El invento de Mascherano como zaguero fue uno de los grandes aciertos de Guardiola en el Barcelona, y como lo hizo con el argentino, ahora en el conjunto alemán coloca a un volante central como Kimich en la función de marcador central, y junto a él, como segundo zaguero a Alaba. Los defensores centrales en el alineamiento de Pep son fundamentales, porque con ellos forma el triángulo en la mitad de la cancha con el mediocampista de contención, en este caso Xabi Alonso, y gracias a ello comienza la elaboración del juego y se genera superioridad numérica en la mitad de la cancha junto con la contribución de otros jugadores para facilitar el sistema de pases y coordinar la presión, pero no es una tarea para cualquiera porque el defensor debe estar convencido de salir a marcar mano a mano, y ser preciso en la salida porque detrás de él solo queda un espacio vacío donde al fondo se encuentra el arquero. Ante la ausencia de prácticamente todos sus marcadores centrales, Guardiola saca a lucir su inteligencia para superar la adversidad: adaptar otros futbolistas a tal posición supliendo la falta de experiencia en la mencionada función gracias a la homogeneidad del juego colectivo que puede fundirse en las potencialidades de los futbolistas elegidos. Haber elegido a Alaba como segundo marcador central marca la visión del DT para ver en la calidad y técnica que tenía el lateral a la hora de pasar al ataque una capacidad oculta para salir jugando y cubrir a Bernat cuando este escalaba por el sector izquierdo. Mientras que la ubicación de Kimich en la cueva implica una fina exploración de que un chico como él tiene la capacidad táctica, técnica e inteligencia del sentido de la ubicación para hacer su labor de volante central unos metros más atrás, (obviamente cumpliendo con la genética defensiva de que el rival no llegue al arco de Neuer), porque es innegable que todos los jugadores de un equipo de Pep tienen una faceta de volantes: para empezar, el dilema del catalán es que los partidos se ganan en la mitad de la cancha, donde es clave la superioridad numérica para conservar la posesión de la pelota. La charla de Pep con Kimich al final del encuentro marca un compromiso paternal del entrenador con el chico, que lo mima al mismo tiempo que lo reta para que se dé cuenta de que es capaz de jugar en distintas posiciones. Una tarea que implica entrar en la cabeza del jugador, convencerlo, mezclar lo estrictamente futbolístico con lo sentimental, una tarea indicada para un obsesivo como Guardiola.
Pero los cambios de posición del estratega de Pep de su juego funcional y posicional avalado por la presión alta y estricta posesión del balón no se dan solo en el alineamiento inicial del once que sale a la cancha, sino que el funcionamiento hace rotar a los jugadores permanentemente, lo que lo torna un equipo imprevisible, y como diría Basile: "cuando la pelota empieza a rodar, los jugadores se mueven, no se quedan quietos". Es por eso que nadie tiene una posición fija y todos cumplen la labor de participar de la elaboración del juego sin importar la posición: Lewandowski, una referencia bien de área, no es una pieza aparte del equipo como muchos otros nueve del mundo, sino que tiene la obligación de participar de la elaboración como si fuera un enlace; Roobben y Douglas Costa son extremos, para también son internos en varias circunstancias que impone el encuentro; Muller y Vidal son internos/enganches, que juegan delante de Alonso, pero no hay referencias cuando se habla de darle dinámica a la posesión e ir destruyendo oposiciones zonales a través de ella, es por eso que llegan como delanteros, tienen obligaciones constructivas y ofensivas por el centro, como el holandés y el brasileño las tienen por las bandas.
Cuando el entrenador español llegó para dirigir al elenco de Munich, muchos lo ponían bajo la lupa porque además de que le tocaba suceder al exitoso Heinckes, inculcaba métodos extraños en partidos amistosos como ubicar a Ribery como delantero central, hacer jugar a Roobben por el centro. La idea era que los futbolistas se acostumbren a distintas circunstancias, porque eso es lo que los hace mejores jugadores y enriquece la metodología del juego con la pelota como arma fundamental: que no haya posiciones fijas, y que no se corra por correr, sino que se corra con el objetivo intelectual de desmarcarse y generar espacios. Para eso no son solo buenos los jugadores, sino que también es gracias a la labor del técnico que ve en las características de cada uno cómo encajar en un sistema y una identidad, y adaptarse a las distintas circunstancias que puede imponer un imprevisto o una necesidad.
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