Luego del análisis extra-futbolístico (esto es lo que nos da el fútbol argentino hoy en día), cabe recalcar lo que fue el triunfo del seleccionado. ¿Argentina encontró un disposicionamiento táctico favorable? Puede ser. ¿Bauza halló una línea de juego? A medias. ¿El equipo recuperó individualmente el nivel de cada uno de sus nombres? Sí, y eso se debe a que hubo un Homero que encabezó la odisea y contagió al resto.
Fue un partido muy distinto en todo sentido: primero por el rival. Para el potencial con el que cuenta, el elenco de Pekerman emplea un fútbol demasiado austero, previsible, sin explosión ni movilidad ofensiva. Tiene jugadores capacitados para ser sorpresivo: en Cuadrado y James tiene futbolistas capaces de jugar un juego exquisito combinado con talento individual; pero los volantes centrales no los ayudan, los laterales tampoco, y sus intenciones se dilatan en oscilaciones totalmente exteriorizadas de una comunión general. La disciplina defensiva siempre la conserva, pero a veces (casi siempre) en el fútbol se necesita salir de ese molde, y si hubo alguien que rompió el molde en Argentina fue Messi. El astro rosarino generó peligro cuando el arco parecía lejos, cuando lo rodeaban tres rivales, cuando con su sola presencia aminoró al defensa colombiano que se dejó estar en la presión argentina. Pero no solo el rival cambió: el equipo que dirige Bauza tuvo una idea: dársela al diez, como dice la canción. Pero son 11 vs 11, y esa magia debe estar dentro de un contexto que la haga posible: para eso jugó Banega, que no es alguien pueda decirse que habla el mismo idioma pero entiende cuando Messi gesticula.
Estos tres puntos nos dejan festejar la navidad tranquilos, pero aunque sabemos que tenemos el pan dulce, todavía hay que buscar la receta para decorarlo con las mejores frutas: si Messi no hubiera estado en cancha, posiblemente hubiera sido una pálida actuación como se dio antes del primer gol, donde las gambetas de Cuadrado (que escapaba de un medio campo que marcaba mal, en línea) nos preocupaban más que la tabla de posiciones. Pero claramente ese tanto de tiro libre eclosionó en un equipo más calmo, que comprendió que jugando para Messi era posible ganar y jugar mejor: allí nació la esperanza, el camino hacia el triunfo que él mismo catapultó. Si armamos una base que juegue a la par de él y no que dependa exclusivamente de él, tal vez algún día podamos brindar en navidad con algún regalo en el arbolito. Pero primero lo primero: hay que clasificarse, y nadie nos va a regalar nada, excepto Messi, el Papá Noel de esta desdibujada realidad institucional y deportiva.
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