitivos, de matar para no ser matado. 
 En distintos pasacalles de la Provincia de Buenos Aires se pueden observar avisos de vecinos organizados, probablemente con armas, que advierten a los delincuentes. Hoy la policía no alcanza (o puede decirse que no funciona, ya que está concentrada en controlar a la gente de trabajo), el Estado está ausente: es la misma gente la que debe actuar, armarse y organizarse para cuidar sus bienes y sus vidas. 
 La ley siempre está objeta a interpretación, y deben ser magistrados idóneos, invita Hobbes, los que deben tener la responsabilidad pública de interpretarla y aplicarla lo mejor posible, para que su literalidad y la asociación de esta con el caso pertinente no se desvíen de su motivación original. El código penal fue diseñado para castigar con el peso de la ley a aquel que ha violado el pacto social y ha infringido un daño, y aquellos jueces y fiscales que lo interpretan de una determinada manera y liberan a asesinos y violadores, o juzgan a vecinos que se defendieron en su legítima defensa, representan la más rancia politización de la justicia en aras de la doctrina zaffaroniana, y no hacen más que desviar la ley de su verdadera propósito: que el Estado proteja el fin en sí mismo de su constitución: la paz social y defensa de sus ciudadanos. 
 Debe entenderse esta "invasión" de jueces mal llamados garantistas, ya que no defienden los derechos y garantías de las víctimas, como una intromisión de la ideología progresista del siglo XXI: este falso progresismo comprende a los criminales como víctimas de un capitalismo salvaje, que delinquen porque el sistema los condenó. Aquella nefasta doctrina multiplica sus seguidores por medio del sistema educativo, ejerciendo un adoctrinamiento que desploma todo pensamiento crítico y aleja a los jóvenes de la cultura del esfuerzo y el sacrificio traída al país por sus abuelos inmigrantes, para acercarlos a la defensa dialéctica de la fauna de los subsidios prebendarios y protección de los delincuentes en favor de la "causa". Aquella ideología que coloniza la educación universitaria queda al descubierto en la alta casa de estudios donde se forman muchos de los abogados que luego son jueces y deben defender la causa pública: en la facultad de derecho de la Universidad de Buenos Aires los movimientos juveniles de izquierda le prohibieron hace unos meses a Sergio Moro, ex juez federal del Brasil, dar una conferencia debido a su rol como juez y luego ministro de justicia de Bolsonaro. En dicha universidad, Zaffaroni es invitado con ánimos y agradecimientos a dictar charlas y conferencias, mientras el pensamiento disidente es lentamente erradicado. 
 Este fracaso de un Estado ausente lleva lentamente a sus ciudadanos de bien desamparados a pensar en nuevos destinos, para llevar la producción y el trabajo a tierras donde realmente se los valore. Creer que  la causa de la delincuencia es el sistema económico es una falta de respeto a la gente humilde que trabaja cada día de su vida con ímpetu y esfuerzo: es esta pobre gente, que debe tomarse colectivos a la madrugada, otros que son jubilados que durante su vida han dado todo por el trabajo, los que terminan sufriendo la inmoralidad de la delincuencia y sus protectores. 
 A la Argentina, además de una gran crisis económica, la asola una gran falta de valores, transmitida por generaciones que nunca han sabido lo que es el estudio y el trabajo, pero que sí se les transmite de padre a hijo la acción de la delincuencia. Los desalmados que utilizan su tiempo para delinquir y no para ganarse la vida dignamente, que invierten en motos, drogas y pistolas para robar, no son ninguna víctima de la sociedad ni del sistema capitalista. Las únicas víctimas son la gente honesta de trabajo, que es asaltada de facto por los delincuentes, y es asaltada, pero de jure, por los políticos que hacen de sus impuestos todo menos garantizar la seguridad, educar en serio para no tener en el futuro generaciones que no saben lo que es ganarse la vida con el trabajo.
 La prioridad del Estado parece ser la reforma judicial para lograr la impunidad, el aborto como una política pública que ponga contenta a toda la generación progre-feminista, pero no invertir en cárceles y en la educación. La atención de los políticos se encuentra en controlar a la gente que desea circular por el suelo argentino, por motivos laborales o por el motivo que sea, e incluso introducirse en la intimidad doméstica de sus habitantes; pero no parece interesarse mucho en controlar a los verdaderos infractores de la ley y el orden. 
 El Estado fracasa hace muchos años y sigue fracasando, por las razones expuestas, y la grieta hoy ya no es política, sino moral: entre aquellos que admiran los escritos de Zaffaroni, y los que desean un país normal, donde se defienda a las víctimas y la justicia sea justicia, porque como dice el tango Cambalache, "... Es lo mismo el que labura, noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura, o está fuera de la ley...".