"En la Argentina uno hace la hipótesis de un partido distinto, con Boca más protagonista y un Independiente más débil, pero para eso habrá que ser inteligentes cuando se maneja la pelota en velocidad y estar seguros, mucho más seguros en todos los aspectos". Ese fue parte de mi editorial sobre el partido de ida, con respecto a las falencias que mostró Boca para defender el resultado y las carencias a la hora de liquidar el pleito. La Libertadores es un torneo que no admite errores: si te equivocas, estás afuera. Para no equivocarse es fundamental brindar seguridad (seguridad acerca de la solidez y contundencia que necesita cualquier equipo de fútbol), lo que Boca nunca tuvo.
Los primeros minutos fueron arrolladores: ese es el Boca que todos queremos, con Pavón desequilibrante por la derecha, Fabra pasando como una locomotora por su sector, Pérez y Zuqui inquietantes por la zona del círculo central; solo faltaban las pinceladas de Tévez para que el desenlace sea perfecto. Pero para que todo sea color de rosa, hay que convertir las oportunidades en resultado, y de eso no solo se requiere de mentes brillantes, sino también de almas trabajadoras. De un momento al otro los ecuatorianos se nos vinieron encima, aportando un poco del fútbol veloz que nos batió en la altura. Y guiándose por el manual del Cholo Simeone, el fútbol es un juego de errores: en el mejor momento xeneize la última línea rival quiso salir a cortar y quedó pagando muchas veces, pero Pavón le tiró demasiado larga una bocha para Carlitos que era el 2-0, y luego con la bajeza de intensidad, en un tiro de esquina (que depende en supremacía de la concentración para marcar) vino un baldazo de agua fría con un charco de realidad, que nos daba una señal: ellos no están pintados, y con estos errores el resultado podía ser catastrófico. Parece que solo los goles en contra nos despiertan: a partir de ahí, el partido parecía estar cercado en el arco de Azcona, donde sus jugadores parecían un rebaño de ovejas perdidas en el campo, mientras los de Guillermo seguían laburando para extraer la lana; hubo chances, pero se seguía pagando el bache del 1-1, mientras que el pastor que debía liderar la granja seguía incómodo: en un encuentro donde el visitante se esmera en achicar en su propio campo, donde no iba a tener muchos espacios, a Tévez no le sienta para nada placentera la tarea de cuerpear de espaldas al arco, donde el juego que lo podría tener como conductor no abunda, y sí los rechazos ecuatorianos.
Y está más que claro que con la mística sola no alcanza: había que ir en busca de un gol, pero tampoco olvidarse de que cuando todo está controlado, alguna oveja puede escaparse por el espacio que hay entre un alambre y otro. El mediocampo estuvo flaco, los centrales quedaron expuestos, lo que deja latente el peligro, y si te cabecean dos veces en la misma jugada, es porque las cosas no andan nada bien, que cuando tenías la mira puesta en otra cosa, otro baldazo te demuestra que no das garantías tampoco para que te dejen de convertir goles. Y con Bou y Benedetto, Zuqui de cinco, y mucha actitud pero sin ideas, vimos caer a un equipo que los mellizos resucitaron y nos dieron la oportunidad de soñar un poquito, pero todo sueño tiene su final: todavía falta mucho para afianzar una idea (no significa que la idea no esté) y dar seguridad como equipo.
Ahora será momento de analizar porqué se perdió y como solucionar determinados aspectos, si a Tévez lo favorece el esquema (se ha dicho que Messi era la figura de Guardiola, y eso fue porque el sistema lo favoreció a él y él favoreció al sistema, y habrá que ver si puede pasar lo mismo con Carlitos), porque la realidad es que es un desperdicio tener semejante estrella (que no tendría porqué estar jugando en nuestro país) y que esté tan fastidioso, tan intermitente, por momentos tan tibio.
Nos encontramos con un equipo que fue mejor, que sufriendo y disfrutando en distintos momentos de los 180 minutos nos hizo entender que ante un equipo que sabe resurgir de momentos complicados y que sabe explotar los espacios en velocidad sin que le sobre nada, la mística no puede tapar las dudas y la falta de certeza en la culminación de las jugadas o en la incapacidad para sostener un cierto dominio del asunto. De todas formas, gracias por hacernos soñar. Pero queremos seguir soñando, así que esto no termina acá, hay que fortalecerse para que cuando recuperemos el sueño sea todavía más real.
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