Pero los de Massimiliano Allegri no perdieron la llave solo en ese minuto fatal, sino que se pagan también los errores del partido de ida.
En la ida jugada en Turín (empate 2-2), la Vecchia Signora deprimió en un magro primer tiempo, donde le dio toda la iniciativa al rival, sin dejar lugar a un mísero contraataque, y cuando a un equipo de Guardiola se le entrega la pelota y los espacios es solo cuestión de tiempo para ir a buscarla adentro y sacar del medio. Pero en el segundo tiempo la Juve dejó abierta la llave sacando un volante central y colocando un volante ofensivo como Hernanes, e igualó el asunto jugando de forma directa, vertical y agresiva, con oportunismo para presionar arriba y solvencia en el juego aéreo. Es decir, fue solo cuestión de despertarse para que la Juventus le juegue a su oponente alemán como una potencia europea y no como un equipo con un bajo presupuesto que se conforma con perder por no mas de dos goles. ¿Y si hubiera jugado así desde el primer minuto?
La lección de la ida enfervorizó a Allegri a jugar con la misma intensidad en la vuelta, evidenciando las facetas más endebles del Bayern Munich: cuando sale jugando aunque la jugada no lo amerite, y cuando el rival logra sobreponerse a la presión y superioridad numérica en el centro, haciéndolo quedar como un equipo largo (hubo mas inspiración de Morata que una concepción colectiva, pero es un llamado de atención para el Benfica, su próximo rival).
Pero en el fútbol siempre se requiere de la más precisa concentración, más si uno es defensor, donde la tarea primordial es que el contrincante no logre avanzar hacia el arquero. La línea entre el éxito y la frustración es muy delgada, por eso nunca hay que dar nada por sentado, estar atento a todo momento y ser inteligente para examinar cada momento del partido. Evra priorizó la salida limpia desde el fondo en un lugar de la cancha y momento del partido bastante embrollado, donde ya no importa el idealismo y la estética, solo hay que pensar en pasar de ronda, por lo tanto un pelotazo seguramente hubiese cambiado rotundamente el destino de esos octavos de final. También le pasó a San Lorenzo con Gremio, solo que en la fase de grupos, que te da una vida más: ganaba 1-0 y no supo cerrar el resultado, siguió quedando abierto en el fondo y con muy poquito a Gremio le alcanzó para empatar. Si había algo que tenía Bauza, era ese instinto copero para congelar un resultado.
El Bayern sabe que si tiene errores atrás, puede rememorarse con goles en el otro arco, porque es un equipo que impone eso: siempre generar, incomodar, y solucionar sin mucha dificultad la ecuación, por lo tanto su voracidad ofensiva e ingenio colectivo siempre pueden salvarlo. Pero la Juventus es un equipo diferente, que se aferra a la solidez y el verticalismo, y apuesta a la seguridad propia y al error rival acompañado de la intencionalidad de su propio aporte, y a pesar de que en 135 de 180 minutos su estilo supo superar a la ideología adversaria, los detalles lo dejaron afuera. El que busca el momento para usufructuar una falencia ajena terminó pecando de su propia inseguridad, y el que suele gozar de su propia belleza terminó festejando por el desaire rival, mas allá de que en el tiempo extra supo florearse aprovechando las circunstancias. Al fin y al cabo, quedó eliminado el que más se equivocó, por no jugar en la ida en el primer tiempo como en el segundo, y por no aguantar en el final de un partido que parecía tenerlo en el bolsillo, pecando por aquellos dos goles recibidos hace un tiempo: tirar a la basura una competición en dos partidos en líneas generales muy buenos por cierta falta de determinación en un determinado momento y un grosero error en el final.
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