Apenas insinuaciones al comienzo de los dos tiempos fueron chispas de esperanza de que Arruabarrena y sus jugadores habían recuperado la memoria. Pero fueron tan solo arremetidas urgidas por la motivación de salir al campo de juego, ya que esas ocasiones al principio de cada tiempo fueron las únicas chances que Boca tendría en toda la noche. Es decir, siempre pareció que al principio nos llevamos puesto a Temperley, pero mientras corrieron los minutos la realidad nos dio un baldazo de agua helada: que el Xeneize no era superior al Gasolero, que el local estaba bien parado, con un repliegue imposible de contrarrestar para un equipo visitante que tenía la pelota, pero no tenía buen juego.
Aún así, el panorama podría ser mucho peor, ya que el resultado final es totalmente lógico, Temperley no mereció ganar ni tuvo las oportunidades para hacerlo, y Boca se pudo desinfectar de algunos de los virus que lo sometieron en el verano: hubo mas concentración (el fondo estuvo seguro, sin cometer errores tontos), tuvimos la pelota y los laterales tuvieron un buen partido porque fueron fundamentales para hacernos anchos, pero en el hecho de tener el balón fue donde pecamos: no sirve de nada tener el objeto redondo si no hay profundidad. Pero obviamente, esto no alcanza, porque Boca es Boca y la diferencia que hay entre la jerarquía de ambos equipos no se notó, por lo tanto pudimos haber avanzado varios pasos en el laberinto con respecto al verano, pero todavía no salimos de él.
Los laterales tienen que pasar al ataque para ser las ruedas de auxilio y para ser alternativas por las bandas, pero no para depender exclusivamente de ellos, como en la mayoría de las jugadas que terminaban con un centro inconcluso de Silva, lo que marca la poca generación de juego. Y además de que colectivamente no encontramos espacios ni asociaciones, individualmente carecemos de buenos rendimientos, y como declaró el Vasco, lo colectivo hace a lo individual, y lo individual hace a lo colectivo. El mejor ejemplo es Carlitos: no termina bien ninguna jugada, no encuentra su lugar, se lo veía por momentos yendo a buscar la pelota cerca de Cubas, y en la chance mas clara que estuvo cara a cara con Crivelli tardó una eternidad para definir. Como se dijo luego de los amistosos con River: si el mejor anda mal, todo es más difícil.
Con Gago y Pavón en cancha, el Vasco buscó mas fútbol interno y primer pase con el volante, y desborde y velocidad con el delantero, pero tampoco fueron solución. Pero el problema no está en los nombres, ya que no pasa porque a Chávez le guste más o menos recibir la pelota de espaldas que recibirla en velocidad, sino que es un problema funcional, porque no hay ningún nueve que haga goles si no hay un equipo que genere fútbol para asistirlo, mientras que a excepción de Silva, los restante fueron campeones el año pasado.
Esperemos que la final del miércoles sea el punto de partida para dejar atrás la mala racha y encontrar la salida a este laberinto, donde por ahora parece que nos olvidamos de dejar migas de pan para poder salir y reencontrar nuestra identidad.
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