Torneo Inicial 2012, 3-1 en la Bombonera con goles de Silva y Paredes (por duplicado), Mirabaje para San Lorenzo, había sido el último triunfo oficial en este clásico tan codiciado por el hincha de Boca. La victoria tardó tanto en volver por la sinergia de las malas campañas, falta de identidad y personalidad poco acorde para disputar finales. Cuando nos referimos a la personalidad nadie dice que los jugadores no transpiren o no sientan la camiseta, sino que hablamos de personalidad para jugar al fútbol. Si se ganan partidos de una determinada manera, las finales se deben ganar por la misma senda de aquel ideal futbolístico (nadie trabaja en la semana para echar todo a perder en los compromisos donde abunda el dramatismo y sacuden los nervios); es por eso que a Boca le pesó las finales perdidas ante Independiente del Valle y Rosario Central (semifinal y cuartos de final, respectivamente), porque de esos 270 minutos, solo jugó como se debe los últimos 45. Si Boca le ganó bien a San Lorenzo en el Bajo fue porque tuvo lucidez para desarrollar el planteo de Guillermo y porque sobre el final tuvo la callosidad para no torcer el rumbo.
Los mellizos decidieron cambiar: la vuelta de Gago por Centurión quitaba desequilibrio, velocidad y llegadas por las bandas, pero otorgaba atributos como más gente para la presión detrás de la línea de la pelota, buena lectura para la posesión, más corte en el medio, inteligencia para romper líneas. Con tres hombres en el centro más Tévez delante de ellos, la idea es clara: jugar por el centro, pero romper por afuera; y para eso fue fundamental Peruzzi con sus proyecciones por sorpresa; Pavón, aunque nunca finalizó bien lo bueno que comenzó; y esta vez pasó desapercibido lo de Fabra por el lado izquierdo. La tenencia de Boca es armoniosa, pausada: para eso Gago decide hacia dónde jugar, y luego la jugada prospera según las decisiones finales. Fue una gran noticia la vuelta de Gago porque solo un jugador de su estampa puede volver después de siete meses y ser tan determinante, y es porque para su juego lo físico no es tan rigoroso, sino que prepondera lo mental: hacia donde darle dirección a la jugada, cómo hacer eso tan importante para el fútbol (lo principal), que es darle la pelota a un compañero. Por eso hizo la carrera que hizo: porque lo mejor que hace es lo más importante, e increíblemente lo más sencillo (tal vez porque él lo hace sencillo).
Entonces, con orden táctico, destreza para sorprender con algún pase al vacío o juntar tres jugadores en un rondo circunstancial que haga florecer la tenencia del balón, Boca encontró en un pase riquelmeneano de Tévez un golazo de Benedetto, que cabe destacar, ya no es un nueve que hace goles y cumple, sino que es más bien un crack que inventa tantos que cualquier jugador en su puesto debe soñar a la noche mientras duerme, pero le es difícil de concretar. Y es noticia el 2-0 de Bou no solo porque el centrodelantero de recambio dice presente, sino porque si bien el gol surge del error ajeno, aunque no parezca, eso es puro trabajo. Como diría Arrigo Sachi (experto en equipos que presionan en campo contrario), los errores ajenos son también logros propios, porque viendo el punto más minucioso de la jugada, esos errores son generados por uno.
Con el gol de Belluschi a segundos de irse al vestuario volvieron los malos recuerdos, los de los vicios, las desconcentraciones (la última línea sale mal y lo dejan habilitado), y para el rival iba a ser un punto de inflexión, ya que le era importantísimo descontar antes del segundo tiempo. Y parecían volver los vicios cuando se vio que en los segundos 45 minutos Boca no era el mismo equipo, ya no rodeamos tan bien a Gago, ya no estaban las juntadas colectivas que daban oxígeno, sino que cuando había que atacar nos faltaba aire, y San Lorenzo crecía con el tiempo, no por implementar un juego abrumador sino por su potencial ofensivo, porque Belluschi llevaba la pelota, Blanco aparecía de un lado, Cauteruccio por el otro, Ortigoza empujaba por el centro, y Boca se estaba quedando. Y nos amenazaban vicios que nos turbaban el alma: no liquidar el partido (primero Pablo Pérez, luego un insólito pase de Bou cuando Pavón podía quedar mano a mano con Torrico) y dormirse en la mitad de la cancha (donde se ganan los partidos, Bentancur y Pérez ya no estaban finos). Pero se tuvo prestancia para aguantar cuando se tuvo que hacerlo. Para eso se necesitó suerte: si Cauteruccio en vez de reventar el travesaño reventaba la red, y en la que tapa Sara hubiese tenido un mejor control, no se sabe que hubiera ocurrido, pero al rededor de esas imperfecciones también sobresaltan aciertos defensivos del xeneize para proteger la ventaja.
Como marca "La República" de Platón, los ideales de la sociedad deben ser potenciar las virtudes y neutralizar los vicios. Nuestras virtudes estuvieron en poner la pelota contra el piso en el primer tiempo y robustecerse en el complemento, mientras que gracias a eso, los vicios permanecieron opacos.
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