La mística es una elemento abstracto que no puede definirse del todo, pero es una sensación que generan gigantes del fútbol sudamericano. Que jueguen Boca y Nacional es un partidazo no porque lluevan situaciones de gol, jueguen todos 10 puntos y toquen la pelota con galera y bastón, sino por lo que representa un encuentro con dos banderas tan significativas.
Entonces, fue un choque de místicas, donde una sabe de la fuerza de la otra. Los partidos son siempre impredecibles (saliendo del contexto de cruces entre equipos con una rica historia, y refiriéndose al fútbol latino en general), y esta vez salió un encuentro rocoso, disputado y luchado de parte de ambos.
En la previa no es casualidad que se haya escuchado mil veces el verso de que Nacional es un elenco con buenos resultados como visitante, y al ver su fisonomía, no es difícil darse cuenta por qué: cumple con creces el aspecto defensivo, con una marca aguerrida y asfixiante, y es sumamente veloz para replicar, a tal punto que la garra y el coraje superan toda capacidad de freno e intelectualidad para hacer sentir la localía.
Ante un rival más preparado para jugar en la Bombonera que en Montevideo, Boca no negoció el estilo, pero le costó encontrar su funcionamiento: los extremos, componentes vitales para el sistema de los Barros Esquelotto, fueron absorbidos por el oficio de los charrúas, jugando con piques demasiado cortos, sin generar los espacios que transforman a Pavón y Carrizo en misiles por las bandas. Por eso el Xeneize careció de juego profundo por los costados, y toda la energía estuvo puesta en el centro: en las inteligentes intervenciones de Pérez para conectar con Tévez, que por su espíritu barrial y guapeza supo producir alguna fabricación de peligro, pero sin la labor tan conocida de los otros dos puntas todo se reduce al choque y a pases entre líneas sin destino. El juego ofensivo no abundaba de lucidez, pero el orden en ambos conjuntos se sobreponía ante cualquier intención: el férreo posicionamiento del local y la presión escalonada de Pablo Pérez y Meli junto con la buena ubicación y sentido táctico de Jara hacían de las tenencias de la pelota intentos poco elocuentes, para que los arqueros permanezcan tranquilos y las defensas poco expuestas. Si había un factor clave que tenía Boca y que tardó en darse cuenta de tenerlo son los laterales: Peruzzi y Fabra son excelentes pasadores, y ante el bloqueo de los extremos ellos podrían sorprender por ambos carriles, pero la lucha que ameritaba el encuentro (tal vez por la jerarquía de los dos conjuntos) remitía en múltiples faltas y pocos espacios.
En el fútbol se gana encontrando los espacios, y si no aparecen por ningún lado, hay que buscarlos: el ingreso de Chávez por un intermitente Carrizo nos dio la posibilidad de tener un jugador que aunque no garantice una circulación más eficiente, sí puede garantizar llevarse todo por delante debido a su potencia y juego corpulento. Los frutos del cambio florecieron cuando el mencionado Chávez le ganó la espalda a los defensores (un poco de sorpresa y movimientos inverosímiles era lo que hacía falta) y le abrió el camino a Fabra. A partir de allí, Boca debía seguir haciendo su negocio: aunque no jugaba como quería, en el partido no pasaba nada de nada y nadie daba como mal resultado traerse una paridad de visitante, y el 1-0 a favor lo firmaba cualquiera. Solo había que seguir de la misma manera, estar atentos a los esfuerzos repentinos de Nacional, no cometer faltas cerca del área y en lo posible tener la pelota para hacer correr el tiempo, y si el equipo que pierde toma demasiados riesgos, puede haber lugar para el contraataque.
Pero lamentablemente fallamos en los marcajes de la pelota detenida. Si fue suerte y mérito de Fernández, si fue desconcentración por el rebote y el cabezazo que mete la pelota en el punto penal o si fue la mística copera del Bolso que siempre le da otra vida, son todas opiniones válidas en un deporte tan relativo como el fútbol, que muchas veces genera sensaciones, y por mas raras que parezcan esas sensaciones, no puede discutirse lo que se siente.
Sería injusto decir que Boca falló con su deber (sí falló en no contener el resultado), ya que un gol de visitante obtenido de un empate de cara a la vuelta es más que favorable, pero el fútbol en sí mismo (la dinámica de lo impensado) sumado a la mística, que da lugar a historias impensadas, pueden llevar a cualquier camino, y Boca deberá utilizar la suya (su mística, su historia copera) junto con todos los méritos y jerarquía que acumula hoy en día para clasificar a semis.
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